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jueves, 21 de abril de 2011

EN LA TIERRA DE MERCIA

Flanqueada por sus dos famosas y reconocidas obras musicales, "The red shoes" y "The tales of Hoffman", Michael Powell y Emeric Pressburger rodaron tres de sus más sugerentes y sin embargo poco conocidas películas, "The small back room", "Gone to Earth" y "The elusive Pimpernel", que han tenido una  repetida e injusta reputación de menores, redundantes de otros de sus grandes logros.
Se ha alabado tanto el acabado visual de sus tres obras maestras ("A matter of life and death", "Black narcissus" y, quién lo hubiese imaginado, la más influyente, "The red shoes") fotografiadas por Jack Cardiff - hasta otorgando una parte de los méritos al gran operador, quien a su vez increíblemente empezó a perderlos tras trabajar con Hitchcock en la sublime "Under Capricorn", seguramente su mejor trabajo junto al que hizo en la segunda de las citadas - que a veces parece que se olvide que la cualidad fundamental del cine de esta singular pareja fue siempre su versátil, atrevida, original puesta en escena, la menos académica imaginable.
En los trece años que limitan espacialmente con dos obras de ambiente  más o menos bélico como son la impresionante "The life and death of Colonel Blimp", en mi opinión la primera ya preferible como su obra máxima - y antes en solitario Powell ya había firmado las magníficas "49th parallel / The invaders" y "The spy in black" -, hasta la mucho menos famosa pero igualmente espléndida "The Battle of the River Plate" no veo bajones, ni encuentro decepciones ni distracciones y sí una exultante variedad y amplitud de registros.
No quedó terreno por cubrir: del siglo de Churchill al de Chaucer, ambientando sus historias en las islas de la vecina Escocia y en las cumbres del remoto Himalaya, versando sobre lo terrenal y sobre lo celestial, impresionando sus imágenes en el más puro blanco y negro y en el más esplendoroso technicolor, apoyándose en sus propios argumentos o inspirándose en Hans Christian Andersen, Offenbach, Rumer Godden o Goethe.
En estos últimos años por fin se han editado en óptimas condiciones "The small back room" y "Gone to Earth" y falta aún repescar a "The elusive Pimpernel".
Debía haber sido otro musical en toda regla y esa parece que fue la idea inicial pero lo cierto es que a pesar de la muy querida novela de Emma Orczy, un muy adecuado y relajado David Niven y los paisajes del Valle del Loira y Mont St. Michel, "The elusive Pimpernel" fue fugazmente célebre sólo por haber sido rechazada por la entonces pujante Merle Oberon (que ya protagonizó la versión de Harold Young en 1935 junto a Leslie Howard; inferior en todo, más estándar y "de productor", sin tomar un riesgo) en lugar de haber sido reconocido por su vibrante, sentida, divertida peripecia.
"The small back room" por su parte, ha recorrido un camino paralelo al de "They were expendable" de Ford, con la que tiene importantes puntos en común, una parecida infravaloración congénita y hasta un explícito y deprimente título.
Son desde luego dos grandes películas complementarias (abarcando situaciones durante y después de la Segunda Guerra Mundial, pero hubiesen servido para cualquier otra) sobre la inacción, la espera y esa frustración tantas veces confundida con un latente heroísmo de pacotilla (o un bobo patriotismo) y que, antes bien, versan sobre el menosprecio e impotencia que se experimentan cuando alguien sabe que tiene las habilidades, la entrega y el compromiso y es dejado en segundo plano como si no sirviera o no fuera suficientemente bueno para hacer lo que los demás.
Mucho más amarga, lógicamente en retrospectiva y con un mayor carácter de odisea personal que "They were expendable" - no mejor, apenas habrá una docena en toda la década a la altura de ese Ford - "The small back room" es además una de las grandes películas que se han hecho sobre el alcoholismo.
Se lleva la palma en cuanto a  vida azarosa no obstante la segunda del trío en cuestión, "Gone to Earth".
Tras ser salomónicamente divididos en dos partes sus derechos, fue retomada en USA por David O. Selznick, empeñado en controlar todo lo que rodaba su mujer, Jennifer Jones y - con la ayuda de Rouben Mamoulian, que se cubrió de gloria - remontada, nuevamente rodadas algunas escenas, retitulada como "The wild heart" y reestrenada dos años más tarde, mutilando casi un tercio de metraje para, supongo, recoger las migajas del éxito de "The tales of Hoffman" que aún quedaban bajo las alfombras.
Tuvieron que pasar treinta y cinco años para que se restituyera la copia original, cincuenta para que se editase en DVD y no sé cuántos más habrá que esperar para que salga del furgón de cola crítico de las obras del dúo de los arqueros.
Pero si "Gone to Earth" merece la pena ser restituída no es por el maltrato sufrido o la proverbial inaccesibilidad a su versión íntegra - podía haber sido un horror discretamente sepultado que no hubo más remedio que rehacer - sino precisamente por ser uno de los films más románticos y hermosos de Powell y Pressburger.
Es cierto que quizá llegaba tarde, que los ensoñadores años 30 donde hubiese tenido mejor ubicación quedaban lejos, que nueve años antes uno de los pocos films de su estirpe, "Smilin' through" de Borzage - no muy acertada me parece la conexión que podria establecerse con "Ryan's daughter" de David Lean, que sí triunfó veinte años después - ya había visto fruncir los ceños de quienes pensaban que con la guerra no era momento de cuentos ni de fantasmagorías y sí de "esfuerzos" - mucho más escapistas en el fondo - tipo "Stage door canteen"  y que el éxito de varios emblemáticos Dieterle y el último Lubitsch en la década que terminaba protagonizados por una Jennifer Jones tan aniñada, inocente y crédula, no garantizaban el éxito y sí era un arma de doble filo, más cortante cuanto más años cumpliese ella.
Poca atención debían prestar Powell y Pressburger a tales consideraciones tácticas y "de mercado" cuando reincidieron en 1955 con el musical aún menos visto y olvidado por la providencia "Oh Rosalinda!", ya con la explosión provocada por la moderna "On the town" de Donen & Kelly más que consumada.
"Gone to Earth" cuenta una sencilla y nada pretenciosa historia pero es tal la intensidad creadora aplicada a cada detalle del decorado, cada composición o desplazamiento, cada acción ejecutada por los actores y actrices, que resulta un film denso, misterioso, imprevisible y uno de los mejores ejemplos de adecuación de banda sonora e imágenes de toda su carrera.
Si en otras películas del dúo se intuye la fina pluma de Pressburger, en "Gone to Earth", uno de sus films más "de cámara", triunfa el talento de Powell, verdadero alma mater cinematográfico sin el que probablemente ni esta ni cualquier otra de las películas que firmaron juntos, en nada se hubiese diferenciado de  las producciones de los hermanos Korda.
Así, lo más impresionante del film es su autenticidad rural, cómo capta la belleza de la frontera entre Inglaterra y Gales, intemporalmente, haciendo creíble lo que acontece a una muchacha asilvestrada que se comunica con animales, una hazaña comparable a la que poco después alcanzaría Charles Walters con Leslie Caron en la mágica e igualmente subvalorada "Lili" y más perdurablemente que en los bucólicos melodramas - alguno de ellos excelente - rodados en los precedentes quince años por John Cromwell.
Tiene el film una discreta pero firme idealización de lo que el pasado tenía de bueno y se perdió y un elemento "pro-telúrico" - ella es ajena al mundo construído a su alrededor: la familia, los hombres, las pasiones o el dinero, sólo pertenece al campo y al cielo raso -, una conmovedora defensa de otra forma de ver la vida a través de los ojos de alguien capaz de sublevarse - aliada con las fuerzas mismas de la naturaleza, que son su credo, pero que como tal, no domina y le terminarán fallando - contra lo que aborrece; alguien para quien lo raro, lo anormal es lo que nos rodea sin que nos inmutemos: gente estúpida que parasita todo, aprovechados que no conocen el honor, individuos que sólo sirven para criticar todo lo que hacen los demás.
Tal vez hace mucho tiempo, cuando el público era más tolerante y receptivo, estaba acostumbrado a tener respeto por cualquier opción estética o ética, por muy alejadas que estuviesen de sus preferencias, pudo servir de algo reivindicar un film como este.
Desde hace unos años para acá, parece una empresa condenada al fracaso.

martes, 13 de abril de 2010

EL LEGADO TENEBROSO

"Le testament du Docteur Cordelier", "Psycho", "The birds" y muchos capítulos de "Alfred Hitchcock presents", "Die tausend augen des Dr. Mabuse", "L´orribile segreto del Dr. Hichcock", "Les bonnes femmes", "Murder by contract", "Blind date/Chance meeting", "Les yeux sans visage", "The brides of Dracula", "The two faces of Dr. Jekyll", "Experiment in terror", una parte del serial "The Twilight Zone", "Compulsion", incluso "nuestra" "Es geschah am hellichten tag" y un poco o bastante detrás, aunque a veces con mayor reputación "Ansiktet" o "La maschera del demonio", "The innocents", "Plein soleil" o "Nóz w wodzie", algunos Corman ... hacia 1960 debe encontrarse probablemente - y no tiene nada que ver con alineación de astros, igual se reunirían melodramas y westerns, comedias y dramas - el clímax del cine de terror y el thriller moderno.
Medio siglo, arriba o abajo, las contemplan.
También a una de las grandes películas inglesas de todos los tiempos. No la mejor, aunque competiría con cualquiera - incluso con algunas de las más grandes realizadas por su autor, Michael Powell, en solitario o acompañado por Emeric Pressburger - pero sí quizá la más inglesa de todas las grandes películas.
De "Peeping Tom", como de la gran mayoría de las anteriores, no se puede hablar en pasado. Viven de sus hallazgos, sin haber avanzado gran cosa en ninguna dirección, muchas, demasiadas películas actuales.
"Peeping Tom" poco tiene que ver con ninguna de las películas antes citadas (salvo ese abandonado y supremo Renoir tal vez, en el aspecto de que ha sido catalogada como una auténtica excentricidad en una trayectoria ajena a los caminos de estos muy fronterizos géneros), pero si de "Black Narcissus", "I know where I´m going", "A matter of life and death" y no digamos "Oh... Rosalinda!" casi ningún director ha querido saber nada cinéfilamente hablando (últimamente sólo Coppola en "Tetro" se acordó de él; Scorsese, su gran valedor moderno y el menos powelliano de los cineastas, ya no parece acordarse de nadie), "Peeping Tom" ha sido saqueada, en todo tipo de films, de todas partes, difuminándose su poder y paradójicamente ya no parece gran cosa hoy día.
Me cuesta entender esa desconexión que muchos parecen ver en el film con el resto de su filmografía, porque si algo distinguió al cine de Michael Powell (con o sin Pressburger; análogamente, a Stanley Donen con o sin Gene Kelly, a Eisenstein con o sin Grigori Aleksandrov, aún no sabemos si a Straub sin Huillet) es precisamente la originalidad y complejidad de sus historias, sus colores (y sus sombras, donde pocos han llegado: hubiese sido un prícipe del kammerspiel) sus sorprendentes elipsis, sus inesperadas salidas líricas, su fino sentido del humor, su especial inclinación musical - presente soterradamente hasta en los más secos y densos films bélicos - y en general su elogio de todo lo inglés.
Yo diría que los verdaderos valores - ni serán innovaciones, aunque eso es más "comprobable" y sirve de poco constatarlo - del film no son el diseño de los personajes (el asesino enfermo y traumatizado desde la niñez, un Karlheinz Böhm transfigurado, lejos de romances palaciegos y preparando el terreno para sus papeles con Fassbinder, la chica simplona que se enamora de él superficialmente, la torpe policía que ni sospecha de él, la madre ciega que es la única que parece ver) ni la idea de un archivo videográfico de mujeres asesinadas, ni probablemente el artilugio que se desvela finalmente como "fearmaker" definitivo, que seguro sale de algún film expresionista alemán.
Sí me parece valiosa la estructura, tan imaginativa del film, que empieza dos veces: primero vemos la escena del asesinato de la prostituta, luego como Mark contempla lo rodado en su casa con acompañamiento de cine mudo, como si una imagen captada estuviese incompleta y no fuese totalmente real hasta verla proyectada, anticipándose a "Blow up", que tantas otras cosas toma por lo demás de sus aspectos externos. O cómo a la media hora de película, el caricaturesco director del estudio en que trabaja Mark grita Cut! al haberse agotado el efecto de la espectacular apertura y se encadena la primera de las escenas puramente musicales, una lección de guión que desoyeron un millón de directores de giallos que alargaron hasta el infinito pequeñas ideas.
Igualmente lo es la utilización de la iluminación, que debió cambiar la vida a Mario Bava, el uso de la banda sonora o esa extraña bobina de imágenes caseras rodadas por su padre, tan misteriosa y dosificada, coherentemente, evitando flashbacks.
Homologada su carcasa externa, "Peeping Tom" aparece ahora como un film de instantes que bascula sobre la obsesión de alguien por terminar decididamente el trabajo que su padre dejó inacabado, con ecos tan decimonónicos, de llevar hasta las últimas consecuencias la investigación sobre los "grandes temas" aún a costa de la propia vida plasmados en los escritos de Mary Shelley, Defoe, Victor HugoPoe, Chateaubriand, Stoker y otros, filmando incluso a quienes progresivamente lo van desenmascarando, hasta provocar su propia muerte, que debía llevar años planeando y que arranca en ese genial plano del propio Powell enfocando el objetivo de la cámara para dar el testigo a su hijo, el mismo día que "se marchó", un momento que siempre me lleva a José Luis Guerín y "Tren de sombras" y también a Erice, con el que siempre he asociado el cine de Powell.