A veces sucede esto y no hay perspectiva ni mirada entornada que permita comprender y menos aún aceptar la ceguera y la crueldad que campa a sus anchas por una obra, que, sin embargo está esculpida por planos y escenas justas; la precisión y el rigor que demandaría esa justicia que nunca hace acto de presencia, sea pequeño o grande el agravio sufrido por sus criaturas. Las ideas de puesta en escena, son simples y hondas, nada más y nada menos que eso. Y además están moduladas por una banda sonora esencial, sin acentos abstractos. Es desde luego lo que mejor convenía a su premisa: una chica queda embarazada, sin mediar matrimonio, y se esconde de la comunidad, temerosa de sufrir represalias. Un niño, que ha sido llevado al pueblo por su padre para estudiar, será su única compañía.
Una restauración no solo hace brillar de nuevo planos borrosos o afina sonidos ahogados, como se suele pensar, sino que puede recuperar el ritmo y las rimas originales de un film, fundamentales si las palabras que se pronuncian ni explican ni profundizan en su relato. Es el caso, porque ni una sola de las pronunciadas en "Ghatashraddha" se inviste de trascendencia alguna ni adorna un ápice lo narrado. Sus bellezas de puesta en escena por tanto penden de hilos como un contraste de encuadres, un closeup que trata de distinguir una gota de sudor de una lágrima, si hay la menor mueca en una sonrisa y cambia de burlona a amedrentada, el aire limpio que queda a un lado o encima de una figura para comunicar su soledad o su desubicación.
La sequedad lírica se pasea siempre al filo de las más cotidianas tragedias, que pueden ocurrir o no, pero que aquí son presentidas, quizá hasta necesarias para que no se desmorone todo. Como en las añoradas playas del "Tabu" de Murnau, anida en la tierra de serpientes de "Ghatashraddha" lo ineluctable, lo que está escrito, la ausencia absoluta de razón... que conduce a circunstancias tan actuales como el acoso, el machismo, el poder incontrolable de la maledicencia, la condena pública para expiar pecados privados o la intolerancia hija del analfabetismo.
Nuestros protagonistas las padecerán desde que tienen forma de molestia hasta que es demasiado tarde para salir indemne. El pequeño Naani no entenderá nada de cuanto suceda pero sentirá el miedo, el instinto de protección, el dolor del ultraje. La pobre Yamuna sabrá desde el principio cuál será su ventura pero ni sospecha que pudiera aparecérsele un cómplice. Cuando se sientan rodeados, permanecerán impasibles, no buscarán argumentos ni armas para defenderlos. Dejarán crecer un vínculo que no los protegerá, pero que será lo primero para él y lo último para ella que merezca la pena sentir.



















