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| Schlußakkord. 1936 |
Esos tres cortos mencionados, realizados en su vejez (tenía 78 años cuando terminó el primero) y con graves problemas de visión, pero con autoridad aún para ejercer de guía para las "prácticas" de futuros directores que perpetuarían el dulce momento que por entonces atravesaba el cine alemán - la mayoría de los participantes terminaron en la TV -, han permanecido desde entonces muy inasequibles para gran parte de los cinéfilos, tal vez convencidos o confiados en que la dificultad para verlos proviniese de su carácter tangencial, dudosamente "autoral" dadas las circunstancias de su filmación - una buena ironía para quien pasó toda su vida estigmatizado como legionario de estudios - y definitivamente menor.
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| Summer Storm. 1944 |
Duele verlos en malas condiciones, intuyéndose concienzudamente pensados la iluminación y el color, pero duele más aún comprobar qué fue capaz de hacer de nuevo con materiales prestigiosos, de los que disfrutó relativamente poco (con permiso de Fuller y Ulmer, apenas Faulkner, Remarque, Chejov, Lagerlöf e Ibsen adornan su colección de libretos, abundando escritores mal conocidos, de mala fama o argumentos desechados o considerados inservibles por casi cualquiera) y en definitiva cómo fue capaz de imprimir la misma gran y lúcida huella dejada en sus mejores obras a pesar de llevar década y media retirado.
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| Thunder On The Hill. 1951 |
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| Sign Of The Pagan. 1954 |
Lo que tantas veces ocupó su mente, es decir, cómo deslizar opiniones sin que se notase demasiado ni menoscabase las posibilidades de éxito comercial de un film y cómo superponer una forma de ver el mundo a historias muchas veces extremas e improbables, se había transformado en un arte remoto e innecesario. Porque se podía decir todo, jaleándose derribos varios de códigos anteriores y porque el público ya no captaría casi nada de ese lenguaje sutil y antiesquemático.
Son tres obras fulgurantes, directas, casi brutales en su determinación, duras, complejas pese a no salir de una habitación y contar con apenas dos actores cada una, hermosas a pesar de que dos de ellas (las adaptaciones de obras de T. Williams) fuesen sudorosas, desesperadas e indigentes, sin nada que envidiar en definitiva a las grandes películas de Cassavetes, Bergman, Vecchiali, Eustache, Antonioni, Dwoskin, Visconti o Biette que las flanquean y definen una época para el cine.
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| Battle Hymn. 1956 |
Su altiva dama dispuesta a aleccionar sobre el verdadero amor a un pequeño y patético donjuan una noche de fin de año parecía una moderna encarnación de Barbara Stanwyck hasta en cómo lucía las estolas de piel.
Es un espectáculo ver cómo la cámara capta las palabras y los gestos desplegando brillantemente una batería de distancias y movimientos que abren vías de expresión desde el origen teatral, cómo se aproxima hasta aprisionar a los actores en un encuadre y cómo los devuelve a la seguridad de su libre desplazamiento para que se repongan, brillando los matices sin necesidad de referencias externas que contextualicen el discurso, "contradiciendo" esa virtud que empezaba a ser consensuada como el gran valor de su trabajo en la Universal y aún antes.
Y no es un factor ventajista como la elegancia - de la opulencia del escenario y las delicadas e irónicas réplicas - lo que propicia que reviva su inspiración: el mismo respeto, la misma espera para saber encontrar la verdad y la humanidad, la misma maestría compositiva y narrativa - medida hasta el último centímetro, nunca acelerada ni estilizada puerilmente - luce en las decadentes pensiones donde se desarrollan los "combates" de quienes conviven con la mugre en "Sprich zu mir wie der regen" y "Bourbon Street Blues", entre botellas de Nightrain vacías, cucarachas volantes y neones intermitentes para ambientar el insomnio.
| Locarno. 1982 |































