domingo, 19 de enero de 2020

LO MEJOR DEL AÑO

Como cada año, la revista online australiana Senses of Cinema compila listas de favoritos anuales.
En este enlace está la mía incluida.

jueves, 26 de diciembre de 2019

PINTAR EL SOL

Se pone a la venta "Pintar el sol: Víctor Erice", un libro retrospectivo sobre el cineasta vizcaíno.
Escriben para hacer un recorrido cronológico por su obra Miguel Marías ("El sur, 1983"), Javier Oliva ("El sol del membrillo, 1992"), Paulino Viota ("Alumbramiento, 2002"), Pablo García Canga ("La Morte Rouge, 2006") y José Andrés Dulce ("Vidros partidos, 2013"). Yo me ocupo de su debut, "El espíritu de la colmena" (1973).
Puede adquirirse en la web de Casa Ruiz Morote o contactando telefónicamente con ellos. Es una edición propia y la tirada es muy reducida.
 

viernes, 20 de diciembre de 2019

TICKET DE IDA A LOS ANGELES

La vuelta del célebre actor Fritz Kortner a Alemania tras su exilio forzoso provocado por el ascenso al poder del Partido Nacionalsocialista, se produjo en 1949, dieciséis años después de haber partido.
El público aún recordaba su temible silueta en los clásicos de la UFA, pero ya no había podido seguirlo en su periplo americano, donde trabajó con algunos ilustres cineastas autóctonos o expatriados como él (Edgar G. Ulmer, Joseph Leo Mankiewicz, Edmund Goulding, George Sherman, John Brahm, Jacques Tourneur) y, por razones obvias, mucho menos pudo verlo como azote del nazismo en películas de John V. Farrow o James P. Hogan.
Si no cayó en el olvido fue en parte gracias al ministro Goebbels, que no dudó en recurrir a icónicas caracterizaciones siniestras suyas de antaño para enrolarlo sin su permiso en "Der ewige jude" de Fritz Hippler, junto a otros judíos tan peligrosos como Albert Einstein, Charles Chaplin (!) o Ernst Lubitsch.
Un documental sobre su retorno ya hubiese sido interesante y más aún lo es "Der ruf" una película de Josef von Báky donde Kortner escribe e interpreta, fabula con hechos, imagina algunos y predice otros, para urdir una trama que en lugar de concernirle solo a él o por extensión a los artistas o los intelectuales, resulta tan pesimista como lúcida acerca de un país entero, un lugar donde parece que realmente solo hubiesen quedado caníbales y cobardes, como alguien le advierte en la comodidad de su hogar californiano cuando ya ha decidido volver.
El equilibrio de puesta en escena entre el reconocimiento alcanzado tan lejos de su tierra y la añoranza por ella, otorga a esos minutos iniciales tal dulzura que no importaría que la película se hubiese detenido más tiempo en esta fiesta de aniversario o quedado allí para siempre. Sobre todo por ellos, los jóvenes inoculados de la música de la vieja Europa, que combinan con la contemporánea, no tanto por los rijosos mayores, enfrascados en otra eterna disquisición sobre Goethe.
Pero el ambiente enrarecido de, por ejemplo, una de las últimas obras americanas en las que participó, "Berlin Express", acompañará, en cuanto comience el viaje, a estos fotogramas que no necesitan de ninguna clase de realismo para comunicar con verosimilitud la mayor de las desconfianzas sociales, políticas o culturales. Ni al italiano ni al francés ni al inglés: el cine alemán de la posguerra, facturado en el corazón del páis que provocó el neorrealismo, se parece como ninguno... al americano de los emigrantes.
 
 
 
Los puntos de vista diversos, la mezcla continua - está hablada más en alemán que en inglés conforme se acerca al paraninfo que una vez le repudió, pero los alterna todo el tiempo - es clave en "Der ruf", que dibuja un panorama desolador del presente y para el futuro, como si no hubiese sido suficiente con lo que había sucedido o, peor aún, como si nada hubiese sucedido. Las mismas intrigas, las mismas envidias, los mismos de siempre aprovechándose de los que no dudan porque no les enseñan a pensar.
Tan dramático es el paisaje que queda al clausurarse "Der ruf" que poco más quedó a Kortner por decir y a partir de entonces se dedicaría por completo al teatro, lo cual no debe llevar a pensar que utilizó al taquillero von Báky para disimular parte del discurso o venderlo mejor. No hace falta más que echarle un vistazo a la espeluznante "Via Mala" (1945, estrenada en 1948 tras ser prohibida) para advertir la complicidad que debió tener con lo que pasaba por la mente del cineasta húngaro, marcado como tantos otros por no haberse ido y haber filmado bajo órdenes del Reich.
De esta clase de reconciliación inexcusable es de la que habla precisamente el film.

jueves, 21 de noviembre de 2019

ALGÚN DÍA SOLEADO

"Les dernières fiançailles" es una de esas películas que nadie echa de menos no haber visto.
Pronto cumplirá medio siglo, triste efeméride para un triste ventura, la despedida de este mundo de dos ancianos que anhelaron sincronizarse para no quedar alguno de los dos solo.
Unas poco vistosas hechuras - actores casi desconocidos, espacios domésticos, sin música hasta la escena de clausura, pocas palabras, un premio de no sé qué cónclave católico -, el hecho de venir de una cinematografía como la canadiense, lejana en todos los sentidos y de un cineasta apenas notorio en los tiempos alborotados previos a esta obra como Jean Pierre Lefebvre, al que ya no se recuerda... todo contribuye al olvido.
Como para toda película de suspense, estas o cualesquiera otras líneas que tratasen de darla a ver o animar a buscarla, servirán más o menos, pero difícilmente restituirán el apreciable peso de estos fotogramas caseros enfrentados al mayor y más común de los misterios.
Solo con pensar que el más anónimo de los muertos conoce la respuesta a la pregunta que ningún sabio de las civilizaciones habidas y por haber ha podido responder, le concede una entidad a cada minuto y segundo menos que falta para tal momento, del todo desperdiciada en tantas películas donde es filmado puerilmente.
"Los relojes no pueden morir" dice Armand mientras pone cada día en hora al que tozudamente se retrasa respecto a los demás y debe ser la única frase que Lefebvre pone en su boca digna de ser llamada simbólica en noventa y tres minutos de discreto metraje, plantados en ese espacio final que debiera ser de lúcida recapitulación, velado sin embargo por el cansancio y las decepciones.
Naturalmente para él, enfermo del corazón o algo más agudo todavía por la expresión del médico que trata de convencerlo inútilmente para que se ponga en sus manos, la mirada no será tan limpia como fue, pero afronta lo que hace tiempo barruntaba. Dejará atrás lo poco que tiene y encomienda a ella tareas para conformarla: el pequeño huerto, las gallinas, la casa, la obligación de sentir la belleza de cada cosa como le remarca en un paseo como tantos que dieron y que ahora parece también querer legarle.
Rose en cambio tiene delante una ingrata misión para alguien con buena salud, quizá algunos años menos, ningún valor para ser su propio verdugo y no tanta fe como para atreverse a pedir vehementemente acompañarlo.
Cada vez que un encuadre la aísla, aparece primero una angustia que quisiéramos ver apaciguada en sus gestos; más tarde, cuando se conoce el desenlace, un placer en la admirable administración del tiempo por parte de Lefebvre.
La sencillez matemática de su puesta en escena acompaña sin épica ni casi conflicto a los personajes. Pasaron los años en que la vida estuvo llena de multiplicaciones y divisiones, sólo importan ya las sumas y las restas.
Encuadrado solo hay respeto y silencio.  
Lefebvre lo filma de espaldas a él mientras se pone sus dientes postizos y no hace falta ningún plano más para saber que el afecto que le profesa es el que se tiene a un padre.
Rose solloza un momento cuando él no la ve, en un bonito travelling con intensos verdes al fondo que no encadena Lefebvre a escena alguna de empeoramiento o confirmación de las dolencias de su viejo esposo. Si lo hace en su presencia, un tanto avergonzada por haber podido darle un único hijo que le quitó la guerra, no sirve el momento más que para un tosco ademán de él, un poco como aquellas caricias que profesaba William S. Hart en los albores del western mudo y que tanto me conmueven.
De ninguno de los dos sabemos casi nada y poco habría que saber me parece, pero basta con que cada espectador acote su indiferencia y se disponga a mirar un reflejo, el que podría ser de sus abuelos o sus padres, de ellos mismos o, en el peor de los casos, de lo que nunca serán, para entender todo.
Esto último tiene un valor decisivo.
No le dará sentido, ni será una bendición ni supondrá ventaja alguna, pero unido inextricablemente al vértigo del final está el agradecimiento por poder haber recorrido el camino en pareja.

martes, 12 de noviembre de 2019

DULCE EMOCIÓN

Como todas las películas accesibles de Ishmael Bernal, que por desgracia son aún pocas pero ya suficientes para advertir su magisterio, "Nunal sa tubig" alcanza un momento de colapso, un punto en que ya no queda nada que decir, poco que discurrir y no gran cosa que hacer salvo emprender otro camino o recomenzar el mismo. Un instante que no tiene por qué ser breve y que de hecho se suele componer de una batería de planos y contraplanos donde acuden personajes que han llegado al extremo en que ya solo les resta por expresar lo más habitual para los sentidos y lo más arduo de convertir en palabras, los deseos.
Sería llamativo que Bernal resolviese así tramas fácilmente vaticinadas y los clímax hacia los que convergen, pero desmintiendo la supuesta previsibilidad y sobreexposición - de situaciones, de gestos y de narrativa - atribuida a este cine popular, híbrido entre varios cercanos y alguno muy lejano y entendible por todos los espectadores como es el filipino, que lo haga de improviso, alterando puntos de vista y apelando a la íntima y absoluta comprensión de lo filmado, es de una arriesgada objetividad elíptica sin parangón contemporáneo; tal vez está más cerca Ishmael Bernal de los maestros del cine mudo que ningún cineasta de mitad de los años 70.
"Nunal sa tubig" es la más arquetípica y al mismo tiempo la más secreta de las películas que pueda uno imaginarse nacida en esa parte del mundo: tan coral, cotidiana, pobre, rural y a la intemperie de la naturaleza como pudiera suponerse, pero también, inopinadamente, resultando ser un melodrama atravesado por múltiples historias apenas insinuadas, un film político al fondo del constante trasiego desde y hacia la ciudad - o, tomando el límite más lejano, el sur -, un film sobre el matriarcado como lo dispuso en "La lotta dell'uomo per la sua sopravivvenza" Roberto Rossellini o una indagación sobre un espacio físico, un lago, que da y quita vida.
La precisión y la capacidad de penetración de la mirada de Bernal alcanza su cénit en este film disperso, sereno e inasible, en el que aplica justo el método opuesto que el utilizado en el que más se le asemeja de los suyos en cuanto a concentración y comprensión de lo observado, el torrencial y en gran medida improvisado "Manila by night / City after dark", de también repletos encuadres como este, dos cumbres pero no dos faros en una carrera tanto más apasionante cuanto más se pueda llegar a conocer.
Antes y después será capaz también de llegar tan lejos reduciendo todas las dimensiones posibles para poder centrarse en unos pocos personajes: el trío amoroso de "Ikaw ay akin", las parejas de "Relasyon" o "Hindi kita malimot", la madre soltera de "Pahiram ng isang umaga", la que no puede ni llegar a serlo en "Hinugot sa langit" o la, aún más solitaria que todas ellas, hacedora de milagros de "Himala", por ejemplo.
 
 
 
 
Una mujer que sospecha, unos pocos pescadores aislados o el lumpen nocturno de urbes estrepitosas, poco cambia en realidad porque entra siempre tan a fondo Bernal a conocer a sus criaturas que se difuminan las referencias externas y ni parece correr el tiempo ni haber un mundo fuera de plano, con lo que pocas brasas alimentarían al cine militante obligatorio del tercer mundo, el salvoconducto para que pudiera haber llamado a alguna puerta con esperanzas de ser escuchado y nombrado representante y voz de su cinematografía.
Será cada vez menos ambicioso formalmente Bernal en realidad con el paso de los años y hasta su prematura muerte, con lo que poco o nada debía inquietarle lucir semejante escarapela si no venía impuesta por los suyos, que sí le retribuyeron como mereció.
No se puede llegar más lejos de ese cruce de caminos en que lo que es inequívocamente tuyo pasa a pertenecer a los demás.
"Nunal sa tubig" no es más - y es nada menos - que el reflejo en celuloide de la aventura de quien quiso mirar sin camuflarse ni intervenir entre estas gentes iletradas (= que no saben nada que no necesiten) arrancando poesía de donde suele manar denuncia y drama de donde descendía la belleza. 

martes, 8 de octubre de 2019

PAREJAS

Entre los films perdidos más añorados, "Walking down Broadway" sospecho que no debe ocupar una de las primeras posiciones.
No siendo uno de los que vienen desde tiempo inmemorial envueltos en un halo de misterio legendario, los silentes, si era difícil medir su "cotización" poco después de 1932 cuando debiera haber visto la luz, quizá lo es más aún desde que su repudiado descendiente, "Hello, sister!" fue descubierto en los años 70.
En cada década y hasta esos años aproximadamente, fue menguando la nómina de inencontrables gracias a hallazgos en todo tipo de filmotecas, museos, archivos personales, etc., pero los filones se han ido agotando y ahora, que se dispone de más medios que nunca para rastrearlos, la sensación en cambio es de que se trata de una lista casi cerrada.
El fracaso final - y sin duda el más injusto, porque ni gastó más dinero del presupuestado, ni empleó más tiempo del previsto, ni desafió mucho más que otros contemporáneos los escrúpulos de los bienpensantes al mando - de Erich von Stroheim, desde entonces ya solo actor, tomó para la posteridad, como apuntaba antes, la malhadada silueta de un film sin firma, de nula o pésima fama, atribuido - pero sin responsabilizarlos - a los remontadores más o menos confirmados de entre los que la tocaron, Alfred L. Werker, Alan Crosland y Raoul Walsh.
No queda nada claro y hasta se complica y contradice todo, si además de leer los papeles oficiales,  transcritos en varios archivos, se les echa un vistazo a aventurados documentales y se consultan algunas biografías de dudoso rigor - al menos lo son las que afirman justo lo contrario de las otras - para discernir cuánto o qué pertenece a cada uno, incluido el maestro, en ella.
De todo y con todo se ha especulado, pues debe ser negocio rentable, pero a "Hello, sister!", el film que sobrevive y es accesible, poco caso se le ha hecho, como si su mera existencia fuese hasta un problema, como si se tratase de un bastardo con el que nadie sabe qué hacer.
Si las copias renqueantes o no muy gratas a la vista que han circulado durante años no lo lograron, la ya no tan nueva restauración en 4k debería por fin haber llenado de dudas o sencillamente haber dejado atónitos a quienes la hicieron de menos o perdieron el tiempo en tratar de averiguar - como si fuese lo único interesante al respecto - qué plano pertenece a quién. Han pasado varios años desde ese acontecimiento y parece que, una vez más, se ha tapado un error con otro mayor y una película tan extraordinaria como "Hello, sister!" no recuperará jamás el lugar que le corresponde.
Los porcentajes autorales poco deben importar al contemplarla. Si esta narrativa esencial, esta brutal cadencia expositiva, esta audacia sentimental, estos encuadres inéditos, esta dirección de actores y esta penetración en las entrañas de su época, hasta si son retazos de lo que pudieron ser, no pertenecen a Erich von Stroheim, en todo caso se trataría de la primera obra maestra - y la máxima de los dos primeros - de los cineastas citados, bajo el poderoso influjo de su cine, que no inspira, sino que invade y toma cada centímetro de celuloide.
 
 
 
 
 
La violencia y la descarnada presentación de hechos que campaba entonces a sus anchas y que tuvo que hacer intervenir al gobierno para cortar por la sano la degradación moral del cine americano, apenas atenúan la "incorrección" habitual de la obra de Stroheim, al que seguramente debieron parecerle baratijas muchas de aquellas películas escandalosas y estaba dispuesto a entregar un monstruoso doble de "The crowd" o "Lonesome", a costa de integrar la nómina de films sin solución de continuidad con los que se echa el cierre al mudo y a la América de Hoover, pagando tan alto precio como alguno de sus colegas. Recordemos "The struggle", "An american tragedy", "Scarface, shame of a nation", "Freaks", "Heroes for sale", "Man's castle" o "The half naked truth", por donde desfilan muchos de los momentos más duros y verdaderos que en el cine han sido.
Tal vez si no hubiese habido injerencias y las hubo desde su mismo debut, si digamos hubiese podido escribir su "Les faux-monnayeurs" o pintar su "Tod und Mädchen" particular, no hubiese prendido nunca la imagen de Stroheim como la de un degenerado extranjero con aires de grandeza, conminado - como eligió Lubitsch o supo en el futuro adaptarse Buñuel - a filmar con este predominio de lo latente en su cine, de las posibilidades sugeridas, que pueden o no materializarse, pero que iluminan el plano en cada momento hacia puertas y ventanas fascinantes. Esto brilla con fuerza, inequívocamente, en "Hello, sister!".
Y lo latente es simple cálculo: qué tan poco decir o mostrar para generar superlativamente deseo y codicia, suspense y misericordia, placer y terror.
Pocas veces puede reunirse un elenco de personajes tan zafios o, en el mejor de los casos, simples, modestos, ingenuos, contar una pequeña peripecia cotidiana redimida por el amor, interrumpido varias veces su ritmo con momentos humorísticos rayanos en lo patético y comunicar esta tensión sostenida, esta sensación continua de que literalmente cada escena puede terminar con un asesinato.
Lo más interesante de esa intensidad es que no viene acelerada o demorada artificialmente para hacerla notoria ni proviene de ningún desequilibrio compositivo. Cada segundo de película está filmado con una limpieza y una belleza en los cortes que no decae ni cuando el personaje de Zasu Pitts cae en una zanja de la calle o cuando la provinciana Peggy está a punto de ser violada.
Brillan las luces de Coney Island, abundan las sonrisas y hasta una comedia o un musical es o pudo ser "Hello, sister!", que extiende los brazos de sus set pieces hasta el cine de Donen & Kelly, y más allá, hasta Michael Cimino.

jueves, 26 de septiembre de 2019

GRANDES EXPECTATIVAS

El gran éxito de púbico de "Bolshaya semya" en 1954 - también en Italia, el segundo país donde más plateas llenó -, un por entonces muy comentado premio coral otorgado a sus intérpretes en el Festival de Cannes y el renombre que adquirió su director, Iosif Kheífits, son hechos que suenan desde hace muchos años a historias inventadas.
En realidad son algo mucho más triste que eso, son amarillentos recortes de periódico que despiertan tanta melancolía como indignación al volver a leerlos en cuanto se contempla esta película con ya muy poca fe en la justicia que debiera restituirle el lugar que merece.
Es una buena paradoja pensar que si hubiese contenido hipócritas proclamas políticas (solo se cuenta una "leyenda urbana" sobre Lenin; ni una palabra se dice sobre Stalin) o al menos hubiese sido oportunamente malinterpretada aprovechando su gran difusión, seguro que engrosaría las listas del cine de propaganda y de vez en cuando tal vez se molestaría alguien en comprobar qué colores pudo haber bajo los barnices. 
Pero la gente, aquellos espectadores, la hicieron suya simplemente porque "era como ellos".
Allí y en todas partes, en la medida en que fue permitido con retrasos y "filtros" varios, ese público asistió al esplendor de los mayores maestros, pero se adhirió también con fuerza - y sin hacer distinciones - al genuino cine popular, accesible y cercano para todos, pero olvidado críticamente desde siempre, aun si fue practicado por cualquiera de los grandes (y pocos no lo hicieron), con lo que la situación no ha hecho más que empeorar con el paso del tiempo. ¿Quién no mira ahora con cierto o absoluto desdén a "Torna!", "Scaramouche", "Wait 'til the sun shines, Nellie", "L'oro di Napoli", "Awaara", "The curse of Frankenstein", "Mát", "El rebozo de Soledad" o "Lili" e incluso a "The flame and the arrow", "When Willie comes marching home", "Japanese war bride", "The thing from another world", "La Tour de Nesle", "Pyaasa" o "Il generale della Rovere"?
Huérfana de defensores, como casi todas ellas, "Bolshaya semya" lleva ya sesenta y cinco años perdiendo hojas mientras mediocridades estilizadas se enredan no se sabe muy bien cómo a la Historia "oficial" y ahí permanecen. Siemprevivas de plástico que no cometen pecados capitales tan pasados de moda como tratar de no hundir a nadie en la miseria por muy incierto que parezca todo, o su reverso, no prometer algo a sabiendas de que no va a haber manera de alcanzarlo.
Qué suerte la de esos espectadores, ¿no es cierto?, probablemente inmerecida - ni a un lado ni a otro de la pantalla era nadie más listo ni mejor a mitad de los años 50 que en cualquier otra época -, vaya constelación de talentos al servicio de cinéfilos primitivos y ocasionales aficionados.
En cuanto pasen diez años y se empiece a hablar de decadencia, en las dos o tres décadas posteriores bien que se batallará por elevar el cine a esas alturas y en buena medida se conseguirá. Cuánto se escribirá, cómo se recuperará el pasado, qué bonitos serán los puentes que se edifiquen para conectarlo con el presente.
Ahora ya no hay tal empeño porque no existe tal problema: ya por fin - y es solo el principio -, nos merecemos el cine que tenemos y lo que no hay quien entienda es cómo se siguen rodando películas como "Mademoiselle de Joncquières", "Ad Astra", "Le chant du loup", "Amanda" o "Village rockstars".
Esta gran pequeña película soviética, donde todo el mundo habla por los codos y nadie sabe un pimiento de lo que ocurre fuera no ya del país, sino de más allá del astillero como no venga en un libro de álgebra o lo haya escrito Tolstoi, tiene una belleza plástica asombrosa, es un prodigio de claridad en su frenesí narrativo pero también de complejidad y emoción en sus momentos de calma y una divertida fábula sobre el relevo generacional.
En cualquier puerto o en ciudades interiores, seguro que hubo cientos, miles de abuelos que no sabían retirarse después de una vida de trabajo como Matvei, nueras desencantadas con el patriarcado irreductible que ellos y sus hijos representaban, como Lida, románticos empedernidos como Alesha o intelectuales de pacotilla que se creían mejores que todos juntos como el que está a punto de arruinar la vida a su querida Katya.
Con estos personajes desviando la atención constantemente no hay manera de presumir en condiciones de progreso industrial. Así, la coletilla que se repiten a menudo unos a otros de "sepultureros del capitalismo" para fraternalmente autodenominarse suena cómica en lugar de solemne, las innovaciones técnicas en el trabajo significan una nada disimulada catástrofe para muchos y la apertura a la dirección de mujeres - incluso más rápidamente de lo que lo estaban haciendo los diabólicos países occidentales -, choca con la imagen repetida, veintisiete años después (me refiero a "Devushka s korobkoy" de Boris Barnet), del mismo y ya por entonces mezquino y arcaico mandamiento gubernamental respecto a la concesión de una simple habitación a una pareja casadera.
Hubiese sido en vano.
No importaría lo que hagan decir o hacer a un personaje, que será verdad si el gesto y la mirada lo transmiten y lo sabremos de inmediato y nunca lo podría ser en caso contrario y también lo sabremos. Esa capacidad para dotar de entidad a un actor o actriz, erigir sus afectos y desapegos para que se muevan libremente, florece por doquier o no surge por mucho que se abone y exponga el encuadre y es uno de los secretos que unen íntimamente a los gigantes y a estos casi anónimos cineastas como Iosif Kheífits.