lunes, 27 de diciembre de 2010

EL HOMBRE AL QUE MATÉ

Cualquiera diría que, pese a su perfecta educación inglesa, es evidente que le molestan sus maneras y que de puro cansancio, no puede evitar hacer gestos despectivos hacia él.
A veces sólo esbozos, otras, unas palabras dichas en francés que sabe que él no entiende, para mostrar una superioridad, aunque sólo sea la que otorgan los veinte años que les separan.
Pero ese joven tan ingenuo, que le habla de armonía e independencia (¿paz y libertad?) en una tierra donde el colonialismo - no el de su país - vino a "poner orden", le sorprende cuando se muestra decidido y directo (pero no impasible, como alguna traducción del título recoge), ya sea cuando cree haber encontrado alguien a quien querer pero también cuando suenan las explosiones y hay peligro real.
Él, siempre tan (re)activo cuando las circunstancias lo requieren, como todo periodista que se precie, recela sin embargo de algo que le han extirpado: la capacidad para la iniciativa.
Debe ser a lo sumo, se dice a sí mismo para atenuar los hechos, esa típica valentía casi inconsciente de un boy scout contra la que no sirve ningún argumento porque parece inspirarse en un idealismo sospechoso ante los ojos de quien se acerca a la edad madura con desencanto y una certeza: que no volverá a Londres con su mujer y que se queda en Saigon con la bonita Phuong.
Cuando cae en la cuenta de que estaba presente en ese preciso instante en que el americano también se enamoró de Phuong, su memoria parece tratar de averiguar si lo recuerda. Cinematográficamente es una mirada fija perdida y la falta en su momento de ese contraplano que en manos de los cineastas superiores llega a ser un subrayado.
Desde luego este enfrentamiento verbal (amagado constantemente, cuidadosamente postpuesta su escenificación definitiva, pero con gran carga emotiva en segundo plano: exactamente lo contrario de lo que sucede en "Sleuth") entre los personajes de Michael Redgrave y Audie Murphy, que tal vez representa lo que el veterano corresponsal alguna vez fue, mi favorito de cuantos pueblan su obra, hacen de “The quiet American”, con incomprensible fama de abstracta y farragosa, para mí, uno de los más grandes Mankiewicz.
No sé si se recuerda ya, que además plasma - en una fotografía deslumbrante de Robert Krasker en blanco y negro y el formato 1.66:1 más hermosamente extenso que yo haya visto jamás - la fabulación profética de Graham Greene sobre la política exterior de USA en Oriente (medio y lejano), impulsada por grandes valores de concordia ... y un absoluto desconocimiento del terreno donde deben implantarlos, de manera ejemplar.
"The quiet American" empieza por las conclusiones, vuelve al punto de partida y trata de anudar cabos entre ambos escenarios, que están presentes en todo momento.
Tal vez para apreciarla en toda su grandeza sea imprescindible (además de placentero), revisarla varias veces.
Así se constata que, "contraviniendo" la fórmula del plano-secuencia, que apenas  usa, resulta de una continuidad dramática tan sencilla de seguir como el evidente y simple comportamiento de ese atribulado joven que aparece muerto ya en el arranque - que tal vez inspiró a Michael Cimino para su "Year of the Dragon" - pero que a diferencia de tantas películas que tratan  temas complejos, múltiples, no tiene una sola concesión ni un momento de descanso. Nada se repite ni se espera a perezosos.
Es de esas películas que como le ocurre a los mejores Preminger (de las que no anda lejos a pesar de utilizar un método tan diverso de rodaje, como decía), podría contemplarse durante horas aunque no avanzara un palmo, por puro deleite del paso de los fotogramas, con sus perfectos encuadres, sus inteligentes diálogos, su hondo trabajo de creación de personajes, algo así como "la solución" de eso que rondaba siempre la cabeza de Godard y que su explosiva mente acababa siempre transformando en algo fragmentario, que invitaba al espectador a recomponerlo.
Pero cualquier cosa que se diga en favor de este film entiendo que debe pasar necesariamente bajo el prisma del falso triángulo sentimental que es su verdadero corazón. 
Digo falso porque en realidad se reduce a un sólo personaje.
Acostumbrado a comer en los mejores clubs de la ciudad, tras degustar unos cuantos martinis en las terrazas de Saigon, parece que sin problemas de dinero y con intensa vida social, llama poderosamente la atención la casa donde vive Fowler (Redgrave), un apartamento antiguo, feo, desvencijado, casi de pensión de barrio.
No se preocupa por desperfectos del edificio, que corren de cuenta de otro y ese dato será decisivo pues una reparación con cemento aún fresco dejará al descubierto una mentira que lo delata en el final del film.
Allí se desarrolla su relación con Phuong, que nada pide y a la que está seguro que cualquier lugar le debe parecer acogedor, después de haber sido señorita de compañía antes de conocerlo.
Ese estatus mantenido con el  mínimo esfuerzo es lo primero que ve quebarse con la aparición de ese hombre tranquilo, que mira siempre de frente, dispuesto a cambiar el guión de su vida constantemente.
Seguro en apariencia de su posición (Mankiewicz lo dota de pensamiento con una voz en off siempre oportuna, que erradica su soberbia a los ojos de quienes le vemos pues deja al descubierto su lado más débil) no dudará en traducirle algunas palabras al francés a Phuong de la declaración de amor casi de colegial que le tiene preparada el americano, pues ni se plantea que vaya a haber combate.
Es el derrumbamiento de ese entorno (Phuong congenia con el americano, su mujer no le quiere conceder el divorcio, el clima de terrorismo se acrecienta) y cómo se refleja todo en sus gestos, su mirada, el tono de su voz, lo más conmovedor del film, que consigue dignificar su derrota de una forma sencilla: explicándola, exponiendo cada engaño al que es sometido por quienes cree sus amigos, nunca dejando al descubierto bajezas o distanciando el objetivo para poner distancia con alguien que empieza a perder todas las razones para vivir, acompañandolo y hasta tratando de hacer honrosos sus errores.  

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Buena defensa e ilustración, y oportuno recordatorio de una de las menos conocidas y apreciadas (pero también creo que de las mejores) de Mankiewicz, un cineasta al que muchos (ni siquiera Rivette) siguen sin reconocer como uno de los más inteligentes y precisos, argumentando cosas como que "su estilo es poco visual" (lo que siempre me deja atónito) o que era "ante todo, un guionista", llegando hasta a reprocharle la calidad (al parecer, literaria e intelectual, graves pecados hoy) de sus diálogos, y que todavía a estas alturas me parece un incomprendido (no tanto como Guitry, pero por ahí van, creo yo, los tiros).
Miguel Marías

Jesús Cortés dijo...

Esas dos afirmaciones de Rivette parecen de Roger Ebert, la verdad.
Bueno, lo de Guitry es peor. Ha sido tachado de teatral, literario, anticuado, plano, lento, repetitivo y pedante.
Estaría bien saber qué hubiese opinado Mankiewicz - que al menos es considerado culto y elegante - de su cine, pero no creo que lo llegara a conocer.

Anónimo dijo...

Jesús, tu comentario sobre Ebert me ha producido curiosidad por preguntarte, ¿tan mal crítico te parece? Yo creo que no escribe mal y muchas veces dice cosas interesantes...
Igor

Jesús Cortés dijo...

No, no me refería expresamente a si es o no buen crítico o si escribe bien o mal, eso que lo juzguen los distribuidores (y ahora supongo que lo mismo te tachan de desalmado por sugerir cualquier cosa que no sea un elogio, por lo de su enfermedad), me refería a que son alusiones típicas de la ceguera corporativista, empecinada en que hay una especie de canon automático que clasifica cada cosa por sus elementos externos, que no concede "audiencia" salvo prueba universal en contra... y que termina todos los años concluyendo que lo mejor es sin duda lo más unánimemente reconocido porque en realidad lo que quieren es ser la voz más importante de ese colectivo; eso parece opuesto a lo que significó siempre alguien como Rivette, que imagino que se sentirá tan libre de pensar eso como yo de no dudar de lo que me parece tan patentemente extraordinario porque alguien a quien (unas veces más que otras) admiro, las diga.

Roberto Amaba dijo...

Hola, qué tal Jesús. Muy de acuerdo, es más, me parece lo mejor que he leído sobre esta película que no se encuentra entre mis preferidas de Mankiewicz, pero que la considero clave en su filmografía. El dúo "Ellos y Ellas" y "Quiet American", ahí juntitas, casi siempre olvidadas o despreciadas pero que, al margen de gustos o caprichos, son insustituibles si se quiere entender su obra.

Un saludo y feliz año.

Jesús Cortés dijo...

Gracias. Tengo ganas de leer completo lo que has escrito sobre sus fantasmas en Détour.
Feliz año.

Ignacio dijo...

TQA tiene un problema con nombre propio: Giorgia Moll. Mankiewicz siempre fue un excelente director de actores, pero con la italiana poco pudo hacer, y lamentablemente su (de ambos) Phuong (un personaje hermoso en la novela de Greene, y también en la nada despreciable adaptación mucho más fiel al original de Noyce) es poco más que una sombra, lo que desequilibra en buen grado una película que, por otro lado, ofrece mucho del genio de su autor.

Anónimo dijo...

Ah, Ignacio, siento disentir. Encuentro a Giorgia Moll tan fascinante y discreta como sin duda la encontró Godard, que por eso la escogió para "Le Mépris", donde estaba también excelente.
Miguel Marías

Anónimo dijo...

Sr. Marías:

Phuong debe ser precisamente "fascinante y discreta", y si Giorgia Moll logra transmitir para usted esas virtudes, entiendo perfectamente por qué TQA le parece mucho mejor que a mí, que lamento no hallar en ninguna secuencia una Phuong a la altura de Fowler y Pyle. Por otro lado, no tengo tan fresco el recuerdo de Le Mépris -que dicho sea de paso no es uno de mis Godard preferidos- pero sí logro visualizar la secuencia en la sala de pruebas donde la Moll escucha a Fritz Lang soltar la célebre frase de que el cinemascope sólo sirve para filmar funerales y serpientes; y donde luego ella le lleva un guión a Palance, se juega la vida cuando éste lanza violentamente un rollo que le pasa rozando la cabeza, le sirve de mesa para firme un cheque, y luego traduce al francés unos versos de Holderling que Lang recita en alemán. Le juro que a esa visualización le son ajenas también la fascinación y la discreción. Shame on me!

Saludos afectuosos.
Ignacio.