viernes, 5 de diciembre de 2008

LOS ESPEJOS ROTOS


El cine de Yoshishige Yoshida nunca lo ha comprendido bien nadie. Hay algo en sus películas que desconcierta y que impide captar adeptos. En unas es la historia, en otras el tono. Siempre hay algún elemento que provoca extrañeza, desasosiego, desapego.
"Kagami no onnatachi (Mujeres en el espejo)" de 2002 es, tras varios años de ausencia y por ahora, su última película. Cada vez se hacen más espaciadas sus obras y resulta difícil prever su próximo movimiento.
Su última película es árida y seca, triste y desoladora, seria como la muerte, sin humor. No es el tipo de cine que entusiasma. Recuerdo lo que comentaba Ángel Fernández Santos de la proyección de "Ningen yo yakusoku (La promesa, 1986)" en San Sebastián. Acabó la proyección y el auditorio se quedó mudo: ni aplausos, ni pitos, ni pataleos, ni murmullos. La película, una durísima reflexión sobre la vejez y el olvido había golpeado en primera persona a los asistentes, que se habían visto reflejados en un espejo que les devolvía una imagen de lo que eran o podían llegar a ser: miserables, crueles, egosístas. En la rueda de prensa posterior, Yoshida decía echar de menos una época en que se podía aprender de los mayores y se les respetaba.
He ahí la clave de su cine. El respeto por los personajes. Por lo que dicen y por lo que hacen. Por sus decisiones.
Y lo demuestra en la práctica utilizando a Mariko Okada, la protagonista de las fundamentales"Onna no mizuumi (La mujer del lago, 1966)" y "Kokuhakuteki joyûron (Confesiones entre actrices, 1971)" tantos años después.
"Mujeres en el espejo" es una intrincada (diáfana, pero misteriosa) peripecia sobre el recuerdo de Hiroshima y cómo afecta a la vida de tres mujeres, de las que el personaje central podría ser la hija de la mayor de ellas y la madre de la más joven. Esa ambigüedad vertebra un relato espeso, punteado por una partitura de piano de ultratumba, de colores grises y rojos, blancos y negros, como las películas de Resnais y Masumura.
Yoshida rueda con una mezcla (de proporciones alquimistas, un secreto ancestral) de cercanía y distancia única. Es capaz de cortar una escena en siete planos de acercamiento hasta dos primeros planos sublimes (la escena del restaurante, modélica), insertar unas imágenes a cámara lenta (un recuerdo, tal vez oníricas) que se presentan como solución a un enigma y que resultan a la postre quizá otra pieza de un puzzle sin resolver y por otro lado, planifica dentro de un edificio o en el interior de una casa con la fuerza de la "precisión de lo cotidiano" de Ozu (Yoshida es a Ozu lo que Desplechin a Blake Edwards, un sublimador) .
El conglomerado resultante avanza con una determinación extraordinaria (pocos directores saben mejor adónde llevan una película), casi se diría que Yoshida disfruta con el puro control de los resortes de la continuidad entre escenas. El personaje de Isshiki Sae, la chica más joven, un poco la receptora de las consecuencias de la historia, la que verá su vida más condicionada por ella (por el simple hecho que le queda más tiempo), va del paroxismo a la catarsis y vuelta a empezar. Yoshida la rueda de espaldas cuando la empuja a actuar y de frente cuando trata de hacerla decidir qué camino tomar.
El valor de esta incómoda película es incalculable.
Pedro Costa, que tiene curiosas concomitancias con este último Yoshida, no ha llegado tan lejos con "Juventude em marcha" en esa búsqueda de la verdad del desarraigo. Ha recurrido a la poesía como una especie de "valor añadido" que rellena huecos (simplificando y sin pretender quitar un ápice de mérito, sería algo así como "cuando los personajes no saben o no pueden expresarse, el director toma la palabra"). Yoshida no. Yoshida se permite el lujo de no tener que decir nada en primera persona. El lujo de los maestros.



jueves, 27 de noviembre de 2008

... Y JONÁS LLEGÓ A LOS 33




Pues sí. El niño de la esperanza de la generación que perdió en las barricadas de mayo del 68 la ilusión porque este mundo fuese distinto de lo que ha acabado siendo ha cumplido esos presuntamente fatídicos 33 años.
El aparantemente muy cerebral suizo Alain Tanner, el único verdadero heredero de Jean Luc Godard, rodó en 1975 "Jonas qui aura 25 ans en l´an 2000", la cumbre de su carrera y una de las tres o cuatro películas que más me han conmovido de esa década.

Volver a ver "Jonas...", un film deshilachado, con sonido directo, libre y rural es una experiencia que desembota los oídos y limpia la mente. Uno realmente quiere a esos personajes que no han perdido la fe en poder vivir una vida digna a pesar de que de antemano saben que no será justa. Cada cual tendrá sus favoritos. Yo estimo sobre todos al padre de Miou Miou, ese viejo ferroviario que añora cuando su locomotora se adentraba en el paisaje (que no es lo mismo que contemplarlo pasar, remarca) y al "rey de la mierda", que en uno de los travellings (en vespa, por supuesto) más hermosos de la historia del cine, se declara "resistidor" para el resto de sus días.

Esta sí es una verdadera película coral, que se acaba amalgamando en un canto colectivo a la ilusión porque todo es mejor si somos mejores, sin rencores y sin ironías, sin segundas intenciones, sin mentiras, de frente.

Para mí una de las cimas del cine europeo de la década, a la altura de "Angst essen Seele auf", "Lancelot du lac", "Nous ne vieillirons pas ensemble", "Bubú" o "News from home".

domingo, 23 de noviembre de 2008

LA GUERRA HA TERMINADO






Con el estreno de "L´heure d´eté", la última película de Olivier Assayas, aquí titulada (no por parecido, exacto, el sentido parece otro) "Las horas del verano" me acordé inevitablemente de la aún pendiente "Le petit Lieutenant" (2005), el impresionante último film de Xavier Beauvois, que tengo por el mejor "polar" de los últimos 15 años.



La película de Assayas, preciosista, de cadencioso y exacto ritmo, que se sigue con mucho interés, pero también en cierto sentido, timorata y sin acabar de tomar partido a tumba abierta por algo que desarrolla "en tercera persona" durante todo el metraje, viene a constatar que lo estamos haciendo tan rematadamente mal con este ritmo de trabajo o placer (tanto da, todo se acaba haciendo más rápido: hablar, comer, follar, dormir, desear, respirar... ) acelerado y sin tiempo para nada en que estamos inmersos, que estamos olvidando las cosas importantes de la vida. Perdimos la perspectiva y el pasado ya no nos importa: si fue glorioso, no sabremos valorarlo, si fue vergonzoso, lo olvidaremos sin aprender nada.



La película de Beauvois, actor correcto, es una de las experiencias más estimulantes de los últimos lustros en el género policiaco. Tiene la autenticidad de "Police" de Pialat, la elegancia de un gran Chabrol (de los de hace años) y el hálito del todavía gran Clint Eastwood.



Y viene a decir más o menos lo mismo que la película de Assayas. Ya nada podemos hacer. La delincuencia, las mafias organizadas, las hordas de maleantes (venidos de la Europa del este en este caso) ganaron la partida. A la policía le queda ir tras sus pasos, arreglando lo que puede, enmarañada en burocracia, oyendo mil barbaridades para olvidarlas al día siguiente como dice el personaje de Nathalie Baye, porque ya, como dice un taciturno bebedor en otra portentosa escena en la que Baye vuelve a beber después de creerse limpia durante dos años, ni siquiera París es ya lo que era, sin que nadie sepa cuando empezó a perderse esta batalla que ha resultado la Guerra.



El cine francés, siempre en vanguardia... incluso desde la retaguardia



viernes, 14 de noviembre de 2008

¿ESTÁ TODO PERDONADO?


Dentro de la programación del muy venido a menos (tampoco es que partiese de un punto muy alto, pero al menos otros años había donde elegir) Festival de cine de Sevilla se ha proyectado la ópera prima de la directora francesa Mia Hansen-Love, quien a sus 26 años ha conseguido con "Tout est pardonné" (2007) el casi unánime reconocimiento de crítica y público.
No es fácil poner de acuerdo a tanta gente, pero viendo el film se comprenden las razones: se trata de una gran película y además es perfectamente apreciable por cualquiera tal extremo.
Es un film equilibrado, sincero, con un gran trabajo de dirección de actores, que no cae en manierismos, de ritmo perfecto y encima bien resuelto; tanto el final como cada uno de los bloques que lo integran. Impecable.
Es asombroso que una chica tan joven tenga este dominio del cine. Es un caso parecido al de Jérôme Bonnell, el precoz director de las igualmente excelentes "Le chignon d´Olga" (2002) y "Les yeux clairs" (2005). Algo así es imposible verlo en España.
La película es el retrato de un fracaso personal, interpretado por un tan desconocido por mí como adecuado Paul Blain, contado como drama de pareja en un primer momento y a través de la mirada de una chica en su parte final.
Es una historia que no tiene nada de excepcional excepto lo que la puesta en escena es capaz de sacar de cada personaje. Cine con mayúsculas, vamos.
Escrita sobre un papel pudiera parecer sin interés y muy trillada. En pantalla es excitante, misteriosa, tiene suspense (el auténtico suspense tal y como lo definió Sam Fuller, el del comportamiento humano), es elegante y en ciertos giros, deslumbrante en su puesta en imágenes.
Para mi gusto la mejor película francesa que he visto este año en un cine junto a "Un conte de Noël" de Arnaud Desplechin (ninguna de las dos estrenada comercialmente en España).

martes, 7 de octubre de 2008

GRIFFITHIANO



Se puede intuir su tristeza en las fotografías de la época.
Todo su arte había pasado de moda, le decían; eran tiempos de cambio y el público quería ver otro tipo de películas.
Sus dos únicos films sonoros, "Abraham Lincoln" (1930) y "The struggle" (1931) habían sido rotundos fracasos de taquilla. La crítica de la época - que no existía como tal en realidad - condenó sin pensárselo dos veces, con los más peregrinos argumentos (el más delirante: eran películas anticuadas) esas dos obras maestras que probablemente su autor concibió como films de transición a un nuevo cine, donde esperaba desarrollar la segunda parte de su muy prolífica carrera.
De ahí a su muerte transcurrieron 17 largos años de imperdonable olvido.
A Jean Renoir, Alfred Hitchcock, John Ford, Yasujiro Ozu o Leo McCarey, pese a realizar sólo alguna gran película en el mudo, les fue concedida la oportunidad de adaptarse a la nueva época.
No fue el caso de David W. Griffith. El "padre" del cine americano corrió la misma suerte de Erich von Stroheim o Buster Keaton y asistió dolorosamente exiliado a la reinvención de un arte que en gran medida él había contribuido a crear.
Dos imágenes asaltan la memoria al pensar en las películas de David W. Griffith: la fragilidad y dulzura de sus heroínas, siempre superadas por los acontecimientos, y la extrañeza en la construcción de sus historias. Imágenes de enorme poder emocional engarzadas en secuencias que buscan, como diría mucho después Carl Th. Dreyer, investigar ese mapa apasionante que es el rostro humano.
Muchas de las cosas que sorprenden, desconciertan, asombran o irritan de los Godard, Delvaux, Carax, Bellocchio, Jessua o Eustache (por poner algunos ejemplos de cineastas "de avanzadilla") ya estaban en las películas de Griffith (soterradas a veces, tan patentes que ni se repara en ellas, en otras ocasiones): el uso de las elipsis, la función del primer plano, los insertos simbólicos, el montaje "en bruto", los encadenados que rompen la unidad de espacio, la utilización de la música, los cambios radicales de dimensión del encuadre...
Sus, en apariencia, ingenuas y sencillas "morality plays" esconden muchas sorpresas al espectador que se tome la molestia de revisitarlas.
Griffith fue, a su manera, el primer cineasta impresionista de la historia; le importó menos la perfección y la recreación fidedigna de una historia (aunque pocos narradores mejores que él se me ocurren) y concentró sus esfuerzos en medir la fuerza que cada plano tenía para comunicar una sensación, un sentimiento.
Luego Rossellini, como Matisse, desnudó las estancias, difuminó las siluetas e inundó los rostros de luz y finalmente Jean Luc Godard, el cineasta "abstracto" por excelencia, dio un nuevo impulso hacia territorio desconocido (aún no retomado por nadie) en esta apasionante investigación sobre los poderes de la imagen para aprehender gestos y robar pensamientos. No me olvido de otros exploradores de los meandros del gran río: Nicholas Ray, Mikio Naruse...
Volver a las películas de Griffith es un deber; el más placentero que se pueda imaginar:
En "La calle de los sueños (Dream street, 1921)", un intertítulo que dice "sombras" anuncia una desgracia.
En "El nacimiento de una nación (The birth of a nation, 1915)" - y no hay que olvidar que Griffith nació en Kentucky y por tanto descendía de los perdedores del conflicto -, las cenizas que caen sobre la capa del protagonista asemejan sus vestimentas a las de un rey cubierto de armiño; no cabe retorno más majestuoso.
Una panorámica sobre la playa donde unos pescadores se preparan para enfrentar la muerte como cada mañana al principio de la homérica "The unchangigng sea" de 1910 es el más bello del cine silente.
En el plano final de "The musketeers of pig alley" (1912), revelador precedente de la muy original saga de los "Padrinos" de Francis Ford Coppola, el brazo de un policía entra en cuadro por la derecha con un billete en la mano, dando a entender la complicidad entre guardianes de la ley y gángsters.
En "Las dos tormentas (Way down east, 1920)" un inserto de una mano que se resguarda anticipa una odisea.
En la fundamental "La aurora de la dicha (Isn´t life wonderful, 1924)", Inga peregrina al mercado con las manos llenas de billetes y al llegar comprueba que no le sirven ni para comprar un trozo de carne; en un travelling se da el derrumbe económico de un país.
"Corazones del mundo (Hearts of the world, 1918)" esconde la secuencia más pavorosa del cine bélico: un oficial alemán arroja un recién nacido por la ventana entre risas histéricas.
En su última cinta silente, "La melodía del amor (Lady of the pavements, 1928)", con una sensibilidad sólo igualada después por George Cukor, un breve primer plano desnuda a un personaje, que comprende sin vacilar lo que de verdad siente; la vergüenza por el engaño al que ha sido sometido y el amor verdadero se confunden en un gesto memorable.
En la hermosísima "Lirios rotos/La culpa ajena (Broken blossoms, 1919)", Lillian Gish, una chica - como el Fray Junípero rosselliniano de "Francesco, giullare di Dio" (1950) -, de inocencia y abnegación infinitas, se verá abocada a una cruel muerte a manos de su violento progenitor (Donald Crisp, que 22 años después será paradójicamente el padre que nunca tuvimos en "Qué verde era mi valle (How green was my valley, 1941)" de John Ford). Sólo un paria oriental encarnado por Richard Barthelmess intentará salvarla de su destino y, como Ingrid Bergman en "Europa 51" (R. Rossellini, 1951), será visto por los demás como un loco peligroso, de tan bueno les parecerá trastornado.
No es David W. Griffith sólo un ilustre pionero, un seminal creador de formas, no debe tenerse ante sus películas un respeto institucional o un interés arqueológico; Griffith es, o mejor aún, sorprendentemente resulta ser, uno de los más grandes cineastas y uno de los que más lejos llevaron su idea del cine.
Ahí está ese monumental experimento narrativo llamado "Intolerancia (Intolerance, 1916)", donde, por medio del montaje paralelo, se dan la mano pasado, presente y futuro con una audacia sólo igualada después por otro film icónico, "2001: Una odisea del espacio (2001: A space odissey, 1968)" de Stanley Kubrick.
Este hombre extraordinario, de extracción humilde y que empezó en el cine por casualidad, lector apasionado de Dickens, Poe, Thackeray o Hardy, avanzó ensimismado y solitario en la conquista de los resortes de un arte que pronto se transformaría en un lucrativo negocio que no le interesaba.
Su condición de outsider e inadaptado no debe, pues, sorprender.
Nunca se creyó un genio ni alardeó de nada pese a sus múltiples triunfos.
En Griffith se dieron cita varias virtudes que no le suelen hacer a uno progresar mucho en la vida: la modestia, la honradez, la austeridad, la búsqueda de la verdad, la obsesión por la pureza...
Por desgracia, hace muchas décadas que el arte de Griffith (y de los Sjöstrom, Stiller, Dovjenko, Murnau o Pabst) es un arte perdido.
Se ha confundido claridad y pureza con simplismo, clasicismo con inmovilismo, auténtica belleza con encanto "naive"...
Dijo una vez de él Orson Welles: "Ninguna ciudad, ninguna industria, ninguna profesión ni forma de arte deben tanto a un sólo hombre. Todo director que le ha seguido no ha hecho más que eso: seguirle".
¿Estamos aún a tiempo de enmendar semejante injusticia?.

lunes, 6 de octubre de 2008

PURA PIROTECNIA CINEMATOGRÁFICA


"The unsuspected" (1947) es la película con la que culmina Michael Curtiz una serie de films donde el grado de estilización y depuración de la elegancia de la puesta en escena, la brillantez de los diálogos y la perfección de los resortes del argumento son los elementos no que resultan de la película sino que son su base, de donde parte. Después de "Casablanca" del 42, "Passage to Marseille" del 43, "Mildred Pierce" del 45 o la deliciosa "Life with father" del 47, por poner los ejemplos más destacados, "The unsuspected" riza el rizo de los fuegos de artificio del cine de intriga-noir-alta comedia en un ejercicio de virtuosismo nunca visto antes ni después.

Realmente es una película confusa, vacía e inverosímil pero es tan increíblemente brillante, inteligente y deslumbrante que resulta un gran film de todas formas. José Luis Guarner la adoraba y es comprensible. Se ve la película con una media sonrisa bobalicona y se experimenta un placer especial con cada giro de su muy enrevesada trama a pesar de que cuando termina la proyección no sepas casi nada de los personajes y tengas una sensación de que han estado jugando contigo. En ese sentido, "The unsuspected" enlaza con "Psycho" de Hitchcock o con algún film del menos dotado Mario Bava, vehículos de culto al cine como ilusionismo.

No hay actor más perfecto para estos papeles que Claude Rains, que curiosamente es también soltero como en "Notorious"; casi se diría que la gran diferencia entre los maquinadores de intrigas imposibles de antaño y los de ahora es que antes eran solteros y hoy son padres de familia numerosa. Ted North, un actor de poco recorrido, borda su imitación de Clark Gable y la siempre genial Audrey Totter tiene reservadas algunas de las mejores líneas de diálogo de la época.

miércoles, 1 de octubre de 2008

¿UN MODERNO "A BOUT DE SOUFFLE"?




Punto límite de la muy singular trayectoria de Jean Claude Brisseau, "Les savates de bon Dieu" (2000) es tan irregular y desconcertante como sublime y emocionante. Qué gusto debe dar hablar de lo que a uno realmente le da la gana, saltarse convenciones dramáticas, haciendo una auténtica película subversiva, que no conoce límites. "Les savates..." no se parece a ninguna otra película. Empieza siendo la historia de un inadaptado y pasa por la huida de dos amantes más un simpar príncipe filósofo para terminar siendo un canto a la rebeldía cívica, lo que eran las películas de Nicholas Ray o del primer Godard.


Con esos colores fluorescentes de Romain Winding y la extraña belleza de Raphäele Godin, apenas hace falta que Brisseau enlaze dos escenas inncesarias y alguien recite un maravillosos poema de Prevert para que el film alcance un nivel de emoción indescriptible. Como el vértigo de un momento mágico. Como "Pierrot le fou", como "They live by night".


Es la típica película que el subconsciente convierte en perfecta, a pesar de que en su desarrollo haya elementos quizá un tanto discutibles. Es tanta la sensación de plenitud cuando estallan los coches de policía, cuando se marcha Élodie, cuando los alumnos salen de clase gritando que ya no son niños, cuando el protagonista aprende a leer...


Mucho antes, en 1983 y 1988, Jean Claude Brisseau nos legó sus dos obras maestras: "Un jeu brutal" y "Noce blanche", a las que quizá deberíamos añadir "Céline" del 92. Después de "Les savates...", Brisseau ha rodado dos películas casi hermanas, la extraordinaria "Choses secretes" de 2002 y por ahora la última de su trayectoria, "Les anges exterminateurs" (2006) y que con juicio de por medio puede terminar con la carrera de este discípulo de Maurice Pialat y del primer Eric Rohmer. Ojalá no sea así. Le necesitamos.