jueves, 14 de febrero de 2019

THE KIDS ARE ALRIGHT

¿Puede un film cambiar de género cinematográfico suprimiendo un solo personaje?
La respuesta - me temo que audacias como la de Hitchcock para hacerlo in media res no abundan - es hipotética y supongo que afirmativa, pero a costa probablemente de desnaturalizarlo. Muchos Matarazzo, sin villano desacelerarían de melodrama a comedia costumbrista; un Hawks sin una mujer, de comedia viraría a tragedia; un Guitry sin Guitry, en fin, no sería un Guitry.
Que el funcionamiento plausible de este recurso sea en el sentido contrario, cuando se suma un intérprete, no es siempre, por cierto, tan fácil de explicar. Las comedias "Love affair" / "An affair to remember" se convierten en melodrama en cuanto aparece en plano Janou... y así continúan cuando ella ya se ha ido, por mencionar el caso más misterioso.
En "Demi-tarif" (2003), la actriz Isild le Besco, con veintiún años, se atrevió para su debut en la dirección, no sé si calculando todas las implicaciones, a hacer las dos cosas al mismo tiempo.
Por un lado, suprimió a la madre de tres hermanos que viven en una ciudad cualquiera, haciéndola ausentarse sostenidamente, mientras ellos se las apañan solos, de día y de noche. La mayor seguridad o espontaneidad de los pequeños actores sin un mayor en los planos domésticos fue la razón logística, muy simple.
Le Besco refuerza esas escenas en casa, pero también las que protagonizaban desde la idea original solos (las del metro, la calle, el colegio o cualquiera de sus destinos habituales) con un carácter añadido, una voz en off retrospectiva y neutra, a veces casi ajena a lo que vemos encuadrado.
El efecto conjunto de ambas decisiones convierte a esta película, que pudo ser una indagación documental sin profundidad alguna, en una de las más asombrosamente inquietantes filmadas sobre la infancia y de paso la deja huérfana de referencias directas por mucho que se intuya a veces el parentesco con el Vigo de "Zéro de conduite", el Godard de los niños-hombres de "Les carabiniers" o "Bande à part", el que viene de tantas páginas de Astrid Lindgren o lleva a tantas letras y canciones de Johnny Thunders.
La fantasía de vivir sin adultos y sin que nadie hurte la idea de que los horarios o la educación son un engorro, siendo rebeldes en grado sumo - porque ni conciencia tienen de ello - colisiona con el texto recitado por quien parece ser uno de los niños años después.
Esas palabras a media voz, lejos de evocar la inocencia perdida, cercenan la vivacidad y el júbilo de cada episodio divertido o estrafalario que les acontece a los niños por el mero hecho de que cualquier espectador no puede dejar de interrogarse acerca de qué sucedió con ellos, si consiguieron vencer al imposible de crecer contra el mundo.
De ese lapso de tiempo desconocido y no de la zozobra que quizá sólo puede sentir un padre o una madre, nace tanta desazón y no poder obviarlo es lo que propicia que se presienta en muchos momentos la tragedia, injustificadamente.
Sucede cuando les descubren robando en una tienda o cuando se encaraman jugando a una baranda, pero también, con igual intensidad, cuando peligra su "secreto" porque la profesora les convoca para regañarles por ir poco aseados y amenaza con hablarlo con su madre, cuando se sueltan de la mano, cuando baja la luz o cuando alguno sale de plano; sin necesidad de orquestar ninguna sucesión de acontecimientos que genere presión o duda.
El híbrido fascinante de cine oral y juego con el tiempo lleva directamente a Chris Marker y a sus indagaciones sobre el poder de la imaginación, una potestad abandonada - traicionada, desde un punto de vista estricto - por este arte que nació además de para la belleza, para hacer sublevarse al intelecto y se ha transformado en un indigno instrumento mercantilista.
"Demi-tarif" no es, estrictamente, un film subversivo, pero mucho menos pedagógico: ya es tarde para todos.
Ojalá alguna vez haya una mejor posibilidad que el cine para hacer menos precaria a la memoria adhiriéndole las sensaciones experimentadas por otros, pero he aquí una obra que no puede ser calificada como de aventuras porque no cumple ni una sola de las premisas canónicas - ni extrañeza, ni viaje o lejanía del hogar, ni peligro, ni urgencia por recuperar la normalidad, ni aprendizaje -  y que se adscribe gentilmente a una de las utopías de la ingenuidad.

lunes, 11 de febrero de 2019

OTRA VIDA

La nívea cara de Sybille Schmitz es la imagen persistente de "Die unbekannte", olvidado gran melodrama del cine alemán, filmado por Frank Wisbar en 1936, a continuación de su relativamente célebre "Fährmann Maria".
Es una paradoja que sea precisamente ese fúnebre plano el que haya vencido al paso del tiempo - presidiendo el cartel, como imagen misma de la actriz protagonista donde quiera que se busque - y se hayan esfumado las bellezas de esta película tenue.
Y un precio demasiado alto.
Evitó mostrar un plano similar Max Ophuls al final de "Liebelei" y su reiterada ausencia permite que nunca podamos asociar semejante desdicha ni al rostro de Lillian Gish ni al de Louise Brooks, ni a los de otras, tantas veces trágicas pero vivas para siempre, con lo que dirimir ahora qué flaco favor ejerció el "realismo" o el atrevimiento de mostrarlo a Wisbar y su obra, no es muy provechoso.
Tampoco lo es establecer paralelismos a partir de esa imagen con la intrincada vida de la actriz que la protagonizó, siempre citada por sus escándalos y desgracias y rara vez por haber aparecido en esta película, de incógnito en un señero Pabst ("Tagebuch einer verlorenen") o en nada menos que "Vampyr" de Carl Th. Dreyer.
En la medida en que recordar el film algo sirviera, si no para combatir, al menos para atestiguar las injusticias que lo han menoscabado, no deja de sorprender cuántas son las virtudes que debieron hacerlo permanecer: sus transiciones, la musicalidad de sus diálogos y sus desplazamientos, los contrastes de la luz o, sobre todo, la contemplación de cómo se despliega la dulce claudicación de una resistencia, la de la misteriosa Madeleine.
La exigua felicidad de vivir desesperando a cuantos la codiciaban, se vendrá abajo por azar e inadvertidamente ante un científico con modales expeditivos, incorporado por Jean Galland - que había sido Fantômas para Pál Fejös años antes y que nos recuerda cuánto ha cambiado la figura del seductor -, ni el más apuesto ni el más rico de sus pretendientes, pero el único tan ajeno a su mundo como para ser capaz de consumirse en la misma duda de ella: abandonarlo todo y ante todos.
De la comedia al drama pasa Wisbar con una anotación en el libro de recepción de un hotel, una llamada telefónica y una canción, modulando desde entonces la gracilidad de movimientos de Madeleine, presa esta vez de uno de tantos interludios críticos de la vida de otros que componían la suya sin sentir el menor apremio.
El "otro" cartel de la malograda Sybille
Qué poco se necesita a veces para decir tanto. Sobre el vértigo de volver a mirar alrededor en busca de lo que se abandonó, por ejemplo, y que resulte ser la dignidad.
Y qué llamativo resulta que cuando levantó la niebla dejada por el famoso expresionismo - realmente dominado por muy pocos cineastas con los medios y el tiempo precisos para ello - aparezcan tantas películas como esta, no con una sino con dos plenitudes, luminosas y apolíticas a pesar del panorama y sean del mismo autor que, años más tarde, filmaría un par o tres de las películas más oscuras filmadas por un emigrante en USA (el misterio "Strangler of the swamp", entre Dwan y Val Lewton; el insólito triángulo amoroso de "Lighthouse", el paupérrimo y aún más original western de colonos "The prairie"), de vuelta a ese cine de los ángulos muertos que ignoraba la a veces sorprendente evolución del malhadado periodo 33-45.

miércoles, 30 de enero de 2019

FILMS DEL AÑO

Como ya es tradicional, la revista australiana Senses of Cinema reúne listas de favoritos del año recién finalizado.
Enlace a la mía, aquí.

viernes, 4 de enero de 2019

MIRIAM HOLT

Las deficientes condiciones de conservación y la pérdida de una bobina hacia los dos tercios del metraje que afectan a "Unseen forces", no son, no pueden ser argumentos para arrinconar a una de las más bellas obras silentes de 1920 y, quizá, el primer gran film de Sidney A. Franklin.
Los que hayan visto una porción suficiente de la obra posterior de este cineasta, la recuerden con aprecio y hasta la hayan conectado con la de otros, de alguna manera, afines, como Frank Borzage, John S. Robertson, William C. Demille, Tod Browning o Henry King, imagino que serán más proclives a aceptar los fastidiosos achaques que, incluso restaurada, aún la perjudican y seguirán haciéndolo al menos hasta que circule la copia completa aparecida en los archivos de la Filmoteca de Nueva Zelanda.
De todas formas, imaginar el rollo que falta o quitar importancia a las quemaduras del negativo, son problemas menores casi cien años después - qué extraño se hace contar ya el olvido de películas por siglos - porque es la determinación de un film como este lo que puede resultar inaceptable o increíble. Si en su día - y contemplándola en perfectas condiciones -, el espectador de entonces arqueaba la ceja o se sumía en el escepticismo ante sus elementos sobrenaturales, el de hoy lo haría ante su rectitud moral.
No basta, no obstante, ni antes ni ahora, con no creer en percepciones sensoriales para hacer de menos al film, debe carecerse o haberse perdido también la confianza en la justicia, en la capacidad para rectificar, en el amor... incluso en la posibilidad de que el azar brinde oportunidades y suerte.
En efecto, estando Franklin dispuesto a aceptar lo fantástico, lo que rige el pensamiento por encima o al mismo tiempo de lo tangible - una actitud llamativamente común en estas primeras décadas de la historia del cine, como es lógico, pródigas en románticos -, filma con tal fe en las posibilidades del cine para plasmar lo inexplicable, que no hace distinciones entre clarividencias y redenciones, fantasmas y redivivos y ni el paso del tiempo, ni ningún vicio del carácter, ni nada es capaz de doblegar la pureza o la verdad.
De casualidades, obcecaciones más allá de lo racional, rarezas, desgracias absurdas y milagros, está el melodrama lleno y lucen al fondo de las comedias que estos directores hicieron, algo así como si tocaran una melodía en octavas agudas que se percibe compuesta en otras más graves.
Los temores frente a los deseos, de los que hablaba Mourlet.
Pocas diferencias verdaderas entre la febril y emocionante "Smilin' through", autoremake en 1932 de su propia obra de 1922 y que conocería una tercera versión a cargo de uno de los antes mencionados (Frank Borzage, en 1941, la más conocida de todas) y la jovial "Private lives", su extraordinaria alta comedia de 1931.
Un secreto, quizá de los menos importantes, es que si, de repente, todos los elementos catalizadores pero estructurales del film (un abrazo, un baile a ciegas, unos niños desaparecidos, otra niña que no llegó a vivir) desaparecieran, si "Unseen forces" en definitiva se librase del suspense, de las dilaciones y de los desvíos provocados por ellos, tendría el mismo tono, viajaría a la misma velocidad, llegaría al mismo destino, dejaría el mismo poso y completaría una misma idea.
Esto se refleja de forma particularmente brillante en aquellos meandros "innecesarios" que la jalonan, como el episodio africano, dado en solo tres planos, o la proyección de la boda de Clyde y Winifred, momentos que aunque sucedan en otra unidad de lugar o pertenezcan al pasado, quedan impregnados, apenas introduciendo para ello una rima (Clyde ensimismado, tiempo después de haber decidido olvidar; el díscolo Crane interponiéndose torpemente delante de la cámara mientras acontece el beso nupcial) de la tensión y reclamando de la misma manera la atención del espectador.

domingo, 16 de diciembre de 2018

SOMBRAS DE GRIS

"Quiero intentar... me interesa intentar mirar las cosas un poco científicamente.
Intentar encontrar en todo ese movimiento de la multitud.
Los ritos de... no encontrar el principio de la ficción, porque las ciudades son la ficción.
El verde, el cielo, el bosque son la novela, el agua es la novela
La ciudad es la ficción.
La ficción es una necesidad y puede hacer bella a una ciudad.
Y los que la habitan son simultáneamente magníficos y patéticos."
(Algunas palabras hacia el final de "Lettre à Freddy Buache à propos d'un court-métrage sur la ville de Lausanne" de Jean-Luc Godard)

Un año antes de emprender el rodaje de "la película de su vida" -  no sé qué debo entrecomillar y por eso lo hago al completo -, la misma que le ocupa, por capítulos más o menos consecutivos o relacionados, desde el año 1991 en que filmó "Babel - Lettre à mes amis restés en Belgique" y que aún con "Funérailles (de l'art de mourir)" estrictamente no había finalizado en 2016 pese a tan luctuoso título, el belga Boris Lehman inaugura el itinerario realista y fantasioso de su propia filmo-biografía en Lausanne, la ciudad suiza en que nació un tres de marzo de mil novecientos cuarenta y cuatro.
Empezar por el principio no es un primer paso - y hasta puede ser el último - si hay pocas certezas acerca del camino que se queda delante, con lo que "À la recherche du lieu de ma naissance" apela a ese inspirador verso godardiano y busca denodadamente entre las pertenencias del cineasta y más allá, intuyendo de todas formas el inevitable fracaso.
En ese equipaje poco hay del lugar y del tiempo, de las circunstancias de aquel momento. A saber cuántos las comparten, cuántos nacieron en los mismos días, semanas o meses, antes y después, cuántos están marcados por la neutral Suiza del final de la guerra, hogar por un tiempo para tantos desplazados, ni acogedora ni alegre, fría por dentro y por fuera.
Las máquinas de escribir y los registros escritos con ellas, confirman cada pista y al mismo tiempo las constriñen a unas irrelevantes manchas, tal vez falsas, como las de tantos papeles de tiempos difíciles.
 
 
Mucho en cambio cree poder obtener el cineasta, demasiado joven para hacer epílogos, de lo que le es exclusivo, de su memoria, completando lo que no conoce mediante la de otros.
El juego, un poco como hubiera hecho Cocteau, le lleva más allá, a escenificar con toda naturalidad su pasado, secuencias que le son queridas y quizá importantes o que sin tener especial importancia, se le quedaron grabadas de niño por alguna razón. Para no hacer trampa, también registra a los actores antes de interpretarlas, salvaguardando con su medio, el cine, los recuerdos que tendrán ellos de toda la experiencia de ser otro.
Como no recurre al psicoanálisis, las memorias que convoca, aparecen y desaparecen, indiferentes al hecho de que puede haber una investigación. Tal vez los que vivan los años terribles aislados de las hecatombes colectivas, rememoren más tarde la paz y la tranquilidad dentro de un vacío grande y desconocido.
Son sin embargo los momentos más gozosos y los que le invitan a dar el paso que le faltaba y se ruede a sí mismo compartiendo con otros las alegrías del instante, que son todo lo que se tiene y se puede comprender cabalmente antes de que se desvanezcan y comiencen a combinarse con impresiones y sean, finalmente, libres.
Si se hubiese detenido ahí, habría parecido que daba por satisfecha una inquietud. Y que la ficción había sido un instrumento, un adorno incluso. No ha lugar.
Lo que viene después, la desilusión, las ganas de desandar el camino, de marcharse, el arrepentimiento incluso de haber llegado a plasmar la idea, deberían ser fáciles de comprender.
En su tierra natal, ocupándose solo de sus vivencias: siempre se sentirá un extraño.
El soliloquio de su creación era para ser y para sentir, no para fingir que sabía y percibía. Se atrevió a buscar delante de los demás sin ocultar nada. Se hace cine así o no vale la pena hacerlo.
Valió la pena. 

sábado, 3 de noviembre de 2018

LOS ROSTROS DE LA POLÍTICA Y LA ESTÉTICA

Como si fuera un apéndice, una variación breve y modesta a la sombra de "Histoire(s) du cinéma", la gran memoria del pensamiento cinematográfico erigida por Jean-Luc Godard durante una década, "Cinéma documentaire, fragments d'une histoire" es además una de las varias entregas desapercibidas y recientes de Jean-Louis Comolli, ya setenta y siete años y aún tan activo como siempre.
Tal vez por la coincidencia de que se estrenó en 1981 - año de mal agüero institucional en España -, su segundo largo, "L'ombre rouge", una historia de espionaje en nuestra Guerra Civil de sospechosamente pésima reputación - y que yo encuentro admirable -, la indiferencia cayó a plomo sobre cualquier cosa que pudiera hacer Comolli, lúcido observador y fabulador sobre lo que nos ocurrió en el pasado y pertinaz cronista de un asunto que decimos de boquilla nos importa mucho desde aquellos momentos de zozobra: la democracia y cómo se mueve, de dónde surge, que es la única forma de saber utilizarla sin quejarse, ni creernos víctimas de fuerzas inabordables; hablo obviamente de su serie de films "electorales" marselleses, que recorren una década de su producción.
"Cinéma documentaire, fragments d'une histoire" (2014), que quizá no tendría este aspecto epistolar, en capítulos, sugerente en conexiones hacia delante y hacia detrás en el tiempo, levemente épico, de no ser por la coda dejada por esa obra magna de Jean-Luc, es, como decía, un alto en el camino, un film retrospectivo.
Tanto es así que nada posterior a "La Cecilia", su, en otros tiempos clave, debut en el largometraje, aparece en el film, con lo que este es el pasado y su pasado, los cineastas que más le importaron de entre los que alcanzaron hitos en el cine documental, glosados en una suerte - siguiendo la terminología godardiana - de notas o momentos escogidos de una historia que ha debido ser siempre explicada y vuelta a explicar.
Desde los Lumière a Imamura, pasando por Vertov, Flaherty, Buñuel, van der Keuken, Resnais, Franju, Brault & Perrault, Bernstein & Hitchcock, Rouch & Morin, Pialat, de Seta, Debord o Marker, Comolli recuerda y anota en su libreta un torrente de ideas sobre sus películas y sobre la frontera entre documento y ficción, una línea difusa literalmente desde el principio, desde el primer plano de "La sortie de l'usine Lumière à Lyon", en el que vemos al encargado de dar la señal para la salida de los trabajadores que saben van a ser filmados y ya no caminan ni miran de la misma manera que el día anterior.  
Volver a todos ellos, tan atrás y tan lejos, trasluce además una de las más antiguas ambiciones de los cineastas "de su clase", la de mostrar lo inédito, ir a donde nadie antes fue con una cámara: entrar por primera vez en un iglú o un campo de concentración, acompañar a quienes nadie había prestado atención (los mineros, los pescadores, los matarifes, los habitantes de una región abandonada, los campesinos...), recorrer África o el Vietnam en guerra, llegando hasta las revoluciones filmadas por amateurs, las de los años 60.
Si se piensa en esas conquistas emprendidas desde el cine mudo y se levanta la mirada hasta las barricadas de estudiantes en París, las fábricas tomadas por huelguistas y la infiltración masiva de la televisión a todos los niveles y en todos los rincones, tenemos un final o quizá un principio. Quizá ahí estaban las últimas oportunidades de captar la pureza, la naturalidad, al hombre incontaminado por la rapidez del siglo... o quizá ahí nacía el primero que sería "libre" del celoso ojo del objetivo, el que iba a vivir tan acostumbrado a los medios de comunicación que llegaría a perder la noción de vida privada.
No lo son desde luego la camarera que filma Imamura en "Nippon sengoshi - madamu onboro no seikatsu"(1970),  las que más tarde rodarían Eustache o Wang Bing o cualquier otro testigo anónimo y tangencial de acontecimientos relevantes en sus países, pues solo logran sobrevolar ese límite porque lo hacen con la palabra, con el recuerdo evocado, que era lo único que tenían. Tal vez algún día, no tan lejano como parece, alguien deba de nuevo recopilar lo que le sucedió y no pueda acudir a las imágenes con las que lo saturaron, aunque supongo que antes debe mediar un ya inimaginable apagón mediático con trazas de hecatombe universal.
Lo que sí parece razonablemente improbable, vista la edad de los cineastas dotados para ello y los derroteros que toma el público que los olvida, es que alguien sea capaz de contar la "otra" historia del documental, la que se contempla desde la ficción. 
Qué bonito sería. 
Dónde surgió, en qué momento de tal o cual Ford o Ray, de aquel DeMille o de este Rivette, por qué sí en McCarey y no en Kubrick, una imagen, un hombre, un instante, se abstrajo del relato y reveló la más absoluta y desnuda verdad.  

domingo, 21 de octubre de 2018

MALAS CARTAS

Tanto como en el de Nicholas Ray, Jerry Lewis o Jean-Luc Godard y más aún que en el de Sam Peckinpah, Michael Cimino, Frank Tashlin, Monte Hellman, Aki Kaurismäki, Sam Fuller, Marlen Khutsiiev, Chuck Jones & Friz Freleng, Abel Ferrara o Blake Edwards, el reflejo y la encarnación del espíritu del rock n' roll, hay que rastrearlos en el cine de los años 20 a 40,  acudiendo a - y no solo a los pre-code - William A. Wellman, Ted Wilde, Raoul Walsh, Cecil B. DeMille, Tod Browning, John Ford, Buster Keaton, Fred C. Newmeyer, Frank Capra, Howard Hawks, Edgar Sedgwick o Gregory LaCava; ahí se percibe el ritmo o las pulsiones, los caracteres, el arrojo, el inconformismo o la impúdica sinceridad que explotaría a mediados de los años 50 en forma de revolución sonora y visual.
Sin guitarras eléctricas, sin música la mayoría de las veces, en silencio incluso, aparecía la actitud y la fantasía de poder vivirla, con lo que la tragedia generacional de la que se vienen lamentando durante décadas los rockeros, condenados a escuchar a viejos y a muertos para encontrar las esencias, es leve comparada con la que sufrieron los más cinéfilos de entre ellos en esos años, inmersos en la paradoja de que buena parte de lo mejor que produjo su movimiento, quedó registrado en celuloide (y fue exhibido, con pocas posibilidades de revisitarlo) antes de que naciera como estilo musical.
¿Quién puede ser más rock n' roll en este mundo que Errol Flynn o Barbara Stanwyck?, ¿qué película ha reflejado mejor cuanto significó esta música que como lo hicieron "The cameraman" o "Holiday"?, ¿cuántos desencantados hay más admirables que Thomas Dunson o Lucky Gagin?
De vez en cuando - desde hace mucho cada vez menos, ahora ya difícilmente y del futuro mejor no esperar nada - algún film tiene el feeling adecuado, no es puro y vacío ornamento ni vampiriza algún mito de buenos dividendos, por lo que un caso, no tan reciente por desgracia, como el del malogrado Hal Ashby es muy raro.
Insólito y además triple, con lo que no queda mucho más remedio sino echarlo de menos, tanto como a varios grandes, entre los que quizá nunca estuvo.
El prolijo y sin embargo raudo biopic sobre una de las figuras claves del country & western ("Bound for glory" de 1976), la filmación sobre un par de shows de la gira americana del album "Tattoo you" de los Rolling Stones ("Let´s spend the night together" en 1982) y un film con una de las más originales utilizaciones de una banda sonora ("Coming home" de 1978), las tres precisamente, méritos musicales a un lado, que me parecen las mejores películas de su corta e irregular carrera, son tan importantes para el rock n' roll como los discos de Rory Gallagher y sitúan a Ashby en una posición solitaria y extemporánea.
"Coming home" supongo que es la más sencilla de apreciar. Lo que parece un jukebox aleatorio de acompañamiento conformado por éxitos de los 60 y 70, es utilizado por Ashby y su especialista Frank Warner, a partir de las letras y la tonalidad de la estrofa elegida, para preludiar, doblar y dejar un eco de multitud de momentos de este film doloroso y discreto. Sin un solo plano de la Guerra de Vietnam, el efecto es el opuesto al que provoca el uso de la música en "Apocalypse now".
El concierto de los Stones tal vez se pueda ver ahora como "clásico", una celebración de su mito, pero cualquiera que conozca, al menos un poco siquiera, a la banda, sabe del momento que vivían, con la sorprendente adaptación de su música al convulso final de la década de los 70, que se detiene con el lanzamiento de este álbum, que no es otra cosa que una recopilación de temas descartados de discos anteriores y rehechos o terminados ahora. Estos Stones que vemos son los que serán ya a partir de entonces y de tanto repetirlo parece establecido que nunca fueron antes. Ashby los muestra sin los adornos que luego les pusieron, tan descoordinados y amateurs como siempre, sonando mal (¿no era eso el punk que quiso borrarlos de la faz de la Tierra?), visiblemente incómodos en escenarios rosas con pendientes y globos de colores, pero a gusto en uno más pequeño, aunque de nuevo, anárquicos, un caos sublime de melodías y riffs que definen (como unas pocas bandas más... y ninguna que se lo haya propuesto) esta música.
 
"Bound for glory", que no mira a su tiempo ni contiene apenas música durante gran parte de su metraje, se cobra una pieza aún mayor al centrarse en desentrañar la desconcertante mezcla de solidaridad y vagabunda inquietud que presidieron las andanzas californianas de Woody Guthrie.
Pocos con su talento ha habido menos apasionados por interpretar su música que Guthrie, que prefería dibujar y escribir a grabar discos, pero pocos fueron tan intensos cuando se centraron en ello. En ese imaginario y recurrente cruce de caminos plantó la cámara Ashby - en gran medida, como una ficción, una variación de cuanto aconteció en torno suyo - balanceándose entre las penurias y las satisfacciones que le proporcionaron ambas facetas.
Por suerte lo hizo bien alejado de la épica a la que engañosamente pudo haberle desviado una historia como la de Guthrie, a quien todos señalaban como el padre del folk, el tipo que debió haberle puesto letra al himno americano y no sé qué otras hipérboles, que parecen más absurdas cuanto más se escucha su peculiar voz antigua, rasposa y doméstica, la bandera de los pueblos empobrecidos envueltos en una polvareda de mil demonios de los que nunca se fue del todo.