sábado, 11 de julio de 2026

TORRE DEL LAGO, VIAREGGIO

El cine de Paolo Benvenuti, pictórico y fuera del tiempo, transparente pero de resultados radicales, hecho de espaldas a cualquier corriente narrativa en no menor medida que respecto a las experimentales, sospecho que ha sido siempre arduo de dar a ver y apreciado por pocos cinéfilos. Si tocara hacer ya balance de su carrera, diría que no podría ser más que agridulce, porque de las apenas quince obras entre todos los formatos que tiene en su haber, solo un par se distribuyeron fuera de Italia y cosecharon una discreta división de opiniones. Del desapego que siempre lo acompañó tampoco podríamos eximir a sus propios compatriotas, que ni como "secreto mejor guardado" de su cinematografía lo categorizaron nunca. 

"Puccini e la fanciulla" (2008), si un milagro no lo remedia, será su último largometraje, cumplidos los ochenta años y parece que retirado del oficio desde la filmación de un corto posterior, en 2012.  

Los dieciocho años que han transcurrido desde que por última vez se embarcó en un proyecto importante no han servido para mejorar las cosas, pese a que, paradójicamente, ahora es sencillo contemplar gran parte de sus trabajos y reevaluarlo como cineasta. Habrá que pensar que precisamente porque todo es accesible es por lo que se perdió el interés por comentar, por discutir, por ser más justos y por todas las demás nobles acompañantes de la búsqueda.

Esta obra llamémosla final, virtualmente muda, breve, impresionista, sin intriga pese a centrarse en un caso de suicidio de una sirvienta, supuesta amante del célebre compositor, mientras trabajaba en la ópera "La fanciulla del West" (1910), es cierto que tiene pocos asideros más allá del más evidente, el esplendor primoroso de sus encuadres. Otra aparente contradicción asoma entonces y es que la esmerada belleza desprovista de los más vulgares efectos de progresión dramática parece que nunca es suficiente para los que se aferran a lo verosímil como máxima narrativa... pero tampoco para los que huyen de tales postulados y se acomodan en, irónicamente, tan intrincadas como academicistas vanguardias. 

Benvenuti no ilustra un caso, ni cuenta una historia dentro de la Historia, sino que circunda los escenarios que contemplaron de cerca los hechos, los sueña y los vuelve a pensar, no muy diferentemente de como como hace la cineasta chilena Valeria Sarmiento con el cine negro, estando en esta ocasión de fondo la ajetreada creación de una de las últimas obras mayores de un músico cuya naturaleza marca el ritmo de las secuencias. Efectivamente, se trata de un maestro - uno de tantos de los que nadie aprendió y que fueron ferozmente criticados en su día - con clara tendencia a no terminar o dejar incluso solo pespunteadas sus ideas y a "pervertir" uno a uno los códigos de su tiempo. No es extraño por ello que a casi todas las asociaciones de planos aquí presentes parezca faltarles uno, explicativo o de continuidad, que permita imaginar la siguiente.


Siempre fue así en el cine de Benvenuti, pero importó menos, porque sus imágenes cortaban como el acero y cualquier resuello se convertía en una gema humanista. Me refiero a aquellas sombras de Carvaggio de su film de 1992, "Confortorio", a las estilizaciones dreyerianas  de "Gostanza da Libbiano" de 2000 - de las pocas muy apreciadas y favorita de Aprà - o a los "restos anómalos de la política según Straub" - en afortunada frase de un crítico del Corriere della Sera - de "Segreti di Stato", 2003, en la que tanto se olvidaron de hablar de Rossellini. Todas ellas precisas, sobrias y con predominio de claroscuros. En "Puccini e la fanciulla" aparecen muy al contrario matices clásicos, dulces panorámicas, la naturaleza y el rubor de los sentimientos, susurros entre convenciones hasta que se tornan furibundos cuando se saben del dominio público, como lo hubiese hecho un moderno Mizoguchi. ¿Realmente aún faltaba algo?, y si es así, ¿qué?.

En esta aventura en pos de la más absoluta elocuencia de cada imagen, prescinde incluso Benvenuti de un recurso que tan bien funcionó en "Tiburzi" (1996), el de la voz en off, que hubiese amortiguado en parte el decurso del film y complacido a lectores y oyentes, a los que obliga a mirar y sentir sin comprender cabalmente cada gesto, tan de cerca como para no poder dejar de hacerse preguntas y olvidarse de las respuestas. Multiplíquese la ecuación en términos históricos y se arribará al cine de algunos de los gigantes portugueses, como Paulo Rocha o Manoel de Oliveira

Responde así Benvenuti a una demanda fundamental de la construcción del film, escrito por Paola Baroni, tanto como para figurar en las filmografías como coautora. Baroni, como ya hizo en las dos anteriores obras de Benvenuti, arma una red laberíntica de secretos bajo la que laten las más ancestrales pulsiones humanas. De numerosos de esos misterios seguiremos sin saber nada, pero de cómo las vivieron y sintieron sus protagonistas, todo, salvo uno, el reflejo en la partitura de Puccini, de dónde proceden las notas que surgen de las vivencias y se convierten en abstracta música.