Adriano Zucchelli es un don nadie. Tiene 36 años y medio, una mujer veinteañera que sólo quiere dormir, un negocio de venta de coches que no marcha demasiado bien, un pisito en Roma y un batallón de mujeres en el (más bien difuso) recuerdo. Un amigo muere y le deja una Villa como herencia pero la hermana del chico no parece dispuesta a que toque una lira…
“Anima nera” es una de las películas “perdidas” de Roberto Rossellini. Sin prácticamente conexión con las obras que jalonarán su filmografía a partir de esos años, comenzando, cronológicamente por “L´età del ferro" en el 64 ni con todo el grueso de su filmografía que arranca con la guerra como tema central, fue otro más de los fracasos críticos y de público de su vida.
Los que entendieron que Rossellini se “modernizaba” (una buena ironía hablando del más moderno de los cineastas) y tal vez estaba dispuesto a caer por fin en el redil de los acomodados, con la música jazzística de Piero Piccioni, las escenas en nightclubs (sólo una y preludio a una conversación importante), el protagonismo de Vittorio Gassman, símbolo de la comedia all´italiana, que sucesivamente participará en la exitosa “Il sorpasso” de Risi con un personaje menos complejo pero similar, o el desfile de las bellas Nadja Tiller, Eleonora Rossi Drago, Yvonne Sanson y compañía, quedaron decepcionados con el tono del film, seco, distanciado, a menudo con fondos neutros, lleno de palabras que son un reproche continuo cuando no una artimaña para esconder la verdad, sin humor. Los que esperaban otra obra “importante” como las precedentes “Era notte a Roma” (que volvía sobre los pasos del tema que lo encumbró) o “Viva Italia”, no entendieron qué hacía Rossellini con un material tan ligero, tan cotidiano.
Más de cuarenta años han pasado desde entonces y no creo que las cosas hayan cambiado mucho. El paso adelante de “Il generale della Rovere” en el 59, cuando Rossellini se probó con magisterio en el drama patentemente “reconstruido” (tal vez algunos aún pensaban que los grandes hallazgos de “Paisá” o “Deutschland im jahre null” debían mucho a la captación, poetizada, de la frescura de los acontecimientos), desmontando delante de los ojos del espectador los mecanismos de cualquier cosa que se aproxime al drama bélico y de repetir, en off, el experimento en la mencionada “Era notte a Roma” (en mi opinión, dos de sus películas definitivas), imagino que le insuflaron fuerzas para tomar, no sin fruncir el ceño, este esqueleto argumental de comedia y transformarlo en uno de los más desoladores y subvalorados dramas de su época.
No es descabellado, me parece, pensar en la impresión que Jean-Luc Godard debió tener al contemplar el film y cuánto de él tomó para la parte central de “Le mèpris”, que se recuerda mucho por algunas cosas y bastante poco por la larga, múltiple escena en que Brigitte Bardot deshace todo el amor andado con Michel Piccoli y que arranca (para nosotros, admirados) en esa impresionante apertura… para derrumbarse luego sin remedio.
Y quizá haya también una conexión con los (por desgracia, pocos y sin continuidad) dramas de Fernando Fernán Gómez en esos años, con la durísima "El mundo sigue" como cumbre.
Todo en “Anima nera” es descorazonador. Y todo son excusas. Hasta las (al menos que sepamos o intuyamos) dos experiencias homosexuales que el playboy Adriano Zucchelli admite, la que le libró de ser fusilado en la guerra y la que le ha proporcionado la herencia que puede cambiar su vida, fueron necesarias, incuestionables, para él y para las mujeres a quién se las cuenta. Todo vale.
En un momento mientras conduce de Pisa a Roma al comienzo del film, critica a esos conductores que van con las luces largas, deslumbrando a todos los coches que vienen en sentido contrario. Sin el menor subrayado, con un contraplano con el ángulo cambiado, que lo toma desde un lateral y con los destellos que vemos le hacen los coches que lleva detrás y que han advertido las señales de los otros, nos damos cuenta de que él es precisamente uno de esos tipos. Si por algo se caracteriza Adriano es porque nunca piensa. Y nunca piensa porque nunca mira. Ni a la carretera, ni a las mujeres que conquista, ni al accidente de la pareja que acaba de conocer, ni a su sufrido amigo, que malvive de propinas, ni siquiera a la Torre de Pisa, que vemos reflejada en el parabrisas de su coche. Diez años después, el Jean Pierre Lèaud de “La maman et la putain” ya sólo será capaz de hablar y hablar: los nuevos perdedores son los que piensan demasiado.
Rossellini desnuda certeramente no a una generación, sino a una raza de aprovechados sin escrúpulos, que colonizarán el mundo a partir de ese momento y hasta nueva noticia; ¿dónde había ido a parar su humanismo? es la pregunta que todos debieron hacerse; la Ingrid Bergman de “Europa 51”, el De Sica (in extremis) de “Il generale della Rovere”, San Francisco de Asís, hasta los habitantes de “India” o el gesto final, todo lo efímero que se quiera, de los amantes de “Viaggio in Italia”, momentos preciosos de su obra en los 50, quedan borrados por la demoledora “Anima nera”, que al menos finaliza con una mirada llena de desprecio - el único primer plano del film - dirigida al protagonista, en un callejón sin salida, y a todos los que fuesen como él. Con toda la objetividad a la que siempre aspiró, cómo los debía aborrecer.
No es extraño que, como de costumbre, “Anima nera” sea un punto final para Rossellini. Ningún otro director necesitó tantas veces una sola película para decir su primera y última palabra sobre algo.


Johnson de esta obra total del screwball (antes de que se inventara), es tan de fiar como Longfellow Deeds o Jefferson Smith, pero lleva una vida bastante más dura y no pertenece a ningún sitio. Su palabrería no engañaría más que a un bobo y sus burlas y trucos van dirigidos a ridiculizar aquello en lo que no cree o le parece falso, pero no se lo pensará dos veces antes de jugarse el cuello por quien quiere.







