Se acaba de publicar el tercer número de la revista Narrow Margin, a la que contribuyo con un texto sobre el film "God told me to", dentro del especial dedicado al cineasta Larry Cohen.
𝕦𝕟 𝕓𝕝𝕠𝕘 𝕔𝕠𝕞𝕞𝕖 𝕝𝕖𝕤 𝕒𝕦𝕥𝕣𝕖𝕤
sábado, 4 de abril de 2026
domingo, 28 de diciembre de 2025
CUENTAS ANUALES
25 RECIENTES (desde 2020)
Historias del Buen Valle (José Luis Guerin, 2025), Le cinquième plan de La Jetée (Dominique Cabrera, 2024), The shrouds (David Cronenberg, 2024), Trois amies (Emmanuel Mouret, 2024), Le città di pianura (Francesco Sossai, 2025), Por la pista vacía (Pablo García Canga, 2022), Becoming Led Zeppelin (Bernard MacMahon, 2025).
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Little, big and far (Jem Cohen, 2024), Miroirs nº 3 (Christian Petzold, 2025), Miséricorde (Alain Guiraudie, 2024), Pepe (Nelson Carlo de los Santos Arias, 2024), Un balcon à Limoges (Jérôme Reybaud, 2025), Ce n'est qu'un au revoir (Guillaume Brac, 2024), Hanami (Denise Fernandes, 2023), Throwing in John Ford's movies (Hasumi Shiguéhiko, Miyake Shô, 2025), The life of Chuck (Mike Flanagan, 2024).
e incluso:
Le coeur du masturbateur (Michael Salerno, 2024), La pie voleuse (Robert Guédiguian, 2025), Drømmer (Dag Johan Haugerud, 2024), Morlaix (Jaime Rosales, 2025), Little boy (James Benning, 2025), Le deuxiéme acte (Quentin Dupieux, 2024), Ella McKay (James L. Brooks, 2025), La prisonnière de Bordeaux (Patricia Mazuy, 2024), Je suis déjà mort trois fois (Maxence Vassilyevitch, 2025).
NO TAN RECIENTES
Bakit bughaw ang langit? (Mario O'Hara, 1981), Asu wa nipponbare (Shimizu Hiroshi, 1948), Glória (Manuela Viegas, 1999), Totsugu hi made (Shimazu Yasujirô, 1940), American Playhouse: Pilgrim, farewell (Michael Roemer, 1980), Acuérdate de vivir (Roberto Gavaldón, 1952/3), Georges de La Tour (Alain Cavalier, 1998), Mogura yokochô (Shimizu Hiroshi, 1953), Haha no omokage (Shimizu Hiroshi, 1959), La promessa (Valerio Zurlini, 1970), The thief's wife (Allan Dwan, 1912).
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Yue guang xia wo ji de (Lin Cheng-sheng, 2004), Waterloo Bridge (James Whale, 1931), Joe Dakota (Richard Bartlett, 1957), Die todesschleife (Arthur Robison, 1928), Jenseits der strasse - Eine tragödie des Alltags (Leo Mittler, 1929), A vida invisível (Vítor Gonçalves, 2013), La tratta delle bianche (Luigi Comencini, 1952), Senba zuru (Masumura Yasuzô, 1969), Polizeiruf 110: Wölfe (Christian Petzold, 2016), Matière grise (Kivu Ruhorahoza, 2011), Anne Marie (Raymond Bernard, 1936), Kanya ya ma kan, Beyrouth (Jocelyne Saab, 1995), Variations (Nathaniel Dorsky, 1998), Ahasin polowata (Lester James Peries, 1978), The Nile Hilton incident (Tarik Saleh, 2017), La chambre obscure (Marie-Christine Questerbert, 2000), The other woman (Hugo Haas, 1954), Edad difícil (Leopoldo Torres Ríos, 1956), Two rivers (Peter B. Hutton, 2001/2), Yoru no henrin (Nakamura Noboru, 1964), Do céu ao rio (António Reis & César Guerra Leal, 1964), Painéis do Porto (António Reis & César Guerra Leal, 1963), Peter Tscherkassky – kino aus der dunkelkammer (Sven von Reden, 2014), La desazón suprema. Retrato incesante de Fernando Vallejo (Luis Ospina, 2003), Oblivion (Stephen Dwoskin, 2005), Elle (Valeria Sarmiento, 1995), Stars and stripes forever (Henry Koster, 1952), Die Benefiz-Vorstellung der vier teufel (A. W. Sandberg, 1920).
sábado, 29 de noviembre de 2025
JLG
Para este recorrido por los dedicados al cine de Jean-Luc Godard, escribí un prólogo.
Simultáneamente se publica otro con los artículos acerca de Alfred Hitchcock y no serán los últimos.
A la venta en breve.
viernes, 12 de septiembre de 2025
A MI PESAR
Otro gallo hubiese cantado al cine de Catherine Breillat si hubiese resuelto más películas como lo hizo cuando filmó su segunda obra, "Tapage nocturne" en 1979.
No se le ha podido negar a esta cineasta, aunque tal vez ahora ya sí, su obstinada audacia, los riesgos que ha solido correr, sobre todo porque los entendió como necesarios; incontables ejemplos de mala praxis, muy lucrativas, detonan por doquier en toda clase de películas a vueltas con los temas que le suelen interesar. Tal vez Breillat nunca logró sentirse del todo cómoda en el tono y la distancia y volvió una y otra vez a tratar de encontrarla, porque a por respuestas no parecía nunca ir.
La hondura es otra cosa.
Cuando otras veces ha alcanzado la plenitud o la ha rondado ("Sale comme un ange" de 1991, "Breve traversée" de 2001), coincide como en "Tapage nocturne" que ha borrado todo rastro de investigación, de tesis. No es la única vía para filmar la intimidad, pero una de las más fértiles. Y no es sencilla. Basta con pensar que se trata de impedir que sus espectadores sean voyeurs sin que puedan adoptar el muy amplio rango de puntos de vista que tratan pertinazmente de travestirnos para que no experimentemos el vértigo de mirarnos y mirar de verdad. No es poca cosa evitar tener enfrente no solo a los onanistas habituales, tampoco a terapeutas, detectives, policías o asistentes sociales, quitando a todos los asideros y tapando los escondites, dejando a cada cual frente a sí mismo.
En "Tapage nocturne" sin embargo se libera Breillat de algo más, de un límite narrativo.Aquí habría que hacer una precisión o quizá una imprecisión. Estamos en el territorio de Jean Eustache y de la cascada que mana en el cine francés desde la venida de Jean-Luc Godard y la modernidad equivalente al cine en primer(ísim)a persona. Empuñar una cámara sin el amparo de un estudio y quizá ni siquiera de un equipo de colaboradores acreditados, hizo también más personales a las películas porque les permitió virar radicalmente de intereses. Desde la contemplación con toda la mesura y el sentido de la justicia posible de lo extraordinario (hasta el punto de convertir en ordinario lo que muchos nunca ven con sus propios ojos: el amor, el heroísmo, la maldad) se pudo pasar a filmar inestablemente lo más vulgar, en el sentido de lo más corriente: el tedio, la insensatez, no ya a los inadaptados sino a los que deambulan por la vida sin que les importe lo más mínimo el futuro.
Breillat prescinde de una historia como tal, se acerca peligrosamente a sí misma, se contradice y al mismo tiempo se afirma a cada paso. ¿En qué? Quizá en una idea de lo sagrado del placer, sucio, a costa de marchitar el cuerpo, pero que nos pertenece.
Por donde caminaban Maurice Pialat, Jean-Claude Brisseau o Philippe Garrel, a tientas, como nuevos salvajes - ah, los hijos de Nicholas Ray - se puede encontrar a Breillat por confiar en ella misma y en una actriz extraordinaria.
Un rellano de una escalera que se queda a oscuras y sirve para hacer una elipsis prodigiosa, cuartuchos inmundos y bares, aún más feos y más llenos de gente que se cree con derecho a saber qué quieres con solo mirarte, camas y más camas y los más absolutos silencios que tanto anhela sean cómplices nuestra protagonista... el film entero está modulado por la iluminación de Jacques Boumendil, que parece sencilla y funcional. El gran cine francés y sus milagros.
Sin escucharlo, se podría disfrutar de la película como de un paisaje y no es la belleza su mayor baza, sino algo muy cinematográfico: cómo se eleva una comunicación desde el estruendoso ruido de los ambientes por obra y gracia de lo que queda a la vista y lo que se oculta.
De la actriz no sabría bien qué decir. Dolería demasiado empezar por el final, diciendo que murió apenas un lustro después, con treinta y tres años, de un ataque al corazón. Así que honores para ella. Son aún los años 70 y recordaré siempre las interpretaciones de Romy Schneider con Andrzej Zulawski, Marlène Jobert con Maurice Pialat, Ottavia Piccolo con Mauro Bolognini, Nora Aunor con Lino Brocka, Ingrid Caven con Reiner W. Fassbinder, Hèléne Surgére con Paul Vecchiali, Mizuhara Yukî con Sone Chusei o la de Jenny Agutter con Monte Hellman, por citar varias de las que me parecen más conmovoderas, pero lo que es capaz de hacer Laffin en esta película admite poca competencia. Vulnerable, destruida, exultante, carnal, cadavérica, confundida por ella misma y por los demás, desnortada, aniñada, desubicada (la increíble escena de la grabación musical en el estudio), plena y vacía, a veces en el mismo plano... un despliegue de recursos incomparable sin una sola línea de diálogo "importante" que echarse a la boca, en penumbra, anónima, indescifrable.
miércoles, 3 de septiembre de 2025
UNA ETERNIDAD
Desde los viejos, los locos tiempos en que conoció a su compinche Carlos Mayolo o al inolvidable Andrés Caicedo, en aquella Cali todo lo opuesta que se pueda ser al Macondo de turno, esa ciudad más parecida a Tromaville que a Gotham City y a la que rebautizaron como Caliwood, Ospina se rio a mandíbula batiente de la vida y de la muerte, sin querer nunca ser conciencia ni voz de nadie o representante de nada, pero resultando siempre un verso suelto y sus films unos espejos que devolvían las feas estampas de las brujas de su tiempo.
No sirven de pista las imágenes de "Johnny Guitar" o las de "Citizen Kane" que escupe el televisor en dos planos para entender "Pura sangre", un aquelarre que sí puede convocar al Fritz Lang de los Mabuse, al más afilado cine mexicano bajo el influjo de Buñuel, al cine negro norteamericano, a "Les yeux sans visage" de Georges Franju y, indirectamente, a los cineastas experimentales que habían construido como Ospina su obra sin dinero, sin apoyo institucional, sin público y, a veces, hasta sin cámara.
Filmada con entusiasmo, toda nocturna, borracha y desvergonzada, "Pura sangre" va a parar a la orilla de dos personajes ajenos a los sucesos narrados, el venerado, que no venerable, magnate azucarero y el zombie al que acusan y que habla de crímenes que tal vez solo habrá cometido en un delirio de drogas o alcohol. Dos muertos vivientes sobre los que cargar las tintas de la leyenda porque la verdad es insoportable.
lunes, 21 de julio de 2025
LA LEYENDA DEL TIEMPO
"Ghazl...", desde su primer plano panorámico en un cementerio y en cualquier bloque tomado al azar, solo se interesa por pequeños gestos de liberación, renacimiento, abandono o esperanza, a menudo absurdos o inconexos, con un componente surreal que no sé si desprecia, pero desde luego atiende muy de reojo a la Historia que se escribe desde las alturas o la lejanía de los acontecimientos. Un cine de gente que sueña con restituir la que una vez fue su vida y no sabe una palabra de política.
Es interesante por ello que el componente nostálgico, como siempre en sus películas, pese pero cuente siempre mucho menos que el presente, en un credo semi-rosselliniano. Lo que regale el día a día, así si son fugaces oportunidades para la plenitud, es lo único con lo que se puede contar. Cuando filtradas por sus grandes piezas documentales remanece el pasado, adopta extrañas formas. Aquí son palacios desastrados, viejas películas en blanco, gris y negro, relojes de cuando el tiempo no se equivocaba... pero ningún personaje querría reverdecerlo porque es lo que seguía y les fue arrebatado lo que les falta.
Está llena la película de bellezas atribuladas. Un ramito de flores que sale en vez de entrar en un camposanto, una colada al pie de una tubería rota, unos niños en un charco que es su piscina, un estadio de fútbol derruido donde poder pintar una rayuela, un francotirador ebrio amigo de las historias de verdad, la huella de un pie en un lienzo, una cabra maquillada como Sabah...
Ni las dificultades, ni los giros y parches de producción - ni con la presencia de Juliet Berto pudo estabilizarse el proyecto - ni sus agujeros y abreviaturas le restan un ápice de misterio y hasta lo redoblan. ¿Qué podría menoscabar una mirada, una nota de saxofón y un encadenado al mar?
sábado, 19 de abril de 2025
SIN TÍTULO
Alguna vez me gustaría ver a Pablo García Canga filmar un western.
Una película con héroes o con gente que no pide ayuda a cosas, pero no dudaría en hacerlo a personas, gente que no necesite creer en Dios ni tomar medicamentos, pero que se quiebra delante un cómplice, para que se me entienda. Una película de aquel cine pleno donde campaban tantos personajes compuestos por Barbara Stanwyck y Errol Flynn y eran inocentes y se revelaban y se enamoraban y a veces mataban a lo que amaban, nada está escrito, pero al menos aspiraban a amar a lo que mataban.
Supongo que, bromas aparte, ni soñando despierto uno se imagina volver a ver eso, a ese cine, volver a sentir a Howard Hawks. Eso sería pedir un imposible. Ya no es justo pedirle eso a nadie, Aquí seguimos aferrados a los últimos fulgores, desde los tiempos de Nicholas Ray o de Eric Rohmer, años en los que pronto ya nadie no habrá ni nacido, mirando qué tal les va a los cineastas que saben que ya solo les quedan pequeños asideros a los que agarrarse para si ya no se puede filmar algo, dejarse la vida en tratar de hacerlo. También de esos detalles y clavos ardiendo venimos escribiendo desde entonces y quizás no hubiese existido la crítica cinematográfica, que ya hace tiempo que no existe, sin esa gente que se dio cuenta de que se les escapaba el cine, que estaban condenados a buscar verdades, que son las mismas de siempre, que no se han muerto, entre un montón, cada vez mayor, de mentiras. Y era pleno no porque aquel tiempo lo fue y este no lo sea, también Max Ophuls y antes Louis Feuillade añoraban y reconstruían y ninguno vino de Marte, aprendieron y ese es el único mecanismo frente al azar digno de ser tenido en cuenta. Supongo que era menos efímera la grandeza, grandeza entre la podredumbre moral que ha existido siempre, la que tenían sus colegas y la que era patente fuera del oficio, la de escritores, pintores, compositores y demás, muchos de ellos posibles contribuyentes a sus películas, tal vez reconocidos o tristemente anónimos pero de los que se podía saber por medios humanos, yéndolos a buscar, hablando, congeniando o enfrentándose a ellos. Tal vez también los que alcanzaban magisterios seguían aprendiendo y así hasta llegar a ser muy viejos y muy sabios, cosa que ya parecían cuando eran muy jóvenes y muy arrojados.
La verdad es que empezando a mirarlo por el final, a los créditos de este corto, "Por la pista vacía" (2022) y casi los de cualquier corto, uno ya duda de si todo esto no es más que una soberana tontería. Toda esa gente listada e implicada, o simplemente cumpliendo con su papel, algunos de frente y otros de perfil, supongo, juntados uno a uno. Reuniones para hablar de tus entrañas, eso debe ser preparar un corto. Y es solo media hora, tres, quizá solo dos, planos y una actriz. Mala idea multiplicar si ya cuesta sumar.
Pero claro, ¿dónde está la noche?. Cualquier noche en la que Ana se encontraba con Juan y trataba de ladear la cabeza para conocerlo sin que se notara mucho que sabía que si daba ese paso tal vez ya no sería capaz de dejar de quererlo, como de hecho parece que le sucedió.
Un plano secuencia de muchos minutos al menos es lo que necesito, bien prolijo, que desenrollara todo lo que bulle detrás de las palabras. Y a continuación imagino la cantidad de gente que haría falta y da vértigo. El último rollo del film lleno de letras y más letras: una empresa de coches de alquiler, otra de drones para sentirse la audacia de no filmar el plano cenital obligatorio, permisos de no sé qué Ministerio o Consejería o peor aún, subvenciones del fondo europeo, estatal, autonómico, local o un mecenas en sustitución de todo lo separado por comas anterior, imagino que ya no un laboratorio serio que no te pierda el negativo porque ya todo se hace con programas informáticos pero un antivirus legal te puede salir por un pico, un diseñador de vestuario, sobre todo para preguntarle qué se hace con la ropa de las películas, quién la usa después, si ya se utilizaron en otras películas anteriores o si acaban las prendas en almacenes del extrarradio, un catering que haga como que además de poner comida, vela porque nadie se intoxique, más de un productor por si a alguno lo trincan en el proceso, acuerdos de distribución, alguien que sepa poner en fila esos extraños logotipos técnicos que aparecen, rápidamente, al final como en los comerciales que veía Homer Simpson...
Dinero para que todos parezcan, eso, a gusto con tu quimera.
De modelos a escala, tan pequeña, del cine que podría filmarse, no se cansa uno nunca y debe seguir haciéndose como se debe seguir viajando o conociendo gente, por si acaso, por si se puede vivir un poco. Pero qué placer sería ver aparecer de repente las imágenes, imágenes que quieran ser palabras, volver a su materia.
No me extraña que la propia Ana borre sus pensamientos o no quiera mandarlos o simplemente piense que no quiere reconocerlos, menos aún que se conozcan. Si alguien se acuerda de Roberto Rossellini, como sucede desde que se le ocurrió aquella idea con la Magnani o en John Wayne hablando a una tumba, rememorando lo nunca expresado con palabras pero tantas veces con gestos, poniendo verbos y adjetivos donde antes hubo caricias y miradas devueltas, creo que se equivoca, porque Ana se debe haber dado cuenta de que ni eso puede ser, que no tiene nada, ni lo no consumado ni lo no expresado y es desolador, Queda un placebo, el placebo, la música, una canción de 1984, que al menos sea capaz de dar una vuelta cerca de donde andan los pensamientos o incluso le den forma al recuerdo.
Me llama mucho la atención el beso. El único que él le dio y que fue el principio del fin de algo que no había ni comenzado. De todos los elementos, es el de mayor calado de, esta, lo digo ya porque creo que se me ha olvidado, gran pequeña película. De repente ya no es un corto ni me podría parecer corto, qué cosas. Ese beso es un suceso de primer orden. Por ser único y estar sobrecargado de los matices que hubiesen traído otros, indescifrables y porque otorga, bonito verbo, un significado capital a aquello por lo que siempre malinterpretaban al más carnal de los cineastas, Carl Dreyer: un peso natural a lo físico, que lo es todo por mucho que nos empeñemos en negárnoslo.
De lo que ella sintió en ese instante creo que parte todo o es donde termina todo, mejor dicho. Que él se avino a darlo o que fue una concesión, quién sabe, que ese mismo beso se lo pudo haber dado a otra, a cualquiera de esas docenas de chicas que Ana cree que también, en el fondo, eran como ella y él podía elegir... es difícil saberlo. El misterio que ensombrece su rostro no permite hacerlo. Y le da vueltas y duda, cómo no hacerlo.
Caben dos reflexiones, que no opciones, llegados a este punto, que es el final.
La primera es pensar que como queda registrado para nosotros, que estamos escuchando todo y notando los requiebros de su voz y de su cuerpo, ya somos conscientes de lo que le sucede, aunque no esté muy claro, de alguna manera ya la estamos ayudando. Escuchar es muchas veces la mejor ayuda. Ahí está su herida y al menos vemos qué tal cicatriza, no podemos hacer más. La replicamos incluso. Seguro que alguien vivió algo que se le parece y otra vez retorna, cuando más lejos parecía.
La otra es más vulgar, pero no tiene por qué serlo, aunque sea la que encamina a la forma más repetida. El asalto a la intimidad es una muy dura materia cinematográfica y el abordaje termina arrancando algo a los personajes para utilizarlo y decir algo. Un ultraje si no se tiene cuidado. La solución clásica es llevar todo a una conversación y aprovechar las ventajas, linklaterianas de nuevo cuño pero tan antiguas como todas las demás, dejar correr la cosa, a su suerte y a ver qué puede entresacar cada cuál, sintiendo un recóndito orgullo por cada uno de los que se conmuevan. Es tan cómodo pensar que son muchos...
Gracias, Pablo, por dejarla a ella elegir.















