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miércoles, 7 de abril de 2010

TIEMPO DE AMAR, TIEMPO DE VIVIR

Dedicado a Mario Vitale

La recuperación de una parte importante del legado de Mikio Naruse, que parecía tan remota o directamente una quimera hace no tanto, se ha materializado en la aparición en poco tiempo de un abundante ramillete de nuevas películas.
En los casos de otros directores, estas "puestas al dia", pueden sacar a la luz obras que complementen o incluso compitan con el tiempo con las conocidas, ensanchando el concepto que pudiese haberse tenido de sus autores, limando quizá alguna arista de atributos dados por buenos desde siempre, tal vez iluminando algún rincón difuso o tenido por excéntrico de films establecidos ya como básicos.
Con Naruse no. Naruse es un continente al que apenas hemos arribado y cada nuevo paso, por mucha apriorística uniformidad que pensemos que tiene su peculiar forma de hacer cine, descubre cosas nuevas y pulveriza otras tantas que ya creíamos definitivas.
"Haru no mezame", de 1947- y hay más ejemplos, de todas las épocas - inmersa en un periodo hasta ahora considerado de transición al gran rush final que se iniciará con "Meshi", cuatro años después, debe ser una de las películas más maravillosamente desconcertantes de la historia del cine.
Detecto (en mí el primero) un cierto acomodamiento (ya vendrá alguien que las seleccione y "ordene") y hasta cierto agobio en esta masiva avalancha de grandes películas, que de alguna manera atenúa el placer del descubrimiento de este maná que nunca creímos caería. Son tantas y tan buenas, hay tan pocos errores o tan siquiera baches y son tan colindantes sus fronteras (sin que nadie con un conocimiento mediano sobre su obra pueda decir que se repite o hace una y otra vez la misma película) que en la memoria se confunden ya "Arakure" con "Anzukko", se pierde la cuenta de en cuántas había accidentes de circulación, ya no se recuerda en cual estaba mejor Hideko Takamine y, en bloque, se funden todas las de los años 30 en casi un imaginario megalargometraje de aprendizaje/adaptación (una mala costumbre muy asociada a esa década y que ni siquiera sirve para Ford o Hitchcock) para librar a la memoria de tener que distinguirlas y menos aún resaltar cuántas de ellas pueden contarse entre las más grandes que hizo.
"Haru no mezame" viene a confirmar además una sensación que puede ir tomando cuerpo ya definitivamente en la consideración del cine japonés de los 40: a pesar de las traumáticas consecuencias de la guerra que tan honda huella dejó en el país y sin desmerecer al esplendor posterior del decenio siguiente, el periodo 45-50 es si no el mejor, sí un tramo tan bueno como el más extraordinario que nunca dio Japón.
Estaban "Banshun" y "Utamaro o meguru gonin no onna", con "Osone-ke no ashita", "Yoidore tenshi", "Nora inu", "Sensô to heiwa" y otras en "segunda unidad"; han ido ganando aprecio, justamente, y todavía no con la unanimidad que merece alguna de ellas, "Yuki fujin ezu", "Yoru no onnatachi", "Waga koi wa moenu" y "Joyû sumako no koi" o "Waga seishun ni kuinashi" y han aparecido rutilantemente en estos últimos años un portentoso Shimizu, "Hachi no su no kodomotachi", ahora este Naruse y dentro de poco seguro que habrá más.
Solo por el despliegue de composiciones y encuadres, el uso de la banda sonora, la sabiduría del  rodaje en interiores, la modulación de las interpretaciones, varios inenarrables travellings y encadenados o las múltiples bellezas plásticas que contiene (con la fotografía de Shunichiro Nakao), ya sería suficiente para subir a los altares a esta luminosa crónica sobre la adolescencia, pero lo que quizá la hace más especial es la mirada de Naruse a sus personajes, que - como Leo McCarey, diez años antes, que fue capaz de "calzarse los zapatos" de personas con veinticinco años más que él en "Make way for tomorrow" - comprende cabalmente, no excluye nada, mira sin condescendencia y así lo registra, a chicos y chicas que atraviesan esa edad tan confusa que a él ya le quedaba más bien lejana. 
Llena de dudas e inocencia, tumbada en el suelo mirando las nubes y con esa sonrisa espontánea, la joven Kumiko en concreto es la misma personificación de todo lo sagrado que viene de la juventud. Pero ay de quien tome sus cuitas y sus pequeños grandes problemas como "propios de la edad". Como en "The River" de Renoir, todo el universo pende de una mirada, de un gesto y no hay nada de banal en ello. Como si no hubiese nada más después de los quince años o algo decisivo se perdiese para siempre al acercarse a la madurez.
Naruse mira con afecto (y respeto, sin dar dos pasos atrás) a estos todavía niños que no tuvieron la desgracia de - y volviendo a ese Renoir que anticipa - no "morir como niños" en Hiroshima y Nagasaki: ¿quién puede ser más importante que ellos?
Agrupando si es posible un conjunto de películas referidas a estas llamémoslas primeras edades, que según las épocas y las culturas divergen bastante, "Haru no mezame" no presenta a diferencia de "L´incompreso" dolorosos traumas, ni hay grandes aventuras como en "A high wind in Jamaica", o el desinterés y la indiferencia hacia los pequeños presentes en varios Kiarostami, desde luego tampoco asomo de "antropología" como en "La pyramide humaine", ni siquiera situaciones nuevas a las que adaptarse como en "Mes petites amoureuses", ni miradas "inversas" (desde el punto de vista opuesto, quiero decir) como en "Le mirage" o melancólicas como en "Merlusse".
"Haru no mezame" es cotidiana y ligera, en algún sentido, nada teórico, inquisitiva pero ciertamente relajada (si hay respuestas, aparecerán; si no las hay, las preguntas ya valieron la pena), una oda al derecho que tuvimos a ver el mundo - que a todos en mayor  o menor medida nos ha generado complejo de inferioridad: queríamos crecer para entender mejor -  bajo un prisma de tolerancia y trascendencia sin siquiera percatarnos de la audacia que suponía mirarlo así.
Nunca se vio un Naruse tan carnal y al mismo tiempo tan sabio, ni siquiera en sus obras finales, cuando la vida le había enseñado más cosas. Apenas hay rastro aquí del pesimismo y la resignación frente a los precipicios vitales que llenarán sus últimos años. La emoción, contenida otras veces, filtrada y servida en pequeñas y precarias porciones - y así parece que mejor apreciada, quiero pensar que por simple contraste - es aquí expansiva y libertadora, un sol que atraviesa las copas de los árboles que lógicamente ya dejan en penumbra algunas de las expectativas y los anhelos de estos personajes, sin que aún hayan conseguido borrar la ilusión de las caras de Koji, de Kumiko, de Kyoko, de Fusako... que no son ni role models ni "últimas oportunidades" como la Catherine Rouvel de "Le déjeuner sur l´herbe", sino la encarnación de la todavía posible esperanza.
Creo que se trata de un film muy poco "naturista" como ha sido etiquetado por los pocos que parecen haberlo tenido en cuenta y mucho menos un ejercicio de educación sexual, como parece le fue encargado a Naruse. La naturaleza, que cambia con la llegada de la primavera, como dice el título del film, enmarca y quizá cataliza las reacciones de los personajes, pero no es la protagonista ni a ella está consagrada la película. Esa luz y ese viento que todo lo cambian, no "intervienen" como en Renoir, Vidor o Dovzhenko, no "enseñan" nada a quienes habitan el film. Ni tampoco Naruse alecciona sobre qué hacer con los impulsos de digamos, comunicación, con el sexo opuesto. Lo que perciben en la piel y lo que surge de sus adentros se plasma en una sinfonía de planos que son pura captación de sensaciones, gestos, muecas, canciones.
Tal vez sea éste el gran film impresionista.

viernes, 19 de diciembre de 2008

LA VIDA Y NADA MÁS



A pesar de que hacía ya once años desde que la escritora Fumiko Hayashi había muerto, en 1962 Mikio Naruse aún conserva su firma en los títulos de crédito de "Horoki (Crónica de una trotamundos)" como guionista del film.


Es "Horoki" la biografía cinematográfica menos convencional que haya podido rodarse junto a "The wings of eagles" de John Ford sobre Frank "Spig" Wead.


Tanto Ford como Naruse conocieron y tuvieron gran amistad con los dos protagonistas y el lapso de 10 años que en ambos casos transcurre desde su muerte hasta que decidieron rememorar su figura, les dio una perspectiva que les permitió contemplar su vida con una amplitud de miras que no excluye la crítica (ni son hagiográficas, ni maniqueas) pero que sobre todo les permitió incardinar de alguna manera todo lo que con ellos compartieron en un discurso cinematográfico adecuado a la edad y las circunstancias de sus carreras en aquellos momentos.


Las novelas de Spig y de Fumiko les proporcionaron a Ford y Naruse material para rodar algunas de sus mejores películas ("They were expendable", "Ukigumo", "Meshi" e "Inazuma" entre otras, nada menos) y qué mejor forma de agradecerles esos maravillosos guiones que contando cómo fueron y encima regalándonos dos de las obras máximas de su carrera.


Tanto el Ford de 1957 como el Naruse de 1962 están enfilando ya la parte final de su obra, enlazando obras cenitales que recogen toda la sabiduría acumulada durante una vida dedicada al cine y también nuevos elementos que prueban que estaban más vivos que nunca, que no habían perdido la capacidad por hacer cosas nuevas.


Algo en "Horoki" la hace inevitablemente contemporánea de "The hustler", de "The apartment", de "Beloved infidel", de "Strangers when we meet", de "The man who shot Liberty Valance" incluso de Godard, Rouch y Rozier y de todas las obras agridulces que abrieron la década que apagará la llama del cine clásico, tan vivo y vigente que nunca parecía que fuese a morir.


Quizá sea que hablan de algo que ya no existía o que nunca más podría volver a existir; en unos casos una forma de ver la vida, en otros unos valores: los últimos románticos, los últimos gangsters, los últimos hombres de una pieza, la última mirada a los que viveron sin calcular las consecuencias de sus acciones, a los apasionados sin representante.


Ni Fumiko Hayashi ni Spig fueron lo que hoy entendemos por triunfadores.


Fumiko pasó muchas penurias, malvivió, pasó hambre, estuvo en la cárcel, murió joven (48 años) y tuvo que luchar mucho para que alguien reconociese su talento (una facultad, la de escribir, que le brotaba a borbotones como una cascada imparable pero que nunca se planteó como algo parecido a un modo de ganarse la vida).


Spig Wead casi quedó paralítico y sacrificó su vida privada por una idea y una pasión, dejando de lado a una mujer que lo quiso mucho más de lo que probablemente merecía.


Naruse y Ford los admiran y consiguen que los admiremos sin que necesitemos leer su obra, por lo que fueron sin tener en cuenta su legado. Naruse ni siquiera menciona en su película que Fumiko tuvo el menor contacto con el cine ni por supuesto con él. Ford, como siempre hacía, reparte el cariño que tenía por su personaje, que era su amigo, entre todos los personajes de la película; todos lo querían y seguramente todos tenían algo malo que decir de él.


Y sobre todo lo más importante es que por muy poco que nos importen la marina de los Estados Unidos y las revistas de poetas japoneses de entreguerras, salimos de las proyecciones de estas películas reconciliados con el mundo y hasta puede que menos cínicos y más sensatos.