jueves, 29 de enero de 2009

ESCORIA


Scum” (Alan Clarke, 1979) es una película hermosa.
Tiene esa armonía propia de las obras rodadas con determinación, habiendo preparado cuidadosamente cada encuadre, cada movimiento de cámara, por quien es capaz de modular las interpretaciones como si de una coreografía se tratase. No le sobra un plano, es elegante y precisa.
Scum” es una de las películas más brutales y subversivas de la historia del cine. “Scum” es difícilmente soportable en algunos momentos. ”Scum” es violenta, seca y aterradora. “Scum” es una obra maestra.
En las calles había en esos años una revolución punk; un movimiento musical y estético se dirá, pero que canalizó el descontento de otra generación sin presente ni futuro, con lo que la cara de Archer (Mick Ford, el desnortado paria que deberá encontrar su camino en “Les années lumière” de Alain Tanner, un par de años después) o la del “new daddy” Carlin deberían estar impresa en camisetas y sus frases deberían haber perdurado como eslóganes de una juventud rebelde.
Pero la película contiene demasiada verdad. Es más fácil adoptar como modelo al Alex de “Clockwork orange” de Kubrick, un film inmensamente popular pero inofensivo, el perfecto placebo.
La que es sin duda para mí la gran película carcelaria de todos los tiempos, a pesar de que ni siquiera se desarrolla en una cárcel sino en un reformatorio para chicos problemáticos, debería ser proyectada a todos aquellos que se dedican a la educación o su variante dura, la reeducación. Y a todos los que alguna vez han pensado en que castigar es el método para enseñar a quién parece que nunca quiso aprender.
Alan Clarke sortea todas las trampas posibles para elevar a “Scum” a un nivel irrespirable para casi todas las películas que alguna vez han intentado reflejar el sinsentido de la privación de aquellas cosas que nos hacen humanos: la libertad, el orgullo, la dignidad, la palabra… y lo hace precisamente dándole el valor preciso a los escasos y precarios momentos en que alguno de los chicos conquista un ápice de las mismas. Los mejores momentos de este film son aquellos en los que se aprecia el valor de poder tomarse el tiempo para responder una pregunta, decidir en qué creer y qué pensar, rebelarse ante los abusos.
Alan Clarke no se detiene en lirismos como Charles Burnett en “Killer of sheep” (1977), otra gran película hecha al margen de los circuitos comerciales, ni utiliza una clave en cierto sentido “metafórica” como la impresionante “Salò o le 120 giornate di Sodoma ” de Pasolini, su cine conecta más con el de Jean Eustache, Barbara Loden, Bill Douglas o el Fassbinder más directo y pudoroso. Sólo muestra.
Ni las más espeluznantes escenas son filmadas con afán de provocar una toma de partido por las víctimas, pero tampoco hay superioridad alguna por parte del director sobre lo que cuenta. Cómo y cuando se detiene el objetivo escrutador de la cámara, qué y por qué razón queda registrado cada acontecimiento: ése es el discurso del film y su razón de ser.
Está claro qué opina Alan Clarke. No hay más que ver la escena entre Archer y el funcionario o cómo éste le lee la carta a su compañero de celda, cómo otro de los guardas ignora la llamada de auxilio de Davis, cómo es contemplada impasiblemente su violación a través de los cristales del invernadero por el sádico Mr. Sands, cómo rueda la revuelta en el comedor (sublime travelling lateral recorriendo las mesas) o ese tremendo final con los chicos alineados en el patio.
Todavía iría más allá Clarke con “Elephant” en 1989. Suprime las palabras y en apenas media hora presenta un aquelarre de asesinatos cometidos en Irlanda del Norte; en cada caso la cámara sigue a un personaje sin que a priori sepamos si es la víctima o el asesino. Daría para un buen debate proyectarla en un programa doble con “Ecologia del delitto” (Mario Bava, 1971).

viernes, 23 de enero de 2009

MUR OTI VIVE!

Morir, dormir… tal vez soñar” debe ser la película más difícil de ver de la historia del cine español.
La persecución puede durar años y la recompensa llegar de la manera más rocambolesca. Yo la encontré en un Instituto de Secundaria gallego. Al parecer alguien la pudo grabar en un pase televisivo (único) de finales de los 70, cuando un aparato de VHS era tecnología punta y le donó su colección al centro.
La que fue en 1976 la última obra para el cine , no precisamente por voluntad propia, del antaño niño prodigio Manuel Mur Oti (el Orson Welles español lo llamaban con sorna los avispados que nunca advirtieron su talento) es desde luego un film único, sin apenas parecido con nada hecho en España… excepto con la obra de esos otros directores raros y “poco españoles” que tienen tendencia a respetar idiomas originales cuando ruedan y hacen cine “como si fueran extranjeros”: Gonzalo Suárez, Antonio Drove y José Luis Borau.
Es una película fantasmal, con olor a muerte, circular y con un gran anclaje en el pasado. Por sus imágenes se filtra “Rebecca” de Hitchcock (el arranque la recuerda poderosa y sorprendentemente), el cine de casas encantadas típico de los años 40, Visconti, Wyler, hasta Riccardo Freda… y sin embargo la historia es tan original (un episódico “éternel retour” a un tiempo pasado, una amalgama de recuerdos, con azules de Resnais y encaje negro) que no parece un homenaje a un cine pasado de moda sino más bien un salto al vacío de quién, siempre que pudo, supo muy bien lo que estaba haciendo y no miraba las carteleras para inspirarse, un director que escribía sin parar y pensaba día y noche en contar historias, alguien que seguro que hubiera defendido con los puños aquella frase que decía Arturo de Córdova en “Los peces rojos” (José Antonio Nieves Conde, 1955): “la fantasía es la mayor cualidad del hombre”.
Morir, dormir… tal vez soñar” se ve con una sensación de extrañeza. Incluso diría que incomodidad. El protagonista es tan pasivo y deja escapar tantas veces la felicidad para luego regodearse en el recuerdo que casi parece que prefiere rememorar a vivir, como si fuera plenamente consciente de eso que dice Eduardo Punset de que siempre vivimos en el pasado porque hasta el presente se tarda unas milésimas en asimilar por el cerebro. Y sin embargo, cada episodio de los múltiples flashbacks que la pueblan contiene algo extraordinario. A veces es un diálogo, otras un movimiento de cámara. Hay algunos sencillamente prodigiosos, como el de la noche en el dormitorio junto a una preciosa Jane Seymour, cuando se escuchan de fondo las bombas de la guerra civil, quizá lo más conmovedor rodado jamás (junto a “Alumbramiento” de Erice) sobre ese conflicto que tantas malas películas ha producido, un momento que parece salido de “A time to love and a time to die” de Sirk (quizá no por casualidad).
A pesar de algunas deficiencias (la música en algunos momentos y siempre en la apertura de cada escena, un ruido ¿sideral? muy molesto), “Morir, dormir… tal vez soñar” es una de las mejores películas de Mur Oti, tal vez la más personal y muy cercana a sus primeras obras maestras: “Cielo negro” (1951) y “Orgullo” (1955).
Una reedición en DVD, tan improbable como posible (el film existe, esto no es “Home before dark”) pondría al alcance de todos una de las (pocas) películas españolas verdaderamente importantes de su época y permitiría sacar del olvido a este gran director.

martes, 20 de enero de 2009

LOS NIÑOS DE COMENCINI




Luigi Comencini nunca tuvo la suerte de ser sobrevalorado.
Como otros directores italianos que iniciaron su carrera en los albores del neorrealismo pero que luego tomaron los más diversos caminos, su legado ha quedado sepultado bajo un mar de nuevas olas que invadieron el cine europeo desde principios de los años 60.
No se trata de un maestro del cine, su trayectoria es demasiado irregular (algo que también tiene en común con la mayoría de sus compañeros de generación), pero rodó una serie de películas realmente valiosas, entre las que apenas han dejado un recuerdo duradero las que hizo muy al principio de la “década prodigiosa”: “Tutti a casa” del 60, “A cavallo della tigre” del 61 y “La ragazza di Bube” del 63 (esta última señalada por Godard en su día como importante, pero con escaso eco; ni así pudo cobrar notoriedad).
Parece que Comencini se dio pronto cuenta que no debía satisfacer las expectativas de un público ávido de sus obras y emprende un camino zigzagueante que alternará desde entonces obras personales con trabajos puramente de encargo.
Las dos películas en las que se vuelca más a fondo son dos aproximaciones al mundo de la infancia sumamente originales y por desgracia bastante olvidadas hoy día.
“Incompreso” de 1966 y “Le avventure di Pinocchio” del 72, forman un díptico casi invisible de obras, raramente o nunca mencionadas entre las grandes películas sobre el mundo de los niños. Nada que ver con el prestigio (merecido) de “Pather panchali”, “High wind in Jamaica”, “Mouchette” o algunas obras del reciente cine iraní.
“Incompreso” es su obra maestra. Sólo por haber sido capaz de rodar semejante obra hay que conceder a Comencini un puesto entre los grandes directores italianos de su época. Tierna, discreta, nada altisonante, pero profunda y emocionante (en algún momento, épica, fulgurante), no hay muchos dramas en el cine europeo a su altura.
El niño Stefano Colagrande, que nunca más volvió a ponerse delante de una cámara (ahora es profesor de Física en la Universidad de Florencia, en un bonito giro del destino) perdurará para siempre en la memoria de cualquiera que se acerque a este carrusel de emociones sobre la pérdida (su madre) y el doloroso paso a la edad adulta de quien no puede ser más que un niño. La escena del derrumbe de su tío al conocer la noticia que desencadena el antológico final de esta película es inolvidable. Un momento de cine sublime.
“Le avventure di Pinocchio” es en realidad una miniserie de televisión de 5 episodios refundida en una especie de resumen atropellado de poco más de dos horas (325 minutos originalmente) que ilustra el famoso libro que Carlo Collodi publicó por entregas en “Il Giornale dei Bambini”, el primer periódico para niños editado en Italia hacia 1880.
Contando con guión de la gran Suso Checchi D´Amico nada menos, es un film muy distinto formalmente a “Incompreso”, lleno de fantasía e inocencia, pero no por ello menos complejo y conmovedor.
Es realmente un film que no esconde un reverso de la aventura lleno de amargura y pesimismo. Dice Gepetto en un momento hacia el final que el mundo no depara nada bueno a gente como ellos, los pobres de una Toscana fría y hambrienta, calles de piedra, harapos y pan duro, nada que ver con la imagen de esta región que se suele vender turísticamente.
No es extraño que sea una de las películas favoritas de Hayao Miyazaki. Varias partes son casi miméticas con la estética que tanto se identifica con el gran director japonés, especialmente el episodio del país de los niños (al que se accede por supuesto en carroza y no precisamente de oro), la fiesta con panecillos y chocolate en casa del hada (una adecuada Gina Lollobrigida con melena azul) y el viaje a lomos del atún que cierra el film cuando Gepetto y Pinocho deciden darle otra oportunidad a una vida que no les ha tratado bien.
Quedan otros personajes en el recuerdo: el niño malo Lusignolo (un primer plano de su rostro cansado y con cicatrices lo dice todo), los torpísimos animadores del circo que intentan robar a Pinocho ¡y hasta ahorcarlo! o el juez que cuando está a punto de compadecerse de él, lo envía a la cárcel.
Para terminar, decir que merece igualmente una reconsideración “Infanzia, vocazione e prime esperienze di Giacomo Casanova, veneziano” de 1969 y también con guión de D´Amico, rememoración de una Venecia libertina y de ensueño que es desafortunadamente tan difícil de ver como las anteriores.

viernes, 16 de enero de 2009

UN AÑO DE CINE


Bueno, no son todas precisamente de 2008, pero estas son las mejores películas, relativamente recientes y más o menos en orden de preferencia, que he podido ver durante el año que ha terminado:

1.- Le petit Lieutenant (Xavier Beauvois, 2005)
2.- Kagami no onnatachi (Yoshishige Yoshida, 2002)
3.- Sharasojyu (Naomi Kawase, 2003)
4.- Un conte de Noël (Arnaud Desplechin, 2008)
5.- La vie nouvelle (Philippe Grandrieux, 2002)
6.- Le chignon d´Olga (Jérôme Bonnell, 2003)
7.- Mr. and Mrs. Iyer (Aparna Sen, 2002)
8.- Fu zi (Patrick Tam, 2007)
9.- La question humaine (Nicolas Klotz, 2007)
10.- Tout est pardonné (Mia Hansen-Løve, 2005)
11.- Les amours d´Astrée et de Céladon (Eric Rohmer, 2007)
12.- Solntse (Aleksandr Sokurov, 2005)
13.- Un couple parfait (Suwa Nobuhiro, 2005)
14.- Haebyonui yoin (Hong Sang-soo, 2006)
15.- Maicliang pelicula nañg ysañg indio nacional (Raya Martin, 2005)
16.- Kagadanan sa banwaan ning mga Engkanto (Lav Diaz, 2007)
17.- Hei yan quan (Tsai Ming-liang, 2006)
18.- Wuyong (Jia Zhangke, 2007)
19.- Autohystoria (Raya Martin, 2007)
20.- Paranoid Park (Gus Van Sant, 2007)
21.- Kakushi ken oni no tsume (Yoji Yamada, 2004)
22.- Le voyage du ballon rouge (Hou Hsiao-hsien, 2007)
23.- Changeling (Clint Eastwood, 2008)
24.- Sing kung chok tse sup yut tam (Herman Yau, 2007)
25.- Zwartboek (Paul Verhoeven, 2006)
26.- L´heure d´eté (Olivier Assayas, 2008)
27.- Into the wild (Sean Penn, 2007)
28.- Predstavlenie (Sergeí Loznitsa, 2008)
29.- We own the night (James Gray, 2007)
30.- Changhen ge (Stanley Kwan, 2005)
31.- Klimt (Raoul Ruiz, 2005)
32.- Ana y los otros (Celina Murga, 2003)
33.- Boarding gate (Olivier Assayas, 2007)
34.- Centochiodi (Ermanno Olmi, 2008)
35.- Die stille vor Bach (Pere Portabella, 2007)
36.- Old joy (Kelly Reichardt, 2006)
37.- Retour en Normandie (Nicolas Philibert, 2007)
38.- La mujer sin cabeza (Lucrecia Martel, 2008)
39.- El prado de las estrellas (Mario Camus, 2007),
40.- Appaloosa (Ed Harris, 2008)
41.- My blueberry nights (Wong Kar-wai, 2007)
42.- Las variaciones Marker (Isaki Lacuesta, 2007)
43.- The Queen (Stephen Frears, 2005).

Imposibles de ver, muchas, desde "La vie moderne" a "Un lac", pasando por "Aquele querido mês de agosto", "Nanayomachi", "Tulpan", "El cant dels ocells", "35 rhums", "Er shi si cheng ji", "Le silence de Lorna", "Bam gua nat", "Le genou d´Artémide", "Itinéraire de Jean Bricard", "Shirin", "Hunger", "La frontière de l´aube", "Liverpool", "L’Aimée", "He Fengming" …

viernes, 19 de diciembre de 2008

LA VIDA Y NADA MÁS



A pesar de que hacía ya once años desde que la escritora Fumiko Hayashi había muerto, en 1962 Mikio Naruse aún conserva su firma en los títulos de crédito de "Horoki (Crónica de una trotamundos)" como guionista del film.


Es "Horoki" la biografía cinematográfica menos convencional que haya podido rodarse junto a "The wings of eagles" de John Ford sobre Frank "Spig" Wead.


Tanto Ford como Naruse conocieron y tuvieron gran amistad con los dos protagonistas y el lapso de 10 años que en ambos casos transcurre desde su muerte hasta que decidieron rememorar su figura, les dio una perspectiva que les permitió contemplar su vida con una amplitud de miras que no excluye la crítica (ni son hagiográficas, ni maniqueas) pero que sobre todo les permitió incardinar de alguna manera todo lo que con ellos compartieron en un discurso cinematográfico adecuado a la edad y las circunstancias de sus carreras en aquellos momentos.


Las novelas de Spig y de Fumiko les proporcionaron a Ford y Naruse material para rodar algunas de sus mejores películas ("They were expendable", "Ukigumo", "Meshi" e "Inazuma" entre otras, nada menos) y qué mejor forma de agradecerles esos maravillosos guiones que contando cómo fueron y encima regalándonos dos de las obras máximas de su carrera.


Tanto el Ford de 1957 como el Naruse de 1962 están enfilando ya la parte final de su obra, enlazando obras cenitales que recogen toda la sabiduría acumulada durante una vida dedicada al cine y también nuevos elementos que prueban que estaban más vivos que nunca, que no habían perdido la capacidad por hacer cosas nuevas.


Algo en "Horoki" la hace inevitablemente contemporánea de "The hustler", de "The apartment", de "Beloved infidel", de "Strangers when we meet", de "The man who shot Liberty Valance" incluso de Godard, Rouch y Rozier y de todas las obras agridulces que abrieron la década que apagará la llama del cine clásico, tan vivo y vigente que nunca parecía que fuese a morir.


Quizá sea que hablan de algo que ya no existía o que nunca más podría volver a existir; en unos casos una forma de ver la vida, en otros unos valores: los últimos románticos, los últimos gangsters, los últimos hombres de una pieza, la última mirada a los que viveron sin calcular las consecuencias de sus acciones, a los apasionados sin representante.


Ni Fumiko Hayashi ni Spig fueron lo que hoy entendemos por triunfadores.


Fumiko pasó muchas penurias, malvivió, pasó hambre, estuvo en la cárcel, murió joven (48 años) y tuvo que luchar mucho para que alguien reconociese su talento (una facultad, la de escribir, que le brotaba a borbotones como una cascada imparable pero que nunca se planteó como algo parecido a un modo de ganarse la vida).


Spig Wead casi quedó paralítico y sacrificó su vida privada por una idea y una pasión, dejando de lado a una mujer que lo quiso mucho más de lo que probablemente merecía.


Naruse y Ford los admiran y consiguen que los admiremos sin que necesitemos leer su obra, por lo que fueron sin tener en cuenta su legado. Naruse ni siquiera menciona en su película que Fumiko tuvo el menor contacto con el cine ni por supuesto con él. Ford, como siempre hacía, reparte el cariño que tenía por su personaje, que era su amigo, entre todos los personajes de la película; todos lo querían y seguramente todos tenían algo malo que decir de él.


Y sobre todo lo más importante es que por muy poco que nos importen la marina de los Estados Unidos y las revistas de poetas japoneses de entreguerras, salimos de las proyecciones de estas películas reconciliados con el mundo y hasta puede que menos cínicos y más sensatos.






martes, 16 de diciembre de 2008

OSHIMA EN BUSCA DE LA VERDAD


La última película política de los años 60 y la primera de los 70 (quizá también la última, porque constata la imposibilidad de seguir luchando) es "Tokyo senso sengo hiwa" de Nagisa Oshima, que tomando la traducción del título que se le puso para su distribución anglosajona sería algo así como "El hombre que filmó su última voluntad".

Oshima había sido despachado de la Sochiku, una productora tradicional para las que las películas de un agitador como él eran demasiado incómodas y demasiado incomprensibles.

Desde "Nihon no yoru to kiri (Noche y niebla en Japón)", de 1960, Oshima le estaba dando vueltas a cómo plasmar en un sólo film todos los cambios que la nueva era estaba trayendo a su país (un reflejo de lo que pasaba en occidente, a veces empobrecido por los filtros "oficiales", en otros casos magnificado por la propia forma de ser de sus conciudadanos).

Estaba pasando. Había dejado de tener sentido luchar contra el sistema y menos desde barricadas. La política ya no era una ciencia y menos un instrumento de gobierno, más bien se había transformado en un sistema de control que permitía a los ricos mantener su estatu quo.

La película plantea, dando un rodeo considerable, un asunto sin solución y del que ya no vale la pena DISCUTIR, pero del que no hay que dejar de hablar.

Motoki ha perdido su cámara mientras rodaba una carga policial durante una manifestación. Un amigo, del que no sabremos a ciencia cierta nada más, se la robó y grabó su huida... y su suicidio. Cuando Motoki llega al lugar de los hechos e intenta recuperar su cámara la policía se la requisa.

En un intento por reconstruir los hechos, Motoki vuelve a rodar el mismo itinerario que su amigo dejó filmado... para llegar al mismo punto y acabar arrojándose desde el mismo edificio.

En el trayecto le acompaña una chica, que se supone era la novia de su amigo y que se involucra sentimentalmente con él. Su papel será fundamental. En una metáfora genial, ella saldrá en cada uno de los planos que Motoki rueda dando pie a una auténtica explosión de violencia, como si su presencia fuese el último y vano reflejo de que aún es posible luchar. Motoki ha tenido que reproducir la realidad filmándola para llegar a la conclusión implícita de que todo lo que ve no es más que la consecuencia de lo que sucede ante sus ojos. Ha perdido la capacidad de mirar porque ya no cree en ella. Tan sólo es capaz de sentir como real lo que está rodado, lo que ya ha sucedido, no lo que acontece en tiempo real. La carrera final hacia su muerte es inevitable. Tan sólo rodándola la sentirá como verdadera.

Oshima sabe que había llegado la época en que las luchas cuerpo a cuerpo contra el sistema se habían terminado y nadie volvería a conseguir nada usando ese método, porque ya nadie iba a volver a creer en ello.

Su película, su obra cumbre en este terreno y tal vez el punto límite alcanzado por el cine político en esos años junto a algunas cosas de Godard (su referencia) no tiene moraleja ni enseñanza, ni siquiera extrae conclusiones. De hecho, la conclusión de su pensamiento es la propia película, que no actúa como vehículo para opinar sino como acta final en imágenes de algo que ha terminado incluso antes de ponerse en marcha la propia proyección.

Igual sucedería el año antes con la excepcional "Shonen (El chico)". La estoicidad con la que el pequeño actúa no es más que el reflejo de la "educación" por llamarla de algún modo que recibe de sus padres, que no conocen la palabra moral. ¿Qué se puede hacer cuando todo viene dado?. Ni siquiera el sueño de vivir con su abuela es realmente una posibilidad. Oshima corta abruptamente ese interludio negando en redondo que algo así pueda suceder.

Es una lástima que la imagen que haya quedado de Nagisa Oshima sea la de sus películas escándalo de los 70 y 80 (alguna de ellas, muy buena de todas formas). Durante una época fue un director muy valioso.

viernes, 5 de diciembre de 2008

LOS ESPEJOS ROTOS


El cine de Yoshishige Yoshida nunca lo ha comprendido bien nadie. Hay algo en sus películas que desconcierta y que impide captar adeptos. En unas es la historia, en otras el tono. Siempre hay algún elemento que provoca extrañeza, desasosiego, desapego.
"Kagami no onnatachi (Mujeres en el espejo)" de 2002 es, tras varios años de ausencia y por ahora, su última película. Cada vez se hacen más espaciadas sus obras y resulta difícil prever su próximo movimiento.
Su última película es árida y seca, triste y desoladora, seria como la muerte, sin humor. No es el tipo de cine que entusiasma. Recuerdo lo que comentaba Ángel Fernández Santos de la proyección de "Ningen yo yakusoku (La promesa, 1986)" en San Sebastián. Acabó la proyección y el auditorio se quedó mudo: ni aplausos, ni pitos, ni pataleos, ni murmullos. La película, una durísima reflexión sobre la vejez y el olvido había golpeado en primera persona a los asistentes, que se habían visto reflejados en un espejo que les devolvía una imagen de lo que eran o podían llegar a ser: miserables, crueles, egosístas. En la rueda de prensa posterior, Yoshida decía echar de menos una época en que se podía aprender de los mayores y se les respetaba.
He ahí la clave de su cine. El respeto por los personajes. Por lo que dicen y por lo que hacen. Por sus decisiones.
Y lo demuestra en la práctica utilizando a Mariko Okada, la protagonista de las fundamentales"Onna no mizuumi (La mujer del lago, 1966)" y "Kokuhakuteki joyûron (Confesiones entre actrices, 1971)" tantos años después.
"Mujeres en el espejo" es una intrincada (diáfana, pero misteriosa) peripecia sobre el recuerdo de Hiroshima y cómo afecta a la vida de tres mujeres, de las que el personaje central podría ser la hija de la mayor de ellas y la madre de la más joven. Esa ambigüedad vertebra un relato espeso, punteado por una partitura de piano de ultratumba, de colores grises y rojos, blancos y negros, como las películas de Resnais y Masumura.
Yoshida rueda con una mezcla (de proporciones alquimistas, un secreto ancestral) de cercanía y distancia única. Es capaz de cortar una escena en siete planos de acercamiento hasta dos primeros planos sublimes (la escena del restaurante, modélica), insertar unas imágenes a cámara lenta (un recuerdo, tal vez oníricas) que se presentan como solución a un enigma y que resultan a la postre quizá otra pieza de un puzzle sin resolver y por otro lado, planifica dentro de un edificio o en el interior de una casa con la fuerza de la "precisión de lo cotidiano" de Ozu (Yoshida es a Ozu lo que Desplechin a Blake Edwards, un sublimador) .
El conglomerado resultante avanza con una determinación extraordinaria (pocos directores saben mejor adónde llevan una película), casi se diría que Yoshida disfruta con el puro control de los resortes de la continuidad entre escenas. El personaje de Isshiki Sae, la chica más joven, un poco la receptora de las consecuencias de la historia, la que verá su vida más condicionada por ella (por el simple hecho que le queda más tiempo), va del paroxismo a la catarsis y vuelta a empezar. Yoshida la rueda de espaldas cuando la empuja a actuar y de frente cuando trata de hacerla decidir qué camino tomar.
El valor de esta incómoda película es incalculable.
Pedro Costa, que tiene curiosas concomitancias con este último Yoshida, no ha llegado tan lejos con "Juventude em marcha" en esa búsqueda de la verdad del desarraigo. Ha recurrido a la poesía como una especie de "valor añadido" que rellena huecos (simplificando y sin pretender quitar un ápice de mérito, sería algo así como "cuando los personajes no saben o no pueden expresarse, el director toma la palabra"). Yoshida no. Yoshida se permite el lujo de no tener que decir nada en primera persona. El lujo de los maestros.