viernes, 13 de febrero de 2009

...THE HARDER THEY´LL FALL ONE AND ALL

La única película dirigida por Perry Henzell en 1973, “The harder they come” (me consta un proyecto en 2006 pero no conozco el resultado), es también la primera y la última con repercusión internacional de un país tan poco cinematográfico como Jamaica.
Revisarla ha supuesto para mí una sorpresa. La recordaba como un film más de la corriente blaxploitation que inundó los cines a principios de aquella década, como “Carwash”, “Shaft”, “Superfly”, “Cleopatra Jones”… todas ellas interesantes pero ninguna extraordinaria.
Protagonizada por el cantante de reggae Jimmy Cliff (que se revela como un actor notable), “The harder they come” deja sin habla. La verdad es que no desentona nada (y tiene mucho en común) con las mejores películas de Lino Brocka, Ishmael Bernal, Mike de Leon o Peque Gallaga, los directores filipinos que rodaron maravillas como “Insiang”, “Oro, plata, mata” o “Manila by night” y que ahora poco a poco están consiguiendo el reconocimiento crítico que merecen, gracias a los críticos Noel Vera o Alexis Tioseco.
Es un film de una rara autenticidad. No es para nada el típico relato sobre la salida del ghetto de un cantante, es mucho más que eso. Empieza siendo un agudo retrato sociocultural y termina como una vibrante historia de rebeldía (contra su miserable destino, contra su vida anterior, contra el productor que lo ningunea) inspirada probablemente en los personajes que Belmondo hizo para Jean-Luc Godard.
Está rodado con una insigne pobreza (que no tiene por qué implicar siempre una eficaz economía de medios narrativa), con pasión y con gracia, incluso con arrojo y valentía.
Posee una enorme fuerza visual desde los primeros planos, y como pasaba siempre en las (pocas, menos de las que me gustaría) películas de Brocka o Bernal que conozco, tiene un extraño pero convincente equilibrio entre post-neorrealismo (via Buñuel) y cine pop de los 60/70.
Inolvidable el final, con “Ivanhoe” Martin derrapando su coche por el campo de golf y combatiendo a la policía como si fuese James Cagney.

miércoles, 11 de febrero de 2009

ITALIANI, BRAVA GENTE



El díscolo Rocky y la empleada de Macy´s Angela, dos hijos de inmigrantes en Nueva York, discuten sobre las relaciones de pareja en un sótano atestado de chismes que Rocky hace años usaba como escondite para llevarse a las chicas, tras haber escapado de los muy primitivos “fratelli” de ella.
Angela está embarazada.
Rocky no quiere comprometerse y, como Louis Jourdan en “Letter from an unknown woman” de Ophüls, mira a Angela sin estar muy seguro de que alguna vez intimaron. Él dice que los casados tienen cara de muertos; nueve de cada diez.
Rocky se tumba en un diván raído con las manos en el pecho mientras sigue divagando sobre su filosofía de vida. Angela se acerca y mientras él sigue hablando, le coloca una flor entre las manos. Rocky parece un cadáver en su féretro.
Angela le da a entender que para todos se trata de encontrar al “extraño apropiado”, una persona que te quiera.
Rocky no sabe nada de eso, pero le ha hecho reflexionar encontrarse hace unos minutos con una antigua novia, ajada por la edad, a pesar de que tiene dos años menos que él, como remarca. Le ha sorprendido que no es capaz de cruzar dos palabras con ella más allá del saludo.
La cámara permanece a la espera. En un momento los recoge en el mismo plano, tras haber basculado de un lado a otro del decorado. Es el primer momento en que algo ha surgido entre ellos.
Más tarde, en un impulso de protección, Rocky sacará a una Angela en estado de shock de la tétrica habitación donde estaban a punto de practicarle un aborto. En el taxi de vuelta se superpone un plano de ellos dos en el asiento trasero con una imagen de la ciudad por la noche. Por primera vez miran hacia el futuro juntos.

Robert Mulligan murió en diciembre del año pasado.
Love with the proper stranger” de 1963 es su gran película.
Rocky es Steve Mcqueen.
Angela es Natalie Wood.
El cine americano era grande.

lunes, 9 de febrero de 2009

MÁS ALLÁ DE MÁS ALLÁ DEL OLVIDO

Hay películas que tienen un especial atractivo para los que hemos sentido desde siempre fascinación por el cine de Alfred Hitchcock.
Unas por contener ideas o preparar el terreno para lo que durante un periodo determinado (para mí desde 1954/5 a 1969) desarrollaría Hitchcock con plenitud absoluta e inigualada y otras lo son porque simplemente no existirían o serían muy distintas de no haberse rodado tales obras.
Más allá del olvido” de Hugo del Carril es de las pocas o quizá la única película que es ambas cosas a la vez.
Si evidente y reconocida (hasta el punto de haber confesado Del Carril que intentó evitarlo en la medida de lo posible) es la deuda que tiene con “Rebecca” – la película más influyente de los años 40 junto a “Citizen Kane” - y quizá más aún con las películas que vinieron después y quedan profundamente marcadas por su huella (films del propio Hitchcock y de Cukor, Siodmak, Ulmer, Wyler, Tourneur, Dieterle…), no menos sorprendente (e inquietante; no es probable que Hitchcock la viera) es lo que preludia de “Vertigo”.
Mucho se ha hablado de las huellas en el cine de Hitchcock de las películas mexicanas de Buñuel, en especial “Él” y otras posteriores, sin reparar en que la influencia más directa del cine de Buñuel es precisamente en México y en el cine sudamericano (en particular el argentino).
La afinidad de Buñuel por ciertos temas “hitchcockianos” (la culpa, el sexo, la moral, las apariencias) dejaron un largo rosario de obras en el cine de esos países a partir de mediados de la década de los 40 firmadas por entre otros Carlos Hugo Christensen, Luis Alcoriza, Luis César Amadori, Rogelio A. González, Roberto Gavaldón o Hugo Fregonese, que como un boomerang se acaban mirando en el cine del gran maestro inglés.
La verdad es que la obra de Del Carril no tiene el nivel que anuncia “Más allá del olvido”. De entre lo que conozco, creo que tiene buen pulso con los melodramas desaforados (“La Quintrala” de 1955 o “Surcos de sangre” cinco años antes), hizo al menos una estupenda película de aventuras (“Las aguas bajan turbias”, 1952), una curiosa versión en 1951 de “El negro que tenía el alma blanca” ya rodada por Benito Perojo en España durante la época muda y no está mal la “ophulsiana” “La Calesita” de 1963.
Más allá del olvido” es de largo su mejor película. Los primeros 15 minutos, hasta la muerte de Blanca (muy guapa y efímera en el cine, Laura Hidalgo) son extraordinarios. Hay un movimiento de cámara circular que recoge un beso y una conversación de la pareja ante la chimenea que me parecen sublimes, impresionantes. No en vano, el cartel del film, recoge uno de estos momentos.
A partir del viaje de Fernando a París y el hallazgo de la muy vulgar Mónica, que es la viva imagen de la muerta (no creo que haga falta ni deba contar más), la película bascula entre elementos de melodrama gótico que bien podrían haber sido rodados hasta por Tod Browning (un director más amplio que el tópico que lleva a cuestas) y que de vuelta a Argentina culminan en una muy original trama… si no fuera porque es imposible disociarla de la obra cumbre de Hitchcock y no sirve de mucho repetir una y mil veces que está rodada 3 años antes.
El final, que es una de las mejores escenas, como siempre sucedía con Hitchcock por otra parte, aporta un nuevo giro que enlaza con el romanticismo de los primero minutos pero que cierra un relato sobrio y muy medido, elegante dentro de una complicación técnica notable (otra vez la referencia a Ophüls, que seguro que gustaba mucho a Del Carril) y en todo momento presidida por un sentimiento necrófilo y perturbador sin caer en exageraciones ni resultar teatral.
Toda una experiencia.

jueves, 29 de enero de 2009

ESCORIA


Scum” (Alan Clarke, 1979) es una película hermosa.
Tiene esa armonía propia de las obras rodadas con determinación, habiendo preparado cuidadosamente cada encuadre, cada movimiento de cámara, por quien es capaz de modular las interpretaciones como si de una coreografía se tratase. No le sobra un plano, es elegante y precisa.
Scum” es una de las películas más brutales y subversivas de la historia del cine. “Scum” es difícilmente soportable en algunos momentos. ”Scum” es violenta, seca y aterradora. “Scum” es una obra maestra.
En las calles había en esos años una revolución punk; un movimiento musical y estético se dirá, pero que canalizó el descontento de otra generación sin presente ni futuro, con lo que la cara de Archer (Mick Ford, el desnortado paria que deberá encontrar su camino en “Les années lumière” de Alain Tanner, un par de años después) o la del “new daddy” Carlin deberían estar impresa en camisetas y sus frases deberían haber perdurado como eslóganes de una juventud rebelde.
Pero la película contiene demasiada verdad. Es más fácil adoptar como modelo al Alex de “Clockwork orange” de Kubrick, un film inmensamente popular pero inofensivo, el perfecto placebo.
La que es sin duda para mí la gran película carcelaria de todos los tiempos, a pesar de que ni siquiera se desarrolla en una cárcel sino en un reformatorio para chicos problemáticos, debería ser proyectada a todos aquellos que se dedican a la educación o su variante dura, la reeducación. Y a todos los que alguna vez han pensado en que castigar es el método para enseñar a quién parece que nunca quiso aprender.
Alan Clarke sortea todas las trampas posibles para elevar a “Scum” a un nivel irrespirable para casi todas las películas que alguna vez han intentado reflejar el sinsentido de la privación de aquellas cosas que nos hacen humanos: la libertad, el orgullo, la dignidad, la palabra… y lo hace precisamente dándole el valor preciso a los escasos y precarios momentos en que alguno de los chicos conquista un ápice de las mismas. Los mejores momentos de este film son aquellos en los que se aprecia el valor de poder tomarse el tiempo para responder una pregunta, decidir en qué creer y qué pensar, rebelarse ante los abusos.
Alan Clarke no se detiene en lirismos como Charles Burnett en “Killer of sheep” (1977), otra gran película hecha al margen de los circuitos comerciales, ni utiliza una clave en cierto sentido “metafórica” como la impresionante “Salò o le 120 giornate di Sodoma ” de Pasolini, su cine conecta más con el de Jean Eustache, Barbara Loden, Bill Douglas o el Fassbinder más directo y pudoroso. Sólo muestra.
Ni las más espeluznantes escenas son filmadas con afán de provocar una toma de partido por las víctimas, pero tampoco hay superioridad alguna por parte del director sobre lo que cuenta. Cómo y cuando se detiene el objetivo escrutador de la cámara, qué y por qué razón queda registrado cada acontecimiento: ése es el discurso del film y su razón de ser.
Está claro qué opina Alan Clarke. No hay más que ver la escena entre Archer y el funcionario o cómo éste le lee la carta a su compañero de celda, cómo otro de los guardas ignora la llamada de auxilio de Davis, cómo es contemplada impasiblemente su violación a través de los cristales del invernadero por el sádico Mr. Sands, cómo rueda la revuelta en el comedor (sublime travelling lateral recorriendo las mesas) o ese tremendo final con los chicos alineados en el patio.
Todavía iría más allá Clarke con “Elephant” en 1989. Suprime las palabras y en apenas media hora presenta un aquelarre de asesinatos cometidos en Irlanda del Norte; en cada caso la cámara sigue a un personaje sin que a priori sepamos si es la víctima o el asesino. Daría para un buen debate proyectarla en un programa doble con “Ecologia del delitto” (Mario Bava, 1971).

viernes, 23 de enero de 2009

MUR OTI VIVE!

Morir, dormir… tal vez soñar” debe ser la película más difícil de ver de la historia del cine español.
La persecución puede durar años y la recompensa llegar de la manera más rocambolesca. Yo la encontré en un Instituto de Secundaria gallego. Al parecer alguien la pudo grabar en un pase televisivo (único) de finales de los 70, cuando un aparato de VHS era tecnología punta y le donó su colección al centro.
La que fue en 1976 la última obra para el cine , no precisamente por voluntad propia, del antaño niño prodigio Manuel Mur Oti (el Orson Welles español lo llamaban con sorna los avispados que nunca advirtieron su talento) es desde luego un film único, sin apenas parecido con nada hecho en España… excepto con la obra de esos otros directores raros y “poco españoles” que tienen tendencia a respetar idiomas originales cuando ruedan y hacen cine “como si fueran extranjeros”: Gonzalo Suárez, Antonio Drove y José Luis Borau.
Es una película fantasmal, con olor a muerte, circular y con un gran anclaje en el pasado. Por sus imágenes se filtra “Rebecca” de Hitchcock (el arranque la recuerda poderosa y sorprendentemente), el cine de casas encantadas típico de los años 40, Visconti, Wyler, hasta Riccardo Freda… y sin embargo la historia es tan original (un episódico “éternel retour” a un tiempo pasado, una amalgama de recuerdos, con azules de Resnais y encaje negro) que no parece un homenaje a un cine pasado de moda sino más bien un salto al vacío de quién, siempre que pudo, supo muy bien lo que estaba haciendo y no miraba las carteleras para inspirarse, un director que escribía sin parar y pensaba día y noche en contar historias, alguien que seguro que hubiera defendido con los puños aquella frase que decía Arturo de Córdova en “Los peces rojos” (José Antonio Nieves Conde, 1955): “la fantasía es la mayor cualidad del hombre”.
Morir, dormir… tal vez soñar” se ve con una sensación de extrañeza. Incluso diría que incomodidad. El protagonista es tan pasivo y deja escapar tantas veces la felicidad para luego regodearse en el recuerdo que casi parece que prefiere rememorar a vivir, como si fuera plenamente consciente de eso que dice Eduardo Punset de que siempre vivimos en el pasado porque hasta el presente se tarda unas milésimas en asimilar por el cerebro. Y sin embargo, cada episodio de los múltiples flashbacks que la pueblan contiene algo extraordinario. A veces es un diálogo, otras un movimiento de cámara. Hay algunos sencillamente prodigiosos, como el de la noche en el dormitorio junto a una preciosa Jane Seymour, cuando se escuchan de fondo las bombas de la guerra civil, quizá lo más conmovedor rodado jamás (junto a “Alumbramiento” de Erice) sobre ese conflicto que tantas malas películas ha producido, un momento que parece salido de “A time to love and a time to die” de Sirk (quizá no por casualidad).
A pesar de algunas deficiencias (la música en algunos momentos y siempre en la apertura de cada escena, un ruido ¿sideral? muy molesto), “Morir, dormir… tal vez soñar” es una de las mejores películas de Mur Oti, tal vez la más personal y muy cercana a sus primeras obras maestras: “Cielo negro” (1951) y “Orgullo” (1955).
Una reedición en DVD, tan improbable como posible (el film existe, esto no es “Home before dark”) pondría al alcance de todos una de las (pocas) películas españolas verdaderamente importantes de su época y permitiría sacar del olvido a este gran director.

martes, 20 de enero de 2009

LOS NIÑOS DE COMENCINI




Luigi Comencini nunca tuvo la suerte de ser sobrevalorado.
Como otros directores italianos que iniciaron su carrera en los albores del neorrealismo pero que luego tomaron los más diversos caminos, su legado ha quedado sepultado bajo un mar de nuevas olas que invadieron el cine europeo desde principios de los años 60.
No se trata de un maestro del cine, su trayectoria es demasiado irregular (algo que también tiene en común con la mayoría de sus compañeros de generación), pero rodó una serie de películas realmente valiosas, entre las que apenas han dejado un recuerdo duradero las que hizo muy al principio de la “década prodigiosa”: “Tutti a casa” del 60, “A cavallo della tigre” del 61 y “La ragazza di Bube” del 63 (esta última señalada por Godard en su día como importante, pero con escaso eco; ni así pudo cobrar notoriedad).
Parece que Comencini se dio pronto cuenta que no debía satisfacer las expectativas de un público ávido de sus obras y emprende un camino zigzagueante que alternará desde entonces obras personales con trabajos puramente de encargo.
Las dos películas en las que se vuelca más a fondo son dos aproximaciones al mundo de la infancia sumamente originales y por desgracia bastante olvidadas hoy día.
“Incompreso” de 1966 y “Le avventure di Pinocchio” del 72, forman un díptico casi invisible de obras, raramente o nunca mencionadas entre las grandes películas sobre el mundo de los niños. Nada que ver con el prestigio (merecido) de “Pather panchali”, “High wind in Jamaica”, “Mouchette” o algunas obras del reciente cine iraní.
“Incompreso” es su obra maestra. Sólo por haber sido capaz de rodar semejante obra hay que conceder a Comencini un puesto entre los grandes directores italianos de su época. Tierna, discreta, nada altisonante, pero profunda y emocionante (en algún momento, épica, fulgurante), no hay muchos dramas en el cine europeo a su altura.
El niño Stefano Colagrande, que nunca más volvió a ponerse delante de una cámara (ahora es profesor de Física en la Universidad de Florencia, en un bonito giro del destino) perdurará para siempre en la memoria de cualquiera que se acerque a este carrusel de emociones sobre la pérdida (su madre) y el doloroso paso a la edad adulta de quien no puede ser más que un niño. La escena del derrumbe de su tío al conocer la noticia que desencadena el antológico final de esta película es inolvidable. Un momento de cine sublime.
“Le avventure di Pinocchio” es en realidad una miniserie de televisión de 5 episodios refundida en una especie de resumen atropellado de poco más de dos horas (325 minutos originalmente) que ilustra el famoso libro que Carlo Collodi publicó por entregas en “Il Giornale dei Bambini”, el primer periódico para niños editado en Italia hacia 1880.
Contando con guión de la gran Suso Checchi D´Amico nada menos, es un film muy distinto formalmente a “Incompreso”, lleno de fantasía e inocencia, pero no por ello menos complejo y conmovedor.
Es realmente un film que no esconde un reverso de la aventura lleno de amargura y pesimismo. Dice Gepetto en un momento hacia el final que el mundo no depara nada bueno a gente como ellos, los pobres de una Toscana fría y hambrienta, calles de piedra, harapos y pan duro, nada que ver con la imagen de esta región que se suele vender turísticamente.
No es extraño que sea una de las películas favoritas de Hayao Miyazaki. Varias partes son casi miméticas con la estética que tanto se identifica con el gran director japonés, especialmente el episodio del país de los niños (al que se accede por supuesto en carroza y no precisamente de oro), la fiesta con panecillos y chocolate en casa del hada (una adecuada Gina Lollobrigida con melena azul) y el viaje a lomos del atún que cierra el film cuando Gepetto y Pinocho deciden darle otra oportunidad a una vida que no les ha tratado bien.
Quedan otros personajes en el recuerdo: el niño malo Lusignolo (un primer plano de su rostro cansado y con cicatrices lo dice todo), los torpísimos animadores del circo que intentan robar a Pinocho ¡y hasta ahorcarlo! o el juez que cuando está a punto de compadecerse de él, lo envía a la cárcel.
Para terminar, decir que merece igualmente una reconsideración “Infanzia, vocazione e prime esperienze di Giacomo Casanova, veneziano” de 1969 y también con guión de D´Amico, rememoración de una Venecia libertina y de ensueño que es desafortunadamente tan difícil de ver como las anteriores.

viernes, 16 de enero de 2009

UN AÑO DE CINE


Bueno, no son todas precisamente de 2008, pero estas son las mejores películas, relativamente recientes y más o menos en orden de preferencia, que he podido ver durante el año que ha terminado:

1.- Le petit Lieutenant (Xavier Beauvois, 2005)
2.- Kagami no onnatachi (Yoshishige Yoshida, 2002)
3.- Sharasojyu (Naomi Kawase, 2003)
4.- Un conte de Noël (Arnaud Desplechin, 2008)
5.- La vie nouvelle (Philippe Grandrieux, 2002)
6.- Le chignon d´Olga (Jérôme Bonnell, 2003)
7.- Mr. and Mrs. Iyer (Aparna Sen, 2002)
8.- Fu zi (Patrick Tam, 2007)
9.- La question humaine (Nicolas Klotz, 2007)
10.- Tout est pardonné (Mia Hansen-Løve, 2005)
11.- Les amours d´Astrée et de Céladon (Eric Rohmer, 2007)
12.- Solntse (Aleksandr Sokurov, 2005)
13.- Un couple parfait (Suwa Nobuhiro, 2005)
14.- Haebyonui yoin (Hong Sang-soo, 2006)
15.- Maicliang pelicula nañg ysañg indio nacional (Raya Martin, 2005)
16.- Kagadanan sa banwaan ning mga Engkanto (Lav Diaz, 2007)
17.- Hei yan quan (Tsai Ming-liang, 2006)
18.- Wuyong (Jia Zhangke, 2007)
19.- Autohystoria (Raya Martin, 2007)
20.- Paranoid Park (Gus Van Sant, 2007)
21.- Kakushi ken oni no tsume (Yoji Yamada, 2004)
22.- Le voyage du ballon rouge (Hou Hsiao-hsien, 2007)
23.- Changeling (Clint Eastwood, 2008)
24.- Sing kung chok tse sup yut tam (Herman Yau, 2007)
25.- Zwartboek (Paul Verhoeven, 2006)
26.- L´heure d´eté (Olivier Assayas, 2008)
27.- Into the wild (Sean Penn, 2007)
28.- Predstavlenie (Sergeí Loznitsa, 2008)
29.- We own the night (James Gray, 2007)
30.- Changhen ge (Stanley Kwan, 2005)
31.- Klimt (Raoul Ruiz, 2005)
32.- Ana y los otros (Celina Murga, 2003)
33.- Boarding gate (Olivier Assayas, 2007)
34.- Centochiodi (Ermanno Olmi, 2008)
35.- Die stille vor Bach (Pere Portabella, 2007)
36.- Old joy (Kelly Reichardt, 2006)
37.- Retour en Normandie (Nicolas Philibert, 2007)
38.- La mujer sin cabeza (Lucrecia Martel, 2008)
39.- El prado de las estrellas (Mario Camus, 2007),
40.- Appaloosa (Ed Harris, 2008)
41.- My blueberry nights (Wong Kar-wai, 2007)
42.- Las variaciones Marker (Isaki Lacuesta, 2007)
43.- The Queen (Stephen Frears, 2005).

Imposibles de ver, muchas, desde "La vie moderne" a "Un lac", pasando por "Aquele querido mês de agosto", "Nanayomachi", "Tulpan", "El cant dels ocells", "35 rhums", "Er shi si cheng ji", "Le silence de Lorna", "Bam gua nat", "Le genou d´Artémide", "Itinéraire de Jean Bricard", "Shirin", "Hunger", "La frontière de l´aube", "Liverpool", "L’Aimée", "He Fengming" …