DUKE FOREVER
No fue probablemente una gran pérdida para el fútbol americano. Uno de esos zagueros ciclópeos que no dejan pasar ni el aire como mucho; no tenía físico de corredor.
Marion Robert Morrison no tenía las cosas muy claras aquel verano de 1927 cuando conoció a un director de cine “principiante” llamado John Ford, que aquellos años pululaba como tantos otros por Hollywood aprendiendo el oficio, tomando nota de lo que Griffith, Murnau y compañía hacían.
Había nacido John Wayne.
Desde ese momento hasta la última película en la que colaboraron juntos pasarían casi 40 años de estrecha amistad, que ha dejado como fruto un puñado de obras maestras inolvidables, a las que habría que sumar un buen número de films importantes, algunos incluso superiores a los que hizo con el genio de Maine, rodados a las órdenes de la plana mayor de los directores americanos de la gran época: Walsh, Ray, Wellman, Curtiz, Dwan, Hathaway, Hawks… con este último sin ir más lejos rodó, aunque esté mal decirlo (por respeto a Ford o Walsh y más teniendo en cuenta que Hawks cultivó muy poco el género) el mejor western de todos los tiempos en mi opinión, “Río Rojo (Red river, 1948)” y otras tres obras capitales: el film de aventuras “Hatari!” (1962), sobre todo y los westerns “Río Bravo” de 1959 y “El Dorado” de 1967.
John Wayne tuvo la misma oportunidad como actor que había tenido Ford como director. Pudo aprender haciendo películas, algo directamente inviable hoy día. Así, el papel que lo revela como un gran actor no llegó hasta probablemente 1945, con cerca de 100 rodajes a sus espaldas, cuando un Ford con una visión de la vida muy cambiada después de volver del frente, filma “No eran imprescindibles (They were expendable)”, impresionante estampa de la retaguardia en la segunda guerra mundial que extrañamente no suele mencionarse nunca como lo que es: una de las películas bélicas fundamentales. Es un trabajo clave porque va a sentar las bases de su muy peculiar estilo interpretativo.
Con el paso de los años y quizá hasta sin proponérselo, John Wayne se transformó, para mí sin duda, en el mejor actor de todos los tiempos. Imagino que no será una opinión muy compartida, y menos ahora, pero yo estoy dispuesto a hacer hasta la demostración matemática si es preciso.
Decía Orson Welles que interpretar es lo más parecido a esculpir una estatua: se trata de quitar lo que sobra. Si no tienes personalidad, estás muerto, no sirve de nada intentar convertirte en otro, porque sería una farsa y puede que tuviera razón. Sobran los ejemplos de actores “del método” que han acabado siendo una parodia de ellos mismos o avergonzado a sus fans, doblegados al cine de palomitas, mientras que muy pocos actores de los llamados “naturales” (y hablo de gigantes como Cary Grant, William Powell, Herbert Marshall, Glenn Ford, Totó, Marius Goring, etc.) hicieron películas indignas de su categoría.
Lo que fue capaz de hacer Duke en “Centauros del desierto (The searchers, 1956)”, “Escrito bajo el sol (The wings of eagles, 1957)”, “El hombre tranquilo (The quiet man, 1952)”, “El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance, 1962)” o “La legión invencible (She wore a yellow ribbon, 1949)”, por mencionar quizá lo más granado de su monumental carrera no admite comparación posible.
Si hubiera que reducir su despliegue de talento a un solo film, me quedaría sin duda con “Escrito bajo el sol”, una película que supone el momento álgido de su colaboración con Ford, tras rodar la homérica “Centauros del desierto”, que sin duda fue concebida como un proyecto de mayor alcance, de esas películas en las que un director pone a prueba hasta sus propias convicciones personales.
Pero sucede a veces que un proyecto más pequeño, una película rodada por el placer de hacerlo, deviene en una obra genial de insondable profundidad y emoción. Así sucede también con el remake de “Tú y yo (Love affair, 1939)” que acometió precisamente ese mismo año 1957 Leo McCarey.
La sencilla, aunque de recóndita grandeza, historia de su amigo, el marino Spig Wead que sacrificó su felicidad personal en pos de una vida de aventuras, dio la oportunidad a Ford y a Wayne de componer una de las películas más hermosas de la historia del cine, un carrusel de emociones que a mí por lo menos me provoca una sensación que muy pocas películas más me producen: me conmueve, hasta si hace mucho que no la veo, siendo el ejército y el patriotismo dos de las cosas que me son más ajenas, al mismo nivel que “El verbo (Ordet, 1954)” de Dreyer y la religión.
La alegría de vivir, la felicidad rota, la amistad, el recuerdo, la derrota, el amor… no sé de ningún actor que haya transmitido en una sola película (a veces en la misma escena y hasta en un único plano) todo eso, de la forma más sencilla posible, sin declamaciones ni aspavientos, mirando, moviéndose, hablando, fumando, pensando.
lunes, 5 de mayo de 2008
MAURICE PIALAT. Un recuerdo
(L)A TUMBA ABIERTA
Los que llegaron a conocerle bien, que fueron muy pocos, desmentían tajantemente las habladurías acerca de su mal carácter. En la intimidad, era un hombre amable y cercano, incluso tímido.
Pero como todos los visionarios, Maurice Pialat fue un hombre pertinaz, que no se dejaba influir por nada ni por nadie, como si tuviese una misión que terminar antes de abandonar este mundo y no estuviera dispuesto a cejar en su empeño hasta lograrlo.
Hace cinco años que abandonó este mundo y trece desde que se estrenó su última película, la invisible “Le garçu”, última parada de un viaje que empezó en un lejano 1968 y que cortometrajes y una serie para televisión aparte, sólo cuenta con 10 largometrajes. De su legado, como de todo en estos tiempos, sólo quedan los ecos ya extinguidos del estreno de “Van Gogh”, de 1991, que por aquello de hablar de un pintor tan famoso tuvo un eco bastante amplio en medios europeos. En España, como siempre, nada de nada.
La sorprendente reedición en DVD de algunas de sus mejores películas ha vuelto a traer a la actualidad a uno de los creadores más importantes del cine europeo y nos ha permitido disfrutar de copias de gran calidad, bálsamo de grabaciones furtivas y sufridas para la vista con las que habíamos convivido hasta ahora.
Circulan “No envejeceremos juntos (Nous ne vieillirons pas ensemble)” de 1972, su obra capital de esa década y una de las películas europeas definitivas de todos los tiempos, tres obras de los 80, “A nuestros amores (A nos amours)” del 83, “Police” del 85 y “Bajo el sol de Satán (Sous le soleil de Satan)” de 1987, más la citada obra sobre Van Gogh. Fuera de nuestras fronteras se puede localizar “Loulou” de 1980. En los anales de la televisión patria también figura una emisión de su debut “La infancia desnuda (L´enfance nue)”, rediviva gracias a intercambios en Internet y con paciencia y un poco de esfuerzo idiomático suplementario puede localizarse “Passe ton bac d´abord” de 1979. Más difícil es acceder a “La gueule ouverte” del 74 y a su última obra.
Pintor vocacional, Pialat dirigió su primer largo con 43 años, con lo que la sensación de estar viendo una obra decantada y pensada tras mucha reflexión que transmite la emocionante y áspera “La infancia desnuda” no es para nada equivocada. Niños abandonados, huérfanos, niños difíciles que no saben vivir en familia. Pocas películas explican tan bien el nacimiento de la rebeldía y el sin sentido de la violencia como reacción a la falta de afecto. Y pocas películas pierden tan poco el tiempo en explicaciones. Todo es directo, abrupto y sin embargo la palabra que se viene a la mente es ternura. Rodada con actores no profesionales, los ecos de Bresson, de Rossellini, de Rozier, de Rouch y de Chaplin, resuenan en las casas de acogida, en los fríos descampados, en los puentes sobre la carretera nacional, escenarios de pequeñas travesuras, de inadaptación y desamparo.
No tardó mucho Pialat en demostrar que su talento le daba para atreverse con un asunto que había conocido un punto aparentemente final y definitivo en la fundamental “Te querré siempre (Viaggio in Italia), 1953” de Rossellini. “No envejeceremos juntos” es una de esas películas que impresionan tanto por lo son como por lo que no son. Son tantas las trampas en que no cae, las dificultades que salva con soltura, los recursos expresivos sorprendentes que aplica a problemas de puesta en escena que los demás resuelven con convencionalismos... cada escena, que se engarza con la siguiente sin solución de continuidad, sin transiciones, es una clase magistral de expresividad fílmica. Las continuas idas y venidas de Jean (un monstruoso Jean Yanné) y Catherine (Marlène Jobert), sus discusiones y sus momentos de acercamiento, son recogidos por el excrutador ojo de la cámara con un realismo y una falta de adornos que provocan un desasosiego perturbador. Somos testigos de algo que puede que no debamos ver, algo demasiado íntimo: no en vano es una película autobiográfica, la más desnuda y audaz de las nunca filmadas, impúdica y sincera hasta el límite.
Su carrera no se dispara hasta el infinito tras rodar semejante obra maestra. Con el paréntesis de “La gueule ouverte” de 1974, que no conozco, incluso parece que le cuesta volver a rodar. Su vuelta a las pantallas se produce nada menos que en 1980, con “Loulou”, en la que puede contar con la gran estrella francesa del momento, Gérard Depardieu.
Un año antes había podido estrenar la frustrante “Passe ton bac d´abord”, un film casi documental, el más parecido a su debut, que fue menospreciado y sepultado por la crítica antes incluso de poder estrenarse, en parte por culpa del propio Pialat, que no quedó nada satisfecho del proceso de rodaje y sobre todo con el sonido del film. Es cierto que es una película que se oye mal, los protagonistas (que no son actores) no vocalizan y si no se ve subtitulada cuesta mucho seguirla (suponiendo que se entienda francés), pero es injusto pasar de largo frente a este retrato de la adolescencia sin futuro de Lens, de bar en bar y de cama en cama, desnortados y sin saber qué hacer con sus vidas. No sé si en la mente de Maurice estos eran los niños de “La infancia desnuda” diez años después. Si es así, y no me extrañaría pues hasta las fechas coinciden, completa un panorama desolador de una Francia de provincias mezquina e inhóspita, un sitio del que hay que salir como sea, y que conmina a estos personajes que parecen salidos de películas de Nicholas Ray, a vagar ad eternum en busca de no se sabe muy bien qué. Quizá de ellos mismos.
No es casualidad que “Loulou” sea finalmente el retrato de un paria, un chulo de barrio, un delincuente carismático, que malvive en un París, refugio de maleantes venidos de todos sitios. Depardieu compone, con una economía de medios admirable y más viendo en qué se ha convertido después, este personaje capaz de arrastrar a su vorágine diaria a una burguesa Isabelle Huppert. Es reconfortante volver a encontrar a Pialat a gusto pero no creo que la valoración que se pueda hacer de la película deba algo a la alegría de verlo en tan buena forma. “Loulou” es una película extraordinaria y quizá la mejor para introducirse en su cine.
Empieza con esa película la época en la que parece que más disfrutó haciendo películas, encadenando hasta éxitos de taquilla y crítica que culminan con la merecida pero tardía Palma de Oro de Cannes para “Bajo el sol de Satán” en 1987. Entre las dos, rueda “A nos amours”, la otra mejor película de su carrera en mi opinión y “Police”.
“A nos amours” es su película más hermosa y equilibrada, quizá la única en la que baila un poco y además cuenta con uno de los más asombrosos debuts de la historia del cine, el de Sandrine Bonnaire, en el papel de su hija.
Dos escenas clave: la reunión familiar en la que reaparece por sorpresa Maurice, descarnada y brutal, quizá la cumbre de su carrera, donde sale a flote su verdadera naturaleza (de su personaje, él mismo en realidad), que reniega de la falsedad y que es capaz de decir a quien sea a la cara lo que piensa de él, con el derecho que da la VERDAD y ese final tan conmovedor cuando la chica se marcha a América, con la conversación en el autobús, de una emoción indescriptible.
Dos años después filma la vibrante “Police”, que es un poco una puesta al día de las enseñanzas de Richard Fleischer o Don Siegel en los 70, o como volver a hacer que un film policiaco sea creíble, como aquella inolvidable “Los nuevos centuriones (The new centurions, 1972)” y la mencionada “Bajo el sol de Satán”, que muchos quisieron ver como una relectura de la famosa “Diario de un cura rural (Journal d´un curé de campagne)” que filmara Robert Bresson en 1951 pero que está basada en otra novela de Georges Bernanos, en concreto en su primera obra.
Es significativo que Pialat acuda al abad Donissan antes que al cura d´Ambricourt, parece que eso delata una vez más su voluntad de ir a la esencia de las cosas. Quizá Pialat hubiese sido el segundo candidato ideal para filmar la vida de Cristo, después de Dreyer.
Más que la duda, que es el centro de atención de Bresson, Pialat se decanta más por un tema también omnipresente en Bernanos: el descreimiento; de los que te rodean y que acaba siendo también tuyo. Es la única película de su filmografía que toca aspectos filosóficos y morales de naturaleza social, de los que interesan a todo el mundo, tal vez por eso recibió tantos halagos. Y lo hace de una forma nada abstracta, como en él es habitual, de cara y yendo a las consecuencias inmediatas de las acciones. El abad es casi un outsider, un personaje rosselliniano, obcecado hasta los límites más insospechados en su conducta. Es también y esto imagino que no debieron verlo muy bien en aquellas entregas de premios, una atroz e inmisericorde condena a la Iglesia.
“Van Gogh” y “Le garçu” cierran su ejemplar carrera.
“Van Gogh” es, junto al pequeño boceto de Alain Resnais en los años 50, también dedicado al genial pintor holandés, la única película impresionista sobre el impresionismo. El actor Jacques Dutronc da vida a un Vincent van Gogh meditabundo, antipático, ido, apasionado y ensimismado en un color, un campo de trigo, un reflejo en una ventana… alguien que no perdía ni un minuto en lo que nos ocupa cualquier día de nuestra vida, con los problemas que ello acarrea (de dinero, de relación con los demás) pero que dedicaba horas interminables a pensar en cómo captar con el pincel tal o cual cosa que le había llamado la atención. Pialat dedica poco tiempo al melodrama, la batalla es interior.
A falta de conocer “Le garçu”, y para concluir, decir que convendrá visitar algún día a su discípulo bastardo (aunque no reconocido ni en un sentido ni en otro por lo que sé): el gran Jean Claude Brisseau.
Los que llegaron a conocerle bien, que fueron muy pocos, desmentían tajantemente las habladurías acerca de su mal carácter. En la intimidad, era un hombre amable y cercano, incluso tímido.
Pero como todos los visionarios, Maurice Pialat fue un hombre pertinaz, que no se dejaba influir por nada ni por nadie, como si tuviese una misión que terminar antes de abandonar este mundo y no estuviera dispuesto a cejar en su empeño hasta lograrlo.
Hace cinco años que abandonó este mundo y trece desde que se estrenó su última película, la invisible “Le garçu”, última parada de un viaje que empezó en un lejano 1968 y que cortometrajes y una serie para televisión aparte, sólo cuenta con 10 largometrajes. De su legado, como de todo en estos tiempos, sólo quedan los ecos ya extinguidos del estreno de “Van Gogh”, de 1991, que por aquello de hablar de un pintor tan famoso tuvo un eco bastante amplio en medios europeos. En España, como siempre, nada de nada.
La sorprendente reedición en DVD de algunas de sus mejores películas ha vuelto a traer a la actualidad a uno de los creadores más importantes del cine europeo y nos ha permitido disfrutar de copias de gran calidad, bálsamo de grabaciones furtivas y sufridas para la vista con las que habíamos convivido hasta ahora.
Circulan “No envejeceremos juntos (Nous ne vieillirons pas ensemble)” de 1972, su obra capital de esa década y una de las películas europeas definitivas de todos los tiempos, tres obras de los 80, “A nuestros amores (A nos amours)” del 83, “Police” del 85 y “Bajo el sol de Satán (Sous le soleil de Satan)” de 1987, más la citada obra sobre Van Gogh. Fuera de nuestras fronteras se puede localizar “Loulou” de 1980. En los anales de la televisión patria también figura una emisión de su debut “La infancia desnuda (L´enfance nue)”, rediviva gracias a intercambios en Internet y con paciencia y un poco de esfuerzo idiomático suplementario puede localizarse “Passe ton bac d´abord” de 1979. Más difícil es acceder a “La gueule ouverte” del 74 y a su última obra.
Pintor vocacional, Pialat dirigió su primer largo con 43 años, con lo que la sensación de estar viendo una obra decantada y pensada tras mucha reflexión que transmite la emocionante y áspera “La infancia desnuda” no es para nada equivocada. Niños abandonados, huérfanos, niños difíciles que no saben vivir en familia. Pocas películas explican tan bien el nacimiento de la rebeldía y el sin sentido de la violencia como reacción a la falta de afecto. Y pocas películas pierden tan poco el tiempo en explicaciones. Todo es directo, abrupto y sin embargo la palabra que se viene a la mente es ternura. Rodada con actores no profesionales, los ecos de Bresson, de Rossellini, de Rozier, de Rouch y de Chaplin, resuenan en las casas de acogida, en los fríos descampados, en los puentes sobre la carretera nacional, escenarios de pequeñas travesuras, de inadaptación y desamparo.
No tardó mucho Pialat en demostrar que su talento le daba para atreverse con un asunto que había conocido un punto aparentemente final y definitivo en la fundamental “Te querré siempre (Viaggio in Italia), 1953” de Rossellini. “No envejeceremos juntos” es una de esas películas que impresionan tanto por lo son como por lo que no son. Son tantas las trampas en que no cae, las dificultades que salva con soltura, los recursos expresivos sorprendentes que aplica a problemas de puesta en escena que los demás resuelven con convencionalismos... cada escena, que se engarza con la siguiente sin solución de continuidad, sin transiciones, es una clase magistral de expresividad fílmica. Las continuas idas y venidas de Jean (un monstruoso Jean Yanné) y Catherine (Marlène Jobert), sus discusiones y sus momentos de acercamiento, son recogidos por el excrutador ojo de la cámara con un realismo y una falta de adornos que provocan un desasosiego perturbador. Somos testigos de algo que puede que no debamos ver, algo demasiado íntimo: no en vano es una película autobiográfica, la más desnuda y audaz de las nunca filmadas, impúdica y sincera hasta el límite.
Su carrera no se dispara hasta el infinito tras rodar semejante obra maestra. Con el paréntesis de “La gueule ouverte” de 1974, que no conozco, incluso parece que le cuesta volver a rodar. Su vuelta a las pantallas se produce nada menos que en 1980, con “Loulou”, en la que puede contar con la gran estrella francesa del momento, Gérard Depardieu.
Un año antes había podido estrenar la frustrante “Passe ton bac d´abord”, un film casi documental, el más parecido a su debut, que fue menospreciado y sepultado por la crítica antes incluso de poder estrenarse, en parte por culpa del propio Pialat, que no quedó nada satisfecho del proceso de rodaje y sobre todo con el sonido del film. Es cierto que es una película que se oye mal, los protagonistas (que no son actores) no vocalizan y si no se ve subtitulada cuesta mucho seguirla (suponiendo que se entienda francés), pero es injusto pasar de largo frente a este retrato de la adolescencia sin futuro de Lens, de bar en bar y de cama en cama, desnortados y sin saber qué hacer con sus vidas. No sé si en la mente de Maurice estos eran los niños de “La infancia desnuda” diez años después. Si es así, y no me extrañaría pues hasta las fechas coinciden, completa un panorama desolador de una Francia de provincias mezquina e inhóspita, un sitio del que hay que salir como sea, y que conmina a estos personajes que parecen salidos de películas de Nicholas Ray, a vagar ad eternum en busca de no se sabe muy bien qué. Quizá de ellos mismos.
No es casualidad que “Loulou” sea finalmente el retrato de un paria, un chulo de barrio, un delincuente carismático, que malvive en un París, refugio de maleantes venidos de todos sitios. Depardieu compone, con una economía de medios admirable y más viendo en qué se ha convertido después, este personaje capaz de arrastrar a su vorágine diaria a una burguesa Isabelle Huppert. Es reconfortante volver a encontrar a Pialat a gusto pero no creo que la valoración que se pueda hacer de la película deba algo a la alegría de verlo en tan buena forma. “Loulou” es una película extraordinaria y quizá la mejor para introducirse en su cine.
Empieza con esa película la época en la que parece que más disfrutó haciendo películas, encadenando hasta éxitos de taquilla y crítica que culminan con la merecida pero tardía Palma de Oro de Cannes para “Bajo el sol de Satán” en 1987. Entre las dos, rueda “A nos amours”, la otra mejor película de su carrera en mi opinión y “Police”.
“A nos amours” es su película más hermosa y equilibrada, quizá la única en la que baila un poco y además cuenta con uno de los más asombrosos debuts de la historia del cine, el de Sandrine Bonnaire, en el papel de su hija.
Dos escenas clave: la reunión familiar en la que reaparece por sorpresa Maurice, descarnada y brutal, quizá la cumbre de su carrera, donde sale a flote su verdadera naturaleza (de su personaje, él mismo en realidad), que reniega de la falsedad y que es capaz de decir a quien sea a la cara lo que piensa de él, con el derecho que da la VERDAD y ese final tan conmovedor cuando la chica se marcha a América, con la conversación en el autobús, de una emoción indescriptible.
Dos años después filma la vibrante “Police”, que es un poco una puesta al día de las enseñanzas de Richard Fleischer o Don Siegel en los 70, o como volver a hacer que un film policiaco sea creíble, como aquella inolvidable “Los nuevos centuriones (The new centurions, 1972)” y la mencionada “Bajo el sol de Satán”, que muchos quisieron ver como una relectura de la famosa “Diario de un cura rural (Journal d´un curé de campagne)” que filmara Robert Bresson en 1951 pero que está basada en otra novela de Georges Bernanos, en concreto en su primera obra.
Es significativo que Pialat acuda al abad Donissan antes que al cura d´Ambricourt, parece que eso delata una vez más su voluntad de ir a la esencia de las cosas. Quizá Pialat hubiese sido el segundo candidato ideal para filmar la vida de Cristo, después de Dreyer.
Más que la duda, que es el centro de atención de Bresson, Pialat se decanta más por un tema también omnipresente en Bernanos: el descreimiento; de los que te rodean y que acaba siendo también tuyo. Es la única película de su filmografía que toca aspectos filosóficos y morales de naturaleza social, de los que interesan a todo el mundo, tal vez por eso recibió tantos halagos. Y lo hace de una forma nada abstracta, como en él es habitual, de cara y yendo a las consecuencias inmediatas de las acciones. El abad es casi un outsider, un personaje rosselliniano, obcecado hasta los límites más insospechados en su conducta. Es también y esto imagino que no debieron verlo muy bien en aquellas entregas de premios, una atroz e inmisericorde condena a la Iglesia.
“Van Gogh” y “Le garçu” cierran su ejemplar carrera.
“Van Gogh” es, junto al pequeño boceto de Alain Resnais en los años 50, también dedicado al genial pintor holandés, la única película impresionista sobre el impresionismo. El actor Jacques Dutronc da vida a un Vincent van Gogh meditabundo, antipático, ido, apasionado y ensimismado en un color, un campo de trigo, un reflejo en una ventana… alguien que no perdía ni un minuto en lo que nos ocupa cualquier día de nuestra vida, con los problemas que ello acarrea (de dinero, de relación con los demás) pero que dedicaba horas interminables a pensar en cómo captar con el pincel tal o cual cosa que le había llamado la atención. Pialat dedica poco tiempo al melodrama, la batalla es interior.
A falta de conocer “Le garçu”, y para concluir, decir que convendrá visitar algún día a su discípulo bastardo (aunque no reconocido ni en un sentido ni en otro por lo que sé): el gran Jean Claude Brisseau.
ELDÍA DE LOS FORAJIDOS (Day of the outlaw, 1959)- ANDRÉ DE TOTH
Cualquiera que tenga a André de Toth por un artesano competente (variedad: con pedigrí europeo) debiera ver sobre todo este extraño y árido western de 1959, para mí la cumbre de su cine y una de las películas del oeste más secas, decantadas y misteriosas de la historia del género.
Es la película de De Toth más cercana a Nicholas Ray. Incluso podríamos establecer un curioso paralelismo con "Wind across the everglades"(1958), no en la base argumental pero sí en tres puntos importantes: la presencia de un temible Burl Ives, la relación que establece (en contra de cualquier canon narrativo clásico) con el personaje de Robert Ryan y la presencia de la naturaleza como escenario de vida y muerte por encima de los hombres.
Una banda de ladrones ha robado la paga del ejército y se atrinchera huyendo de la caballería en un helado poblado entre montañas. Allí, Blaze (Robert Ryan), un hombre que llegó antes que los ganaderos, cuando el territorio era salvaje e inexplorado, vive los últimos coletazos, amargos y contradictorios, de su historia de amor con Helen (Tina Louise), que ya se casó con un granjero (Hal), un hombre mayor que ella y que encabeza el enfrentamiento con el propio Blaze por la colocación de alambradas para la crianza del ganado.
El conflicto tiene resonancias de otras películas importantes: "Man without a star"(1955) de King Vidor - crianza de ganado en un territorio que alguna vez fue escenario de una conquista - y "Gunman´s walk"(1958) de Phil Karlson, - enfrentamientos generacionales entre pioneros y nuevos ciudadanos - sobre todo, pero también buena parte de la obra de Anthony Mann en los 50.
Cuando la tensión entre ellos está a punto de estallar entra en acción la banda encabezada por Burl Ives (el capitán Bruhn). Un extraordinario travelling introduce a los nuevos personajes. Blaze desafía a Hal y los ganaderos a enfrentarse a él haciendo rodar una botella de whisky vacía por la barra del bar. Cuando la botella caiga disparará. En ese momento entra en plano por la izquierda Bruhn que coge la botella. La escena anuncia ya un elemento que será fundamental en el desarrollo del film. Bruhn no quiere que sus hombres pierdan el control y les prohibirá beber; una sencilla metáfora que señala dos puntos importantes sobre los que se construirá la acción: el dominio precario de las situaciones que va a tener Bruhn, simepre a punto de ser traicionado por su banda (más aún porque está herido de bala en el pecho) y el extraño lazo que se establece entre él y Blaze, que será el motor de la segunda mitad del film.
Recordemos a Burl Ives en la película de Ray. Christopher Plummer reconocía al villano pero también al hombre libre de prejuicios sociales, al monstruo y al hombre sin domesticar que en el momento de su muerte apelará a la propia crueldad de la naturaleza como su verdugo. Preferirá morir a manos de quien le permitió ser libre. Cuando Blaze se ofrece a guiar a la banda de Bruhn a través de un inexistente paso entre las montañas que les permita escapar de la ley (una ley que en el poblado parece encarnar el propio Blaze), Bruhn comprende que es la única forma de morir sin someterse a ninguna regla. Morirá sobre su caballo (el veterinario que le extrae la bala ya lo advierte sin que él lo sepa) o congelado, pero no se sentará ante ningún juez. Esta última parte de la película, que se alarga cuando creemos que toca s su fin es la que hace de este film una obra maestra.
Muchos directores se hubieran conformado con cerrar con el plano en el que Blaze sale a caballo del pueblo con la banda detrás: asume su destino y se sacrifica por la comunidad, pero la película depara dos giros argumentales más: morirá Bruhn y Blaze parece erigirse en jefe de la banda y el giro final cuando Blaze regresa al pueblo para inicar una nueva andadura. Esta última parte, fulleriana en su desarrollo (a Fuller le encantaría el detalle de que el forajido Tex no pueda matar a Blaze porque sus dedos se han congelado cuando lo tiene encañonado) es lo mejor que rodó de Toth en toda su carrera. Es tan vívido el sufrimiento de los caballos, el frío, la violencia contenida de los personajes, la muerte rondando sus cabezas...
Un film extraodinario
Es la película de De Toth más cercana a Nicholas Ray. Incluso podríamos establecer un curioso paralelismo con "Wind across the everglades"(1958), no en la base argumental pero sí en tres puntos importantes: la presencia de un temible Burl Ives, la relación que establece (en contra de cualquier canon narrativo clásico) con el personaje de Robert Ryan y la presencia de la naturaleza como escenario de vida y muerte por encima de los hombres.
Una banda de ladrones ha robado la paga del ejército y se atrinchera huyendo de la caballería en un helado poblado entre montañas. Allí, Blaze (Robert Ryan), un hombre que llegó antes que los ganaderos, cuando el territorio era salvaje e inexplorado, vive los últimos coletazos, amargos y contradictorios, de su historia de amor con Helen (Tina Louise), que ya se casó con un granjero (Hal), un hombre mayor que ella y que encabeza el enfrentamiento con el propio Blaze por la colocación de alambradas para la crianza del ganado.
El conflicto tiene resonancias de otras películas importantes: "Man without a star"(1955) de King Vidor - crianza de ganado en un territorio que alguna vez fue escenario de una conquista - y "Gunman´s walk"(1958) de Phil Karlson, - enfrentamientos generacionales entre pioneros y nuevos ciudadanos - sobre todo, pero también buena parte de la obra de Anthony Mann en los 50.
Cuando la tensión entre ellos está a punto de estallar entra en acción la banda encabezada por Burl Ives (el capitán Bruhn). Un extraordinario travelling introduce a los nuevos personajes. Blaze desafía a Hal y los ganaderos a enfrentarse a él haciendo rodar una botella de whisky vacía por la barra del bar. Cuando la botella caiga disparará. En ese momento entra en plano por la izquierda Bruhn que coge la botella. La escena anuncia ya un elemento que será fundamental en el desarrollo del film. Bruhn no quiere que sus hombres pierdan el control y les prohibirá beber; una sencilla metáfora que señala dos puntos importantes sobre los que se construirá la acción: el dominio precario de las situaciones que va a tener Bruhn, simepre a punto de ser traicionado por su banda (más aún porque está herido de bala en el pecho) y el extraño lazo que se establece entre él y Blaze, que será el motor de la segunda mitad del film.
Recordemos a Burl Ives en la película de Ray. Christopher Plummer reconocía al villano pero también al hombre libre de prejuicios sociales, al monstruo y al hombre sin domesticar que en el momento de su muerte apelará a la propia crueldad de la naturaleza como su verdugo. Preferirá morir a manos de quien le permitió ser libre. Cuando Blaze se ofrece a guiar a la banda de Bruhn a través de un inexistente paso entre las montañas que les permita escapar de la ley (una ley que en el poblado parece encarnar el propio Blaze), Bruhn comprende que es la única forma de morir sin someterse a ninguna regla. Morirá sobre su caballo (el veterinario que le extrae la bala ya lo advierte sin que él lo sepa) o congelado, pero no se sentará ante ningún juez. Esta última parte de la película, que se alarga cuando creemos que toca s su fin es la que hace de este film una obra maestra.
Muchos directores se hubieran conformado con cerrar con el plano en el que Blaze sale a caballo del pueblo con la banda detrás: asume su destino y se sacrifica por la comunidad, pero la película depara dos giros argumentales más: morirá Bruhn y Blaze parece erigirse en jefe de la banda y el giro final cuando Blaze regresa al pueblo para inicar una nueva andadura. Esta última parte, fulleriana en su desarrollo (a Fuller le encantaría el detalle de que el forajido Tex no pueda matar a Blaze porque sus dedos se han congelado cuando lo tiene encañonado) es lo mejor que rodó de Toth en toda su carrera. Es tan vívido el sufrimiento de los caballos, el frío, la violencia contenida de los personajes, la muerte rondando sus cabezas...
Un film extraodinario
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