martes, 6 de junio de 2017

HISTORIA(S) DE...

Pequeñas celebraciones sin importancia y recuerdos de gente con la que pasó buenos momentos y ya no están entre los vivos.
Así más o menos y así de modestamente se refería Jonas Mekas a "He stands in the desert counting the seconds of his life", su película de 1986 recopilatoria de quince años de filmaciones - entre el 69 y el 84, aunque hay cosas del 67 - y supongo que no se puede hacer otra cosa sino darle la razón, porque los ciento veinticuatro breves sketches que la componen podrían ser asunto suyo y de nadie más. Hablamos de memorias privadas, por muy públicos que sean muchos de sus amigos aquí inmortalizados. 
Pocas veces sin embargo se percibe tan nítidamente el pulso emocionado de quien está detrás de la moviola mirando de nuevo a su vida,  montando, musicalizando (y lo hace a menudo primorosamente), dónde es apropiado sobreimpresionar motivos, cómo contrapesar el desorden cronológico y conseguir que el flujo de las imágenes sea placentero y fiel a esa trayectoria ni recta ni curva que es su obra.
Parece desde luego que lo que menos preocupa a Mekas es la naturaleza que va a tener el film que se trae entre manos.
No es un documental, como advierte en un cartel al poco de comenzar, aunque quizá tampoco un film político, pese a que insiste en ello de manera godardiana.
No es estrictamente ficción y quizá es lo opuesto a ello, en el sentido de que otorga una estructura onírica - no sé de qué fase del sueño, pero el vértigo selectivo habitual de sus fotogramas es feliz, certero - a metros y metros de realidad y no al revés.
Y, curiosamente, o no tanto, se aleja todavía más de las etiquetas al uso para obras indeterminadas: no es afortunadamente nada parecido a un experimento (lo que puede conseguir no busca probar nada y no manipula la esencia) y desde luego si algo tiene de avant-garde, será por lo que recuerda a tantos films silentes que fueron la última frontera de las primeras audacias del cine. 
Qué más da la "categoría" del resultado si alcanza el viejo anhelo de arrancar las vibraciones de estas queridas bobinas, esa materia prima a la que vuelve para moldearla una y otra vez. Me pregunto qué opinará Mekas de los escritores que no se releen jamás. O de los autores teatrales que no asisten ni a la primera representación de su manuscrito. ¿Y de los músicos que entregan la partitura a la orquesta y no tienen interés en oirla interpretada?
El desfile de rostros conocidos - cineastas, músicos, poetas, pintores, etc. - no monopoliza el interés del film y esto es fundamental. Son apariciones fugaces, intrascendentes, pudorosas.
Lo mejor llega de la mano de estampas que podrían ser anónimas porque reclaman una clase de intimidad que las despoja de la posible conexión con cuanto podamos saber de los protagonistas: una niña andando bajo la lluvia, los útiles de trabajo de Hollis Frampton (y más tarde su ataúd, con el río incesante al fondo), un sublime plano de cuatro pies colgando sobre el parabrisas de un coche, el expresivo gesto de Hans Richter cuando ve llegar a Langlois, que lo visita en su jardín, unos instantes bella y contrastadamente ralentizados durante un memorial, un tremendo aguacero sobre Nueva York, unos patinadores en la nieve que por un segundo parecen imaginados por Grandma Moses, una visita a "la estación de los hermanos Lumière", cómo suena una tarantela antes de partir para Italia o cómo lo hacen las maravillosas Andrews Sisters mientras los obreros salen de la factoría y ocupan los bares.
Un recurso desusado entre bastantes de sus colegas como es el de la banda sonora, sirve a Mekas para asociar unos episodios con otros al repetir melodía o sonoridad captada. O al extender la presencia de alguna de ellas entre dos contiguos. Ningún énfasis ni distracción provoca la música, ninguna impureza añade diálogo o grabación ambiental alguna. No con este afecto por el material y su exposición.  

1 comentario:

Roberto Amaba dijo...

«...musicalizando (y lo hace a menudo primorosamente)». Ciertísimo.

Cuando filma La Ciotat y parece un plano de Lanzmann, te estremeces.

Un abrazo Jesús, gran texto.