Contemplada desde las varias distancias que nos separan de ella (la India rural, hace medio siglo) y con los ojos pendientes de mediums tan inocentes como un niño y una joven perdidos en la corriente, sin remisión, puede resultar estrictamente ajena y casi insoportable la peripecia de "Ghatashraddha" (1977), debut de Girish Kasaravalli y una película largamente deslucida por la deficiente calidad de la copia disponible hasta que vio la luz una espléndida restauración de 2024.
A veces sucede esto y no hay perspectiva ni mirada entornada que permita comprender y menos aún aceptar la ceguera y la crueldad que campa a sus anchas por una obra, que, sin embargo está esculpida por planos y escenas justas; la precisión y el rigor que demandaría esa justicia que nunca hace acto de presencia, sea pequeño o grande el agravio sufrido por sus criaturas. Las ideas de puesta en escena, son simples y hondas, nada más y nada menos que eso. Y además están moduladas por una banda sonora esencial, sin acentos abstractos. Es desde luego lo que mejor convenía a su premisa: una chica queda embarazada, sin mediar matrimonio, y se esconde de la comunidad, temerosa de sufrir represalias. Un niño, que ha sido llevado al pueblo por su padre para estudiar, será su única compañía.
Una restauración no solo hace brillar de nuevo planos borrosos o afina sonidos ahogados, como se suele pensar, sino que puede recuperar el ritmo y las rimas originales de un film, fundamentales si las palabras que se pronuncian ni explican ni profundizan en su relato. Es el caso, porque ni una sola de las pronunciadas en "Ghatashraddha" se inviste de trascendencia alguna ni adorna un ápice lo narrado. Sus bellezas de puesta en escena por tanto penden de hilos como un contraste de encuadres, un closeup que trata de distinguir una gota de sudor de una lágrima, si hay la menor mueca en una sonrisa y cambia de burlona a amedrentada, el aire limpio que queda a un lado o encima de una figura para comunicar su soledad o su desubicación.
La sequedad lírica se pasea siempre al filo de las más cotidianas tragedias, que pueden ocurrir o no, pero que aquí son presentidas, quizá hasta necesarias para que no se desmorone todo. Como en las añoradas playas del "Tabu" de Murnau, anida en la tierra de serpientes de "Ghatashraddha" lo ineluctable, lo que está escrito, la ausencia absoluta de razón... que conduce a circunstancias tan actuales como el acoso, el machismo, el poder incontrolable de la maledicencia, la condena pública para expiar pecados privados o la intolerancia hija del analfabetismo.
Nuestros protagonistas las padecerán desde que tienen forma de molestia hasta que es demasiado tarde para salir indemne. El pequeño Naani no entenderá nada de cuanto suceda pero sentirá el miedo, el instinto de protección, el dolor del ultraje. La pobre Yamuna sabrá desde el principio cuál será su ventura pero ni sospecha que pudiera aparecérsele un cómplice. Cuando se sientan rodeados, permanecerán impasibles, no buscarán argumentos ni armas para defenderlos. Dejarán crecer un vínculo que no los protegerá, pero que será lo primero para él y lo último para ella que merezca la pena sentir.



Quizá por eso, en la impresionante escena del intento de suicidio de
Yamunakka, no se siente ella transgredir lo que ni los hombres osan hacer - desafiar el mandato ancestral del santuario de cobras - sino que deja traslucir el único veredicto que acepta, el de la naturaleza.
Naani la acabará mirando como a su madre y se apresurará a taparla cuando la encuentre desnuda, en la misma posición de dar a luz. De nuevo lo atávico y lo telúrico, como una planta que nace de un puñado de tierra húmeda y se marchita abandonada por la luz.
Pudiera haber equívocos con "Ghatashraddha" si se tiene en cuenta la formación de su autor, básicamente moderna, recibida en aquellos días en que Antonioni, Kubrick y Fellini eran la brújula de ocho de cada diez cineastas, pero, merced al profundo conocimiento de la idiosincrasia de su pueblo, no hay ningún elemento desapegado de este territorio inhóspito, semi enterrado en un lodo apelmazado durante cientos de años por las supersticiones y el clasismo, del que se levantó un nuevo país tras el final de la guerra y con la independencia. Lógicamente y al contrario que en tantas películas indias, ni una palabra en inglés se oye en todo el film, tal vez ni un británico pisó estas tierras y hasta es posible que ni la civilización esté tan cerca como parece de este remoto suroeste del continente.
Qué fácil hubiera sido para Girish Kasaravalli mirar como un extranjero, desentenderse de las tradiciones y proclamar una nueva manera de hacer las cosas frente al pasado. Muy al contrario, se toma su tiempo para, por ejemplo, describir las bromas pesadas y la persecución a la que son sometidos los protagonistas - pero especialmente el niño - por un par de chinchosos que solo agachan la cabeza ante quien puede ejercer más violencia. O para darle importancia a la insidiosa vecina que sospecha que algo le pasa a Yamuna y le ofende no averiguarlo. Estas escenificaciones, repetitivas, que no hacen avanzar el relato, son necesarias para dibujar un universo cerrado, del que no se puede escapar, donde no tiene cabida forma alguna de progreso y donde pueda ser natural celebrar una ceremonia funeraria por alguien que no respeta el statu quo, arrebatando a la misma muerte la última palabra sobre su destino.
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