sábado, 22 de enero de 2011

LA NOVIA VENDIDA

Cuando en 1925 Carl Theodor Dreyer rueda "Glomdalsbruden", su carrera constaba ya de siete películas, siempre alternando las realizadas en su Dinamarca natal con proyectos en Suecia, la UFA alemana o Noruega. De vez en cuando, aires polacos o rusos también corrían por ellas.
Como se sabe, faltaban apenas dos años para que con "La passion de Jeanne D'Arc", su primer y único film francés, arrancara el culto internacional a su figura, interrumpido más de veinticinco años hasta la proyección en Venecia de "Ordet", con la que el cine recuperó a uno de sus más grandes creadores. Culto que hoy día parece diluído.
Acostumbrado casi cualquier cinéfilo a ver primero su obra sonora, con largometrajes tan espaciados y receptores acumulativos de años de reflexión cinematográfica, tratar de conocer bien al Dreyer regular en su producción, diverso, lleno de contrastes y parejo al resto de grandes directores nórdicos, resulta fundamental para compensar el eco que ha quedado precisamente por ese film tan famoso con el que clausura su etapa silente y por el que algunos sólo podemos sentir un aprecio lejano, tan frío como sus imágenes.
A "La passion...", seguramente el film que peor representa su cine y que a mayor número de malentendidos sobre Dreyer ha dado lugar, le falta precisamente todo lo que tienen sus más grandes obras previas: la respiración, la holgura para ser varias cosas a la vez, la musicalidad, algo que ya apuntaba su debut "Præsidenten", ya tan compleja y avanzada, y que resplandece en la pura y griffithiana "Du skal ære din hustru", la ligera y divertida "Prästänkan" que casi anuncia a Pagnol y Renoir o en la estilizada y misteriosa "Mikaël".
"Glomdalsbruden" - después de "Du skal...", su segunda obra de madurez - es por tanto el último film "normal" de Dreyer... y uno de los mejores.
Su peculiar textura híbrida, que combina con toda naturalidad comedia, melodrama y drama a punto de desembocar en tragedia, que parece tan pronto bucólica como de repente se muestra desasosegante, exultante y al momento siguiente seca, habla de una perfección multidireccional que quedará cercenada por el forzado paso al cine sonoro y que para mi gusto en la fascinante "Vampyr", a pesar de sus bellezas, ya no podremos encontrar.
Es difícil imaginar cómo sería el film en su versión íntegra de 115 minutos, ya que la copia existente restaurada por el Norsk Filminstitutt apenas alcanza los 70, pero parece que probablemente impresionado por el Mauritz Stiller de la sobria y genial "Johan" - y algo tiene en sus momentos más felices también de la exuberante "Sangen om den Eldröba Blonman", que habría firmado sin dudarlo un segundo el mejor Lubitsch -, Dreyer aplica a una sencilla historia de amor entre granjeros toda la sabiduría acumulada en más de un lustro de trabajo.
No era sólo una cuestión de suprimir intertítulos o pulir la exageración interpretativa heredada del teatro. Si algo debemos haber aprendido de un número significativo de grandes obras de esa década prodigiosa, es que la nueva arquitectura, la ordenación espacial y todos los avances técnicos en movilidad e iluminación, se pusieron a disposición no de grandes gestas y personajes relevantes, sino de historias sumamente esenciales, donde llegarían a no importar ni los antecedentes ni siquiera los nombres de los protagonistas, insignificantes si se quiere, puede que hasta anónimos ("Sunrise" y "Der letzte mann", "The cameraman" y otros Keaton, "La petite marchande d'allumettes", "Tretíia mechanskaia", el "Erotikon" de Machatý, The salvation hunters" y "The docks of New York", "Lonesome", "Límite", "Miss Lulu Bett", los grandes Flaherty, docenas de Chaplin y Griffith, "Scherben", "Four sons", "The wind", "The river" y casi todo Borzage, "The crowd"...) tampoco gran cosa el reflejo social de sus acciones ni el momento histórico o político en que se desarrollaban, ya que por encima de todo, uno de los objetivos máximos que alguna vez tuvo el cine fue el de impresionar lo más verdaderamente posible gestos, conductas, el pensamiento mismo.
Quedan en la retina los travellings, las grúas, los saltos de eje, los decorados con tal profundidad de campo que a lo lejos contenían miniaturas, etc. y nada llamativo parece haber de todo eso en "Glomdalsbruden", que sin embargo accede a los mismos resultados discretamente, en la tradición escandinava, seul le cinema, como se llamaba aquel episodio de las "Histoire(s)..." godardianas en que aparecía el film.
Esos instantes, que para apreciarlos en toda su intensidad, puede pensarse que hay que ponerse en situación a través del prisma de unos códigos (el peso que en aquella época y país tenía la figura del padre y la importancia de su consentimiento para el matrimonio, las costumbres de arreglos familiares y dotes sin tener en cuenta los afectos, menos aún los deseos, de los contrayentes en el caso de que los tuvieran, el respeto y aceptación de las decisiones del Vicario de la aldea...) en realidad no precisan ni aprender nada ni reeducar paladar alguno, basta con tener presente que tienen un valor añadido incalculable: que no son una abstracción, que hablan de su tiempo, que no son limitaciones para la universalidad, que consiguen elevar las imágenes a la misma cumbre del realismo aún estando casi incubados en estudio sus interiores y milimetrados sus exteriores.
No hay más que ver ese bellísimo plano de Berit sentada entre los juncos meciendo rítmicamente su cuerpo con el viento una vez conseguido que su padre acepte al joven Tore; ese otro momento en que el padre de Berit se aprovecha de la vuelta a casa de ella para por fin poder comer bien tras pasar semanas sólo, dado con un simple corte y reencuadre del plato de sopa. O en la larga, compleja escenificación final de la venganza que se ve "obligado" a poner en marcha el novio despechado y que recorre los rápidos del río, o bien en ese instante en que para introducir el momento en que ella está abandonada y convaleciente de un accidente, un primer plano de él acariciando su mano irrumpe desde la derecha como un relámpago... y bueno, qué decir del mayor momento de plenitud, ese beso que se dan Berit y Tore en la puerta de la caseta de la leña tras atravesarla el plano y elevarse hasta la altura de los amantes.
Y no hace falta ni siquiera fijarse en los momentos de mayor lirismo. Brilla la penetrante mirada de Dreyer, siempre a la distancia justa, en cualquier paisaje de tierras de labor o carreta de caballos que surca sus senderos, en las conversaciones en interiores, en esos baúles con el ajuar de Berit que vienen y van, cómica o premonitoriamente, en las ropas secándose al viento.
Se están cumpliendo ya los centenarios de las primeras obras totales que dio el cine.
Ya pasó sin la menor repercusión el de "Le Palais des Mille et une Nuits", el año pasado fue el de "The unchanging sea" y ya se acercan los de "Ingeborg Holm", "Fantômas" o "Det hemmelighedsfulde X".
Estaría bien que fuesen recordadas, pero sería más valioso que quienes las vean ahora las sientan más vivas que nunca.

7 comentarios:

Roberto Amaba dijo...

La verdad es que todo el periodo silente de Dreyer es la leche. Quizá la que menos me llegue sea Der var engang. Me gustan muchísimo las dos primeras, sobre todo El Presidente. Luego tal vez me quedo con El amo de la casa como mi favorita de esos años. No hay ninguna que sea prescindible, y La novia de Glomdal está arriba, pero debería revisitarla -lo voy a hacer- porque te leo muchos detalles que no recuerdo.

Luego del sonoro me parece que coincidimos en el injusto olvido de Dos Seres, que es impresionante.

Un saludo.

Jesús Cortés dijo...

Para mí es uno de los grandes del mudo y muy distinto del tópico que se instaló después. Siempre la misma cantinela de la intransigencia y la transcendencia ya cansa.
Algunos cortos sonoros me parecen poca cosa, pero "Tva manniskor", efectivamente tan olvidada y poco vista, es también una obra maestra.

Anónimo dijo...

Muy oportuno recordar la grandeza de esta película olvidadísima (y temo que ni siquiera: desconocida sin más) de Dreyer, de quien parece ignorarse todo lo que no está en "negritas" en las Historias del Cine, y eso que hizo bien pocas en total. Tendría que revisarla ahora mismo, pero desde la última vez que la vi, creo que en emoción pura, luminosidad y discreción, ni siquiera "El amo de la casa" la supera; como mucho, la iguala en la cumbre de su periodo mudo.
Miguel Marías

Anónimo dijo...

Para mi desgracia éste es uno de los pocos Dreyer que no he podido volver a ver desde hace tiempo. Recuerdo su amplitud, su ritmo, su fluidez. También recuerdo el desasosiego que me producía el saber que faltaba más de un tercio de su metraje; sin llegar al extremo de "Der Van Engang" (de la que sólo quedan fragmentos), esa desazón era semejante a la también incompleta "Die Gezeichneten", donde narra múltiples sucesos a un ritmo vertiginoso y con planos de corta duración, y donde no sé si, además de escenas, se han quitado planos de ellas o incluso hasta si se han acortado los planos. Pero, claro, el uso de planos de una duración más corta de lo habitual es característico de "La Passion de Jeanne d'Arc", realizada tal y como él quiso; a fin de cuentas, Dreyer cambia de estilo y de forma de narrar de una película a otra.
Jesús, en tu crítica de "Two Weeks in Another Town" asemejas a Minnelli con Mizoguchi, Hitchcock, Godard y Naruse: grandes directores que realizaron series ininterrumpidas de obras maestras. A ellos puedes añadir Chaplin (quitando alguno de sus primeros cortos y "Carmen" -destrozada por un montaje que no hizo él-, es el único director que ha hecho ininterrumpidamente obras maestras), Ozu (de quien todo lo que conozco de él es magistral) y Dreyer, del cual (fuera de "La Passion..." y de alguno de los cortos) todo lo que he visto (sólo me falta "Blade af Satans Bog") me parece genial.
Rodrigo Dueñas

Jesús Cortés dijo...

Sí, tienes razón Rodrigo, no pretendía ser reducionista, podía haber puesto otros: Ford, Renoir y Preminger sobre todo, también Ophüls, Stroheim, Lubitsch, Sternberg, Buñuel, Guitry...
Tenía en la cabeza ese tipo de rachas en las que se crece hasta por encima de las expectativas del público y hasta las limitaciones de la mirada y la confianza en las posibilidades de cada uno, por muy diversas circunstancias: encontrar el medio adecuado, los actores, los guiones, el momento personal, el país, etc.
Minnelli debe ser de todos ellos el que menos predicamento acumula, por la maldita costumbre de creer que era como un director de orquesta elegante y refinado que tenía como objetivo sacar lustre al escudo de la MGM, cuando se trata de uno de los más profundos, amplios, penetrantes, inteligentes y sabios de los cineastas americanos.

Anónimo dijo...

Hola, Jesús. Releo tu precioso artículo y al llegar al penúltimo párrafo constato que, efectivamente, no se está recordando, ni mucho menos celebrando, el que se esté cumpliendo el centenario de las primeras obras maestras del cine.
Y, ya que los citas, es bien triste comprobar que ni de Sjöström ni de Feuillade se ha publicado nada en España (tampoco de Stiller, ni de Bauer).
A ver si lee tu blog un editor y se anima.
Rodrigo Dueñas

Rodrigo Dueñas dijo...

Ahora que ¡por fin! la he vuelto a ver me pregunto cómo es que originalmente duraba 115 minutos (45 minutos, nada menos, más de los que se conservan). Porque no se echa en falta nada. Es perfecta.