martes, 4 de junio de 2019

EN AGUAS PROFUNDAS

De un librito perdido en la inmensidad de la obra de Joseph Conrad - aunque hay quien defiende que es en los relatos breves donde están las mayores muestras de su genio -, "Because of the dollars" se valió Herbert Wilcox en 1953 para filmar una película que no colmó las expectativas de nadie.
Ni fue la gran producción con John Wayne de protagonista que había sido planeada por la Republic, ni se convirtió en otro éxito de taquilla en su país como venía siendo habitual, ni desde luego supuso el gran salto internacional del cineasta inglés.
"Laughing Anne" fue un fracaso y permanece inédita en todas partes, esperando una ocasión que no llega para brillar, con su technicolor cuadrado, su exotismo melancólico y ese aspecto de venir de vuelta de muchos malos tragos vitales.
Que sea la mejor película de Herbert Wilcox o al menos la mejor desde la guerra - las magníficas "They flew alone" y "Piccadilly incident", por si alguien aún las recuerda - poco significa si no se da a ver y menos importará a quienes ni siquiera lo harían si pudieran, convencidos de que debe ser otro "producto" de esa cinematografía, tedioso, puritano y polvoriento; al fin y al cabo ¿quién comprendió peor a Conrad que los británicos?
El caso es que, cuando todo parecía en contra, con esta pobreza de medios, este extraño reparto sin su mujer Anna Neagle y con una actriz a priori inadecuada para impostar un acento francés como Margaret Lockwood más un actor que directamente no parece encajar nunca en ninguna película como Wendell Corey, magníficos ambos, "Laughing Anne" debería ser recibida con los brazos abiertos por quienes disfrutaban y aún lo hacen de las obras de Henry Hathaway, Lewis R. Foster o John Sturges, grata compañía. Incluso me atrevería a decir que varios instantes de rara intensidad breve y sin subrayados, llevan hasta algunos Jean Renoir o John Ford filmados lejos de casa.
Algo, quizá bastante, de la fidelidad, del férreo respeto a lo dicho o lo pensado, tanto da, de la presencia notoria y no bienvenida, al advertirla, del paso del tiempo o de otros varios íntimos convencimientos que Conrad armó en estrofas que no están al alcance de casi nadie que haya empuñado una pluma para escribir, algo de esas palabras que valen más que mil imágenes, queda impregnado en los fotogramas de esta película partida por la mitad, corta y dolorosa.
Y no habría que hacerla de menos si no fuese así.
La gratitud y la devoción de Wilcox es, digamos, concéntrica, como corresponde a su oficio. La debe a este pequeño cuento, a otros Conrad mayores, a la literatura del mar, a las películas de aventuras y al cine, sobre todo al cine.
El hombre bueno, la mujer sonriente, el boxeador lisiado (cómo se sumerge la película merced a esta subtrama en el mundo de Tod Browning), un hijo o el tiempo no dejan su huella de verdad en los fotogramas por estar enunciadas en libro alguno.
"Laughing Anne" permanece por su dirección de actores y actrices, por la económica utilización de flashbacks o de la voz en off, por el uso del color y de la banda sonora y ambiental - y un porcentaje no pequeño de estas últimas están apagadas hasta que haya una restauración - o por su diseño de espacios a menudo cerrados y opresivos para que los abiertos y radiantes luzcan esplendorosamente.
El rush final, en penumbra, concentra varios fogonazos dignos de Jacques Tourneur, como aquel en que Anne - que de repente parece la Rita Hayworth de "The rover / L'avventuriero" de Terence Young - se confiesa ante la cuna de su hijo o la asombrosamente ambigua clausura, por la que también sobrevuela la sombra magistral de Allan Dwan, aunque por esa capacidad inigualada del cine de estos años para construir una sucesión de posibles finales superpuestos, el film podía haber terminado antes o haber seguido otro trecho, multiplicando el placer elusivo de pensar en sus rincones y aperturas, imaginarlo diverso, soñarlo mezclado con otros y así verlo siempre de nuevo como la primera vez.

4 comentarios:

Rodrigo Dueñas dijo...

Acabo de ver la generosa, elocuente, animosa, romántica hasta lo más hondo, comprensiva y lúcida "Piccadilly incident". Si, como dices, Jesús, "Laughing Anne" está a su altura, estaré atento a no perdérmela.

Jesús Cortés dijo...

Las tres que menciono me parecen fabulosas y no entiendo cómo Anna Neagle o está fantástica Margaret Lockwood no son iconos femeninos.

José Andrés dijo...

Pese a mi admiración por Conrad y al aprecio que siento por Wilcox (uno de los mejores ingleses), no conocía ni el relato ni la película. Que lo mejor del escritor está en su narrativa corta creo que lo dijo Juan Benet, y yo estoy de acuerdo. El cine nos ha dado múltiples facetas de la aventura conradiana: romántica y devastadora (Reed, Tourneur), escéptica (Brahm, Brooks), truculenta (Wellman), melancólica (Young), atonal (Franju), analítica (Wajda), reflexiva (Akerman)... Sin el menor énfasis, Wilcox logra reunirla todas, con ese punto de misterio que tanto conviene a las historias basadas en el autor de "Juventud" ("embebido" además como narrador de la historia). Debería hablarse de los actores, en especial de Margaret Lockwood, pero tú ya lo has hecho y yo me extendería. Solo quiero llamar la atención sobre un momento inolvidable, que vale por todo el cine actual: la escena en la taberna, ya sin parroquianos, con Forrest Tucker desplomado sobre el teclado y sintiendo cómo una mano incierta se posa sobre su espalda. Solo por esto Herbert Wilcox merecería un rescate urgente.

Miguel Marías dijo...

Cómo me alegra ver que algunos recordáis y apreciais como se merece a Herbert Wilcox. Los ingleses lo ignoran, y los demás... Y lo cierto es que desde 1926 (con Dorothy Gish) y 1934 (ya casi siempre con la magnífica Anna Neagle, su mujer), todo lo suyo que he logrado ver es (como poco) interesante y casi siempre (mucho) más que eso. Este sí es un cineasta que se merecería una buena y completa retrospectiva (mucho más que Muriel Box).