domingo, 9 de septiembre de 2018

LAVANDA Y JENGIBRE ROJO

Unos instantes de efímera plenitud es todo lo que conocerá la tímida Shivakami.
Cuando se arregle para salir al campo a pasear, cuando la capte la cámara descubriendo el mundo sencillo que la rodea - pero que probablemente le fue imposibe mirar con libertad hasta antes de casarse -, cada vez que se admire de la belleza, incluso de la propia. 
Qué doloroso resulta saber que Smita Patil, la actriz que la interpreta, desapareció prematuramente a los treinta y un años de edad, meses después del rodaje y cómo reconforta percibir que ese modesto deleite iniciático, por encima de todos los demás, parece que fue el gran objetivo de Govindan Aravindan mientras rodaba "Chidambaram" en 1985, no el más conocido fuera de la India, pero sí probablemente el más memorable de la decena de largometrajes de su breve carrera.

Alejado de sus primeras aproximaciones políticas y sociológicas - cuando más recordaba al joven Mrinal Sen: "Uttarayanam" - menos misticista o confidencial que otras veces ("Esthappan", "Kanchana Sita", "Kummatty", las que más lo acercaban al cine musical de Mani Kaul), más concreto y emotivo que nunca (y cuento con "Thampu" y "The seer who walks alone"), "Chidambaram" desciende hasta un valle cualquiera de Kerala para medir cuánto puede elevarse la resistencia de su mirada sobre una tragedia que niega todo humanismo.
El relato implícito como decía está en esa media vida esperando para ser una niña de Shivakami, que empieza a sentir como mujer al mismo tiempo y lo demás es el reverso de su diario, unas impresiones presumiblemente solo conocidas por su padre, a quien dirige cartas y que es fácil imaginar como el personaje más estupefacto ante el espectáculo absurdo de crueldad que la simple presencia de su hija va a desencadenar.
Así es lógico que la película termine dos veces, primero para todos los personajes, incluida ella (aunque en esto hay dudas pues reaparece, quizá solo como un espectro), y luego - media hora excepcional salpicada de una marea recopilatoria a vueltas con los hechos - solo para el abrumado responsable, que seguramente no es ni el peor ni siquiera el más culpable de todos los que la codiciaron.
Su desasosiego no termina de ahogarse en alcohol ni pretende Aravindan sublimarlo aun haciendo picados a templos que una vez se erigieron para enseñar lo que debía perdurar de las leyendas. Ese plano es una rampa de despedida, no un atajo.
Las convicciones del cineasta, esas que se ponen a prueba en sus grandes obras, parecen aproximaciones en este caso: su proverbial ausencia (poco ortodoxa presencia más bien) de narrativa, el jactancioso "feminismo" siempre sobre la mesa que le fue atribuido (también a su actriz principal) u otras inclinaciones o habilidades previas, no sirven de asideros realmente para mirar a este film perfectamente clásico, es decir tan contenido que vibra por todas partes.
Tal ética, llevada al límite con firmeza o dubitativamente, no deja de ser lo mismo de siempre: qué se elige mostrar y cómo se hace.
En "Chidambaram" precisamente se abre paso donde más duro se hace el balance de relaciones de sometimiento y obediencia.
Así, no leemos lo que escribe ni vemos las fotografías que le toman en solitario a Shivakami con lo que consigue Aravindan no revelar sus pensamientos ni llamar la atención sobre el efecto de su belleza (quiero decir sobre él: hay una gran diferencia entre un rostro que se ve y se recuerda y el mismo rostro impreso y mirado como se quiera y cuantas veces se quiera), pero tampoco vemos qué sucede la noche de autos, por ejemplo.
El derecho a no mostrar lo segundo nace del pudor de no haber mostrado lo primero.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

La palabra mágica es elipsis. Aunque la trama esté partida en dos y el viaje final sea tan culturalmente distante (a mí me genera tan poca empatía como sus películas fantásticas de los 70s), la gran virtud de Aravindan aquí es esa fascinante narrativa elíptica, que no elusiva ni críptica. Ya en su momento iba contracorriente, pero vista hoy resulta de lo más sorprendente.

Ángel

Jesús Cortés dijo...

Bueno, simpático precisamente tampoco para mí es ese periplo, pero sí de lo más lógico y hasta corriente en su cultura. Él carga con la culpa de una manera poco comprensible occidentalmente hablando, no sabiendo expiarla, siguiendo primero el instinto del abandono y luego lo que le dicen que haga, pero nada sirve.
Extraña historia de amor no entendido por ninguna de las dos partes.

Anónimo dijo...

Hola Jesus ¿Dónde se puede encontrar esta película? Me ha intrigado tu critica, tiene todas las papeletas para fascinarme?


JP

Jesús Cortés dijo...

Este es el enlace de emule que he subido:
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Jesús Cortés dijo...

Y estos los subtítulos en inglés:
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Anónimo dijo...

Buena pinta. No hay subs en español?

Iñigo

Jesús Cortés dijo...

Que yo sepa no, solo en inglés

Luis S. dijo...

Hola. Por supuesto, no he visto nada de los últimos directores de los que hablas. Pero a partir de ahora me sonarán, y eso ya es mucho.
Me llama la atención, en este comentario, la relación directa que estableces entre contención y clasicismo, que para mí también es obvia o, al menos, sí veo la contención como uno de los rasgos del llamado cine clásico. O del arte clásico, si se prefiere. Pero destaco este aspecto porque creo recordar que Mark Cousins, en su "Story" (que no "History"), venía a decir que pese a lo que comúnmente se entendía, el clasicismo, al menos el así asignado para Hollywood, no era sinónimo de medida, contención, austeridad y equilibrio entre los elementos (en fin, lo que suele considerarse un estilo clásico) sino, por el contrario, solía aludir a un cine romántico o explícitamente emotivo sujeto a componentes que "sobresalían" del marco. En fin, hablo algo de memoria, pero la idea no era muy lejana a esto que he dicho. Para Cousins, de nuevo, si la memoria no me traiciona, el clasicismo se podía aplicar a Ozu, pero no a la mayor parte del cine americano de los cuarenta o cincuenta.
Lo traigo aquí, conste, no porque esté o no de acuerdo, sino porque me ha parecido relevante a partir de tu comentario. Yo a Cousins, aprovecho para apostillar, no le tengo demasiado respeto "subjetivo" al menos desde que convirtió "Moulin Rouge" (Luhrmann) en algo así como en un triunfo del mestizaje cultural y cinematográfico y, por tal motivo, en una de las grandes películas de su tiempo.

Jesús Cortés dijo...

Me alegro de volver a leerte.
¿Eso dijo Cousins de "Moulin Rouge"? Suena divertido, si no fuera porque realmente lo pensará.
La contención, sea por imposiciones externas, por educación, por pudor, porque los más sabios son los que tienen más dudas también para expresarse o por cualquier otra razón privada, se ve poco ya y se aprecia menos aún.
De esto que digo me acordé el otro día, cuando un amigo me hablaba del bonito final de la reciente y magnífica "Corniche Kennedy" de Dominique Cabrera, un cierre extraño por compasivo, inesperado, provisional en su exaltada felicidad, pero auténtico, coherente en cuanto se mira bien.
Creo que el cine o el arte "clásico" es en sí mismo una "contenida anomalía" por una razón sencilla y es que la coincidencia en el tiempo de cuantos lo construyen solo funciona cuando son todos, o en su mayoría, únicos, muy personales (hasta enemigos de otros), convencidos hasta el final de sus ideas, rebeldes respecto a algo o respecto a todo y finales. Con ellos, si nadie lo remedia, termina todo, porque cualquier paradigma del clacisismo es en sí mismo una rareza.

Anónimo dijo...

Hola a todos. Perdón que interrumpa con una pregunta que nada tiene que ver con el post, pero es difícil encontrar por la red a alguien fiable a quien preguntar por películas clásicas, o al menos tan fiable como Jesús Cortés y los demás comentaristas que escriben por aquí.

¿Qué opinión te merece, Jesús, y os merece a los demás, el "Mayerling" de Anatole Litvak de 1936? Es una historia que me fascina (como a tantos) y amo a Danielle Darrieux. La película tiene buenas críticas, pero no ardientes defensas de gente que me merezca esa confianza de la que hablaba. Mi tiempo para el cine es más limitado de lo que me gustaría, y quiero saber si puedo obviarla por el momento, o si merece mucho la pena (aunque solo fuera como precuela de mi muy querida "De Mayerling a Sarajevo", de Ophüls).

¡Gracias de antemano!

McTeague

Jesús Cortés dijo...

Merece la pena, claro, como la mayoría de Litvak. No tiene la fluidez y la profundidad de la pelíucla de Ophuls, pero tampoco los acentos de la versión de Terence Young.
El casting no me parece tan acertado, hubiese preferido algo más heterodoxo. No soy tan fan de Darrieux como tú - la suelo encontrar rígida, fría, incluso siendo tan joven como aquí, mucho más que Deneuve en el 68 - ni de Boyer, a pesar de que estuvo fabuloso en manos de Lubitsch, McCarey, Leisen o Minnelli.
Mi Litvak favorito está un poco más adelante y sigue siendo "This above all" del 42, precisamente con el casting que me hubiese gustado para "Mayerling".