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miércoles, 4 de septiembre de 2013

CUANTO FUIMOS

Las dos variaciones acometidas por Jean Renoir sobre el célebre cuento "Den lille pige med svovlstikkerne" que - su "colaborador", como le gustaba denominarlo - Hans Christian Andersen, había dedicado a su madre en 1845, "La petite marchande d'allumettes" (1928) y "Le dernier réveillon" en 1969 (como primer episodio de su obra final, "Le Petite Théâtre de Jean Renoir") no han servido de gran ayuda para resumir, ejemplificar o siquiera aproximarse a generalidades de su cine.
Alucinatoria, en gran medida subjetiva y aparentemente más fiel a la prosa del gran escritor danés la primera de ellas, realista, romántica, libre adaptación la segunda, este singular díptico abre de par en par y casi en silencio clausura su carrera, sin que esos más de cuarenta años transcurridos se sumen a una para obtener la segunda, tónica habitual de las imposibles ecuaciones renoirianas.
El aspecto ensoñador y mecánico de "La petite..." no debe hacer olvidar que osa prescindir de los dos elementos digamos griffithianos que bien podrían haber vertebrado el film: la violencia y la nostalgia. 
Cuando Catherine Hessling, cabello infinito, se sienta fuera de su casucha y una mano retira la tabla que toscamente la resguarda de la nieve que cae, Renoir echa mano de su ilustre colaborador y el imaginario popular a él debido (qué tiempos en que tal cosa servía para tales propósitos), ahorrándonos la presencia del padre alcoholizado que la apaliza cuando no vende cerillas.
"Temía volver a casa" había dicho el rótulo.
Su fantasía, al desvanecerse de hambre y frío no debiera calificarse como poco lucida sin antes haberla llamado lúcida.
Las cerillas que enciende para alumbrarse y calentarse precariamente no avivan el recuerdo de su abuela, la única persona que la quiso, como sucede en el original.
Desestimado el elemento afectivo, unas cajas de música, unas muñecas o unos soldaditos de plomo que había contemplado minutos antes en un escaparate, cobran algo parecido a la vida y le permiten integrarse con ellos, sentir curiosidad, encontrar un sitio en un universo, tres nociones de humanidad importantes, quizá capitales en su obra. Le habían sido arrancadas, tal vez nunca las tuvo.
De "Die puppe" a "Faust", desembocando en "Der müde tod", años de onirismos y mundos imaginados desfilan ante nosotros.
Antes de la que muerte la reclame, Renoir había optado por emparejarla con un muchacho con la cara de ese simpático gendarme que miró los juguetes junto a ella a través del cristal, bonita solución que mira al futuro en lugar de al pasado, por muy efímera que pueda resultar. 
En ese mismo instante, nace probablemente "Le dernier réveillon", que ya trata de una pareja, de los últimos momentos de una pareja de ancianos y privilegia la imaginación sobre la memoria.
"La petite marchande d'allumettes" invierte también una metáfora, un recurso que se convertirá en una particular muletilla en la obra de Renoir.
En la tumba de su delirio florecen, cuando expira, las rosas y los pétalos caen sobre el rostro de la cerillerita. Cambia el fondo; de nuevo estamos en la calle con ella congelada y ahora son copos de nieve los que acarician su cara. Sublime.
"Le dernier réveillon", dependiendo del momento y circunstancias, puede llegar a ser insoportable de contemplar.
La crueldad de su apertura y el patetismo de sus momentos finales no tienen parangón en toda su obra.
Un extraño plano lejano con el vagabundo que interpreta graciosamente Nino Formicola (aún en su veinte años) abrigado por una señora a la puerta del restaurante y una melodía burlona de Joseph Kosma, anuncian un falso final para una escena inicial que abraza y abrasa en unos minutos el recuerdo de "La régle du jeu" y me atrevería a decir que hasta de "Le testament du Dr Cordelier".
En aquellas y en esta postrera mirada a la clase "alta", que poco había cambiado en gustos y derivas en un siglo - como corresponde: evolucionar es una concesión -, es cuando más se acercó su cine a los "conceptos", rondándolos y haciéndolos explosionar para ver si algo en claro había detrás.
La concienzuda exploración del mal, inaudita, con ocasión de su Cordelier, parecía haber apurado una vía que había sido abierta probablemente con "Le crime du Monsieur Lange" allá por 1935 y quizá antes.
Pero ninguno de su acomodados hipócritas y caprichosos, se pueden comparar a los de "Le dernier réveillon" y a las claras, ya nada podía hacer por ellos.
Recomienza entonces el film con el clochard de camino a su hogar bajo el puente, donde lo espera ella para morir.
En un momento se molesta con su, parece, proverbial costumbre de recrear una vida mejor, una vida de reyes.
"¿No son mejores los recuerdos imaginados?" le dice él.
No se me ocurre mejor definición del cine.

sábado, 12 de junio de 2010

EL MUNDO, EL RÍO, LOS RÍOS, LOS MUNDOS

Imágenes de "India: Matri Bhumi" de Roberto Rossellini (1958), "The river" de Jean Renoir (1951), "Imburnal" de Sherad Anthony Sanchez (2008) y "The Japanese wife" de Aparna Sen (2010).

lunes, 6 de julio de 2009

LA ÚLTIMA ILUSIÓN

El patito feo de la filmografía de Jean Renoir.
Dos años después de la muy complementaria pareja compuesta por “Le déjeuner sur l´herbe” y “Le testament du Docteur Cordelier”, que ya habían sido acogidas de forma muy poco justa (una variación innecesaria sobre “Une partie de campagne” la primera, un capricho raro la segunda; ni los esfuerzos de Douchet o Godard sirvieron de mucho: siguen siendo dos películas infravaloradas aún hoy día), Renoir parece darles la razón a los que le tachan de que no tiene nada más que ofrecer con “Le caporal épinglé”, una suerte de regreso a una de sus películas más populares, “La grande illusion” (1937), veinticinco años después.
Pero “Le caporal épinglé” poco tiene que ver con “La grande illusion”, aunque el esquema argumental tiene algunos puntos en común y sí se relaciona claramente con las dos obras precedentes y con el episodio final de su última obra, “Le petit théâtre de Jean Renoir”, estrenada siete años después.
Hagamos memoria. La visión del mundo de Renoir había cambiado poco con los años pero sí lo había hecho la forma de disponer sus pensamientos a la hora de acometer una nueva película, de manera que su estilo parece camaleónico, sin un patrón fijo.
Le déjeuner sur l´herbe”, su largometraje más grácil y libre, abordaba su eterna preocupación humanista desde el punto de vista más directo y cristalino. El impulso natural de los hombres, vivir en armonía con el mundo y con sus instintos naturales acababa triunfando sobre el estricto estilo de vida marcado por el pensamiento, que era, y no conviene olvidarlo, la base de la creación de la Europa del mercado común. ¿La más dionisiaca de las películas políticas? Ya no es una película expansiva de todas formas, su ingenuidad es apriorística; ya no se puede abordar el tema como antaño, porque nadie se tomaría en serio las conclusiones, que dejaron de ser una opción para convertirse en utopía.
Le testament…”, mi película favorita de su filmografía, se servía de un mito universal, el Dr. Jekyll, para mostrar como la represión de esos mismos instintos podía ser el más poderoso de los medios para conseguir hacer del hombre un monstruo. La crítica a lo que Renoir más detestaba es feroz, mucho más que ese Opale, reflejo en negativo de lo que somos. Su muerte, Renoir la filma como la del "Nosferatu" de Murnau, casi es una escena romántica, porque es una parte de nosotros la que desaparece.
Le caporal épinglé” se sirve del último gran acontecimiento que había vuelto a alterar el orden del mundo para reflexionar una vez más sobre dónde queda el hombre ante el futuro que le aguarda y dónde están los resquicios para seguir siendo él mismo.
Parece que Renoir hubiera perdido toda esperanza de que hubiera una posibilidad de reconducir este maltrecho mundo tras la Primera Guerra Mundial. El intento de fuga de “La grande illusion”, parábola de esa búsqueda de identidad humanística, queda multiplicado en “Le caporal épinglé” por seis, el número de veces que el “cabo atrapado” intenta fugarse. El empecinamiento keatoniano del personaje de Jean-Pierre Cassel por evadirse de “un sitio que no es peor que lo que te espera ahí fuera” como le dice uno de sus compañeros, deja bien a las claras lo que Renoir pensaba sobre el nuevo orden mundial.
Cabe preguntarse por qué siendo una película de 1961, Renoir no es aún más pesimista. ¿Dónde está el holocausto?, ¿Cómo es posible que aún pueda haber escenas donde oficiales alemanes juegan a las cartas con franceses? ¿Por qué nadie dispara al cabo cuando salta una tapia para fugarse de un campo de concentración y es detenido noblemente? Las respuestas están probablemente en la descompensación de la película denunciada por Renoir antes del estreno. Los insertos de los noticiarios, escogidos concienzudamente por su dureza y horror, fueron considerablemente recortados con el consiguiente enfado de Renoir, que no renegó del film pero si lamentó profundamente este hecho. Y es que “Le caporal épinglé” debía ser una película dual, no como “Paisá”, incardinando la ficción en la realidad, sino complementando, opinando, buscando mediante la ficción una posible escapatoria a esa realidad que todo lo abrasaba. “Le caporal épinglé” no es un fresco ni pretende serlo, sino un cuadro abstracto, donde cada elemento surge de la reflexión sobre la realidad, suficientemente desasosegadora como para que el cine pretenda hacerla más horrible, como "Once upon a honeymoon" de Leo McCarey, que además tuvo la audacia de hacer el mismo planteamiento durante el transcurso de la misma guerra.
Los gestos heroicos y la resistencia explícita, el ánimo de cambiar el curso de los acontecimientos, quedan para “This land is mine”, aquí se trata de seguir viviendo con dignidad aunque se sea consciente que ya nada será igual.
La fuerza de la penúltima escena en la frontera, con el campesino que nunca tuvo tierra propia y que se dispone a pasar el resto de su vida con una rusa a escasos cien metros de su patria (sublime plano acompañando a la chica, alguien que ha encontrado su lugar en el mundo, que, con una sonrisa cómplice, busca su almuerzo para dárselo a los prófugos) es extraordinaria.
Y los últimos planos en ese París neblinoso y solitario, tienen un cariz fantástico, es como si se regresara a un escenario familiar pero apenas reconocido, donde nada volverá a ser igual, un decorado que está en busca de nuevos personajes, los que vendrán con la nouvelle vague que arrancaba, con los de "Paris nous appartient" de Rivette por ejemplo.
Le caporal épinglé” probablemente haya que verla un poco parapetado detrás de sus carencias (algunas de ellas como se ha dicho, ajenas al propio Renoir) y tratando de descubrir sus múltiples virtudes, siguiendo el mismo espíritu que la recorre, una suerte de espera activa de los destellos de belleza que puedan quedar.
Siete años después y cerrando su última película, Renoir volverá a la Francia campesina en el episodio "Le roi d'Yvetot" para, en el postrero acto de su trayectoria, quitar hierro a todas estas miserias sociales que nos invaden.
La vida es un teatro.