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viernes, 14 de marzo de 2014

AUBERGE RAVOUX

En las riberas de los ríos, las estaciones de tren, las pensiones, las casas solariegas, las animadas carretas llenas de putas, en los campos y en las calles no se disciernen sus cuadros.
Quizás sí los de los otros.
Una mujer con un paraguas anuncia un Monet; una habitación con volutas achampanadas es de Morisot; más de un Millet se entrevé en tierras de labor aledañas al pueblo; una mesa dispuesta para tomar el chocolate de la tarde parece preparada para Matisse (es un decir, sería anacrónico); de un baile con mil rayos de sol atravesando los árboles surge la idea de un Seurat; pero apenas hay ningún Van Gogh.
La cámara de Maurice Pialat sólo registra las circunstancias y a un hombre que apura sus últimas contradicciones, se ensimisma más que piensa y, a veces, pinta.
La admirable película que en 1991 compuso el cineasta sobre el año final de la vida del pintor, no deja consecuentemente un resquicio para practicar ese ejercicio tan habitual al que se invita a los espectadores cuando se rememora la vida de un gran artista: vivir los instantes en que surge el genio.
A compartir, en su caso, esa fracción de tiempo en que desciende la mítica musa sobre un sucio cuarto de pensión o un anodino campo de trigo para hacerlos inmortales.
Es la época, el lugar, se escucha nombrar a los protagonistas, pero nada hay en el encuadre.
"¿Qué será de nosotros los aficionados?" exclama el Doctor Gachet, un buen lema para esta y cualquier otra revolución cultural. Qué difícil es imitar lo que el genio ejecuta con naturalidad y abandona en un rincón o deja secar sin cubrirlo.
"Van Gogh" es la última parada de una vida ciclotímica, de ego masacrado, errante sin la aventura del viaje y sin más relojes que las intempestivas crisis que acechan a un cuerpo al que no conviene la excitación.
Una película tan "científica" - en el sentido más carnal, regida por el funcionamiento indisociable de un cuerpo y una mente, un poco como "Le testament du Dr Cordelier" o "Vredens dag" - como rudimentaria, porque no hay ni preguntas ni enseñanzas a las que llegar.
Es por eso que la escena en que vemos al Doctor con el oído pegado al pecho de Vincent mientras lo reconoce, será el momento en que más cerca estaremos de desenmarañar sus adentros.
"Van Gogh" no es el primer viaje al pasado de Maurice Pialat.
Veinte años atrás la mini-serie "La maison des bois" - qué atrocidad que, como le ocurre a "Six fois deux", no esté al alcance de todo el mundo habiendo sido Maurice el director más capacitado junto a Godard para haber tomado el testigo televisivo de Rossellini - había recreado los años de la Gran Guerra y "Sous le soleil de Satan" avanzaba unos años hasta la década de los 20.
Pero no por constituir un (primer y último) vistazo a un personaje importante de la Historia, deja de ser básicamente lo mismo. Qué justo (y qué ancestral: Ford, Griffith, King...) es mirar lo que sucedió una vez sin importar su trascendencia, si alguien lo recuerda, si significa algo para los que allí no estuvieron.
Vincent Van Gogh es para Pialat uno más de sus personajes apegados a lo primario y alérgicos a las imposturas y las lisonjas, impulsivos, antiburgueses, de trato difícil y sin embargo sencillos y hasta afectuosos si se sienten a gusto.
Mujeres y hombres que no se analizan.
Hace pasar Pialat a su protagonista (un gran Jacques Dutronc, que casi rehúye tal foco y se camufla como uno más de los habitantes del film) delante de un Renoir sin mirarlo y la escena manifiestamente no funciona para aportar datos acerca de su carácter - es decir, de la proyección de ese interior chequeado en la escena del examen médico - sino del de los demás.
Se nos ha "educado" (bien se empeñaron antes Bresson o el citado Rossellini: recordemos a la Juana de Arco del primero o al San Francisco de Asís del segundo) desde que arrancó la película a otorgar importancia a lo corriente sin utilizarlo para sublimar lo que desconocemos de cuanto pulula por la cabeza de un personaje del que creemos saber muchas cosas.
Aquí, una canción después de la comida, un último baile antes de morir los dos hermanos, una pornográfica imitación de Toulouse-Lautrec, una partida de dados o un brindis con un vaso de vino a la salud de nadie, son los pasajes del tiempo que le queda a Vincent que realmente pueden filmarse ya.
Lo extraordinario queda como un misterio pues es lo que seguirá siendo por mucho que lo expliquemos. 
El drama o la comedia de la creación, el desasosiego y la espera, la relación con su oficio y quienes lo ejercen y todo lo que será central en sus contemporáneas "El sol del membrillo" o "La belle noiseuse", no son asuntos para muertos.

lunes, 5 de mayo de 2008

MAURICE PIALAT. Un recuerdo

(L)A TUMBA ABIERTA

Los que llegaron a conocerle bien, que fueron muy pocos, desmentían tajantemente las habladurías acerca de su mal carácter. En la intimidad, era un hombre amable y cercano, incluso tímido.

Pero como todos los visionarios, Maurice Pialat fue un hombre pertinaz, que no se dejaba influir por nada ni por nadie, como si tuviese una misión que terminar antes de abandonar este mundo y no estuviera dispuesto a cejar en su empeño hasta lograrlo.

Hace cinco años que abandonó este mundo y trece desde que se estrenó su última película, la invisible “Le garçu”, última parada de un viaje que empezó en un lejano 1968 y que cortometrajes y una serie para televisión aparte, sólo cuenta con 10 largometrajes. De su legado, como de todo en estos tiempos, sólo quedan los ecos ya extinguidos del estreno de “Van Gogh”, de 1991, que por aquello de hablar de un pintor tan famoso tuvo un eco bastante amplio en medios europeos. En España, como siempre, nada de nada.

La sorprendente reedición en DVD de algunas de sus mejores películas ha vuelto a traer a la actualidad a uno de los creadores más importantes del cine europeo y nos ha permitido disfrutar de copias de gran calidad, bálsamo de grabaciones furtivas y sufridas para la vista con las que habíamos convivido hasta ahora.

Circulan “No envejeceremos juntos (Nous ne vieillirons pas ensemble)” de 1972, su obra capital de esa década y una de las películas europeas definitivas de todos los tiempos, tres obras de los 80, “A nuestros amores (A nos amours)” del 83, “Police” del 85 y “Bajo el sol de Satán (Sous le soleil de Satan)” de 1987, más la citada obra sobre Van Gogh. Fuera de nuestras fronteras se puede localizar “Loulou” de 1980. En los anales de la televisión patria también figura una emisión de su debut “La infancia desnuda (L´enfance nue)”, rediviva gracias a intercambios en Internet y con paciencia y un poco de esfuerzo idiomático suplementario puede localizarse “Passe ton bac d´abord” de 1979. Más difícil es acceder a “La gueule ouverte” del 74 y a su última obra.

Pintor vocacional, Pialat dirigió su primer largo con 43 años, con lo que la sensación de estar viendo una obra decantada y pensada tras mucha reflexión que transmite la emocionante y áspera “La infancia desnuda” no es para nada equivocada. Niños abandonados, huérfanos, niños difíciles que no saben vivir en familia. Pocas películas explican tan bien el nacimiento de la rebeldía y el sin sentido de la violencia como reacción a la falta de afecto. Y pocas películas pierden tan poco el tiempo en explicaciones. Todo es directo, abrupto y sin embargo la palabra que se viene a la mente es ternura. Rodada con actores no profesionales, los ecos de Bresson, de Rossellini, de Rozier, de Rouch y de Chaplin, resuenan en las casas de acogida, en los fríos descampados, en los puentes sobre la carretera nacional, escenarios de pequeñas travesuras, de inadaptación y desamparo.

No tardó mucho Pialat en demostrar que su talento le daba para atreverse con un asunto que había conocido un punto aparentemente final y definitivo en la fundamental “Te querré siempre (Viaggio in Italia), 1953” de Rossellini. “No envejeceremos juntos” es una de esas películas que impresionan tanto por lo son como por lo que no son. Son tantas las trampas en que no cae, las dificultades que salva con soltura, los recursos expresivos sorprendentes que aplica a problemas de puesta en escena que los demás resuelven con convencionalismos... cada escena, que se engarza con la siguiente sin solución de continuidad, sin transiciones, es una clase magistral de expresividad fílmica. Las continuas idas y venidas de Jean (un monstruoso Jean Yanné) y Catherine (Marlène Jobert), sus discusiones y sus momentos de acercamiento, son recogidos por el excrutador ojo de la cámara con un realismo y una falta de adornos que provocan un desasosiego perturbador. Somos testigos de algo que puede que no debamos ver, algo demasiado íntimo: no en vano es una película autobiográfica, la más desnuda y audaz de las nunca filmadas, impúdica y sincera hasta el límite.

Su carrera no se dispara hasta el infinito tras rodar semejante obra maestra. Con el paréntesis de “La gueule ouverte” de 1974, que no conozco, incluso parece que le cuesta volver a rodar. Su vuelta a las pantallas se produce nada menos que en 1980, con “Loulou”, en la que puede contar con la gran estrella francesa del momento, Gérard Depardieu.

Un año antes había podido estrenar la frustrante “Passe ton bac d´abord”, un film casi documental, el más parecido a su debut, que fue menospreciado y sepultado por la crítica antes incluso de poder estrenarse, en parte por culpa del propio Pialat, que no quedó nada satisfecho del proceso de rodaje y sobre todo con el sonido del film. Es cierto que es una película que se oye mal, los protagonistas (que no son actores) no vocalizan y si no se ve subtitulada cuesta mucho seguirla (suponiendo que se entienda francés), pero es injusto pasar de largo frente a este retrato de la adolescencia sin futuro de Lens, de bar en bar y de cama en cama, desnortados y sin saber qué hacer con sus vidas. No sé si en la mente de Maurice estos eran los niños de “La infancia desnuda” diez años después. Si es así, y no me extrañaría pues hasta las fechas coinciden, completa un panorama desolador de una Francia de provincias mezquina e inhóspita, un sitio del que hay que salir como sea, y que conmina a estos personajes que parecen salidos de películas de Nicholas Ray, a vagar ad eternum en busca de no se sabe muy bien qué. Quizá de ellos mismos.

No es casualidad que “Loulou” sea finalmente el retrato de un paria, un chulo de barrio, un delincuente carismático, que malvive en un París, refugio de maleantes venidos de todos sitios. Depardieu compone, con una economía de medios admirable y más viendo en qué se ha convertido después, este personaje capaz de arrastrar a su vorágine diaria a una burguesa Isabelle Huppert. Es reconfortante volver a encontrar a Pialat a gusto pero no creo que la valoración que se pueda hacer de la película deba algo a la alegría de verlo en tan buena forma. “Loulou” es una película extraordinaria y quizá la mejor para introducirse en su cine.

Empieza con esa película la época en la que parece que más disfrutó haciendo películas, encadenando hasta éxitos de taquilla y crítica que culminan con la merecida pero tardía Palma de Oro de Cannes para “Bajo el sol de Satán” en 1987. Entre las dos, rueda “A nos amours”, la otra mejor película de su carrera en mi opinión y “Police”.
“A nos amours” es su película más hermosa y equilibrada, quizá la única en la que baila un poco y además cuenta con uno de los más asombrosos debuts de la historia del cine, el de Sandrine Bonnaire, en el papel de su hija.

Dos escenas clave: la reunión familiar en la que reaparece por sorpresa Maurice, descarnada y brutal, quizá la cumbre de su carrera, donde sale a flote su verdadera naturaleza (de su personaje, él mismo en realidad), que reniega de la falsedad y que es capaz de decir a quien sea a la cara lo que piensa de él, con el derecho que da la VERDAD y ese final tan conmovedor cuando la chica se marcha a América, con la conversación en el autobús, de una emoción indescriptible.

Dos años después filma la vibrante “Police”, que es un poco una puesta al día de las enseñanzas de Richard Fleischer o Don Siegel en los 70, o como volver a hacer que un film policiaco sea creíble, como aquella inolvidable “Los nuevos centuriones (The new centurions, 1972)” y la mencionada “Bajo el sol de Satán”, que muchos quisieron ver como una relectura de la famosa “Diario de un cura rural (Journal d´un curé de campagne)” que filmara Robert Bresson en 1951 pero que está basada en otra novela de Georges Bernanos, en concreto en su primera obra.

Es significativo que Pialat acuda al abad Donissan antes que al cura d´Ambricourt, parece que eso delata una vez más su voluntad de ir a la esencia de las cosas. Quizá Pialat hubiese sido el segundo candidato ideal para filmar la vida de Cristo, después de Dreyer.

Más que la duda, que es el centro de atención de Bresson, Pialat se decanta más por un tema también omnipresente en Bernanos: el descreimiento; de los que te rodean y que acaba siendo también tuyo. Es la única película de su filmografía que toca aspectos filosóficos y morales de naturaleza social, de los que interesan a todo el mundo, tal vez por eso recibió tantos halagos. Y lo hace de una forma nada abstracta, como en él es habitual, de cara y yendo a las consecuencias inmediatas de las acciones. El abad es casi un outsider, un personaje rosselliniano, obcecado hasta los límites más insospechados en su conducta. Es también y esto imagino que no debieron verlo muy bien en aquellas entregas de premios, una atroz e inmisericorde condena a la Iglesia.

“Van Gogh” y “Le garçu” cierran su ejemplar carrera.

“Van Gogh” es, junto al pequeño boceto de Alain Resnais en los años 50, también dedicado al genial pintor holandés, la única película impresionista sobre el impresionismo. El actor Jacques Dutronc da vida a un Vincent van Gogh meditabundo, antipático, ido, apasionado y ensimismado en un color, un campo de trigo, un reflejo en una ventana… alguien que no perdía ni un minuto en lo que nos ocupa cualquier día de nuestra vida, con los problemas que ello acarrea (de dinero, de relación con los demás) pero que dedicaba horas interminables a pensar en cómo captar con el pincel tal o cual cosa que le había llamado la atención. Pialat dedica poco tiempo al melodrama, la batalla es interior.

A falta de conocer “Le garçu”, y para concluir, decir que convendrá visitar algún día a su discípulo bastardo (aunque no reconocido ni en un sentido ni en otro por lo que sé): el gran Jean Claude Brisseau.