domingo, 28 de mayo de 2017

Y LOS NIÑOS CANTABAN EN VOZ ALTA

La combinación de un alto porcentaje de películas parece que definitivamente perdidas por un lado y la calidad de al menos dos de las tres más difundidas - puede haber más "vivas", pero no circulan -, confieren un atractivo especial al cine de Wallace Worsley, tal vez exagerado, tal vez no.
Un repaso sobre el papel a su filmografía permite aventurar que, aunque debió haber de todo en su carrera, resulta que las tres mencionadas películas hoy día revisables, están protagonizadas por Lon Chaney y coinciden en varios importantes aspectos más con las más conocidas obras de Tod Browning, con lo que la apuesta inmediata es que Worsley quizá fue tan grande como el oscuro maestro de Kentucky.
Es más, pudo haber llegado hasta antes.
Efectivamente, en mayor medida aún que por la muy notable "The ace of hearts" (1921) o la menos audaz "The hunchback of Notre Dame" (de 1923), vuela alto la imaginación - tanto como lo hacen las elucubraciones en torno a la más mítica de entre las obras extraviadas de Worsley, "A blind bargain", pieza codiciada entre coleccionistas inaccesible desde hace cincuenta años -,  en el momento en que se conoce "The penalty" de 1920, que es anterior a todas las grandes obras de Browning, diría que un claro antecedente de al menos dos de las obras máximas suyas, "The blackbird" y "The unknown" y quizá anticipatoria de varios elementos de la celebérrima y ya sonora "Freaks". Resulta llamativo cómo se ha orillado a tantos que no llegaron al "nuevo cine"; por unos pocos años "viejos para siempre".
Se dan en "The penalty", como también en las otras dos mencionadas (Victor Hugo mediante en la más famosa), los mismos extremos sociales griffithianos - nadie, ni el más neorrealista entre los realistas o viceversa, se preocupó tanto por la dignidad en la pobreza o por el sueño de justicia cuando campa a sus anchas la delincuencia, como Griffith - que sublimó Browning con toda clase de "somatizaciones" físicas, sobre el cuerpo retorcido de, principalmente, ese actor irrepetible que fue Lon Chaney, como centro.
Hago aquí un inciso para repensar en los dos seres que acumulan sobre sus hombros tantas obsesiones, debilidades y responsabilidades de estos que fueron dos de los más grandes cineastas paralelos y comunicantes como David W. Griffith y Tod Browning, qué opuestos son físicamente y sin embargo cuánto hay en común entre los caracteres erigidos de una película en otra por Lilian Gish y Lon Chaney, dos exponentes de resistencia solitaria, equívocos en su unidimensionalidad, muy carnales y muy poco conceptuales, dos verdaderos trípodes desde donde se mira al mundo desmoronarse. Su sola presencia y hasta su ausencia, son una absoluta toma de postura moral que trasciende y condiciona al cine de otros cineastas que también los utilizaron como Henry King, Victor Sjöstrom, John S. Robertson, Herbert Brenon, Benjamin Christensen o Irvin Willat.
Y parece que fue así desde que minuciosamente compusieran sus primeros personajes, porque antes de que Chaney aparezca en "The penalty", tiene tiempo Worsley de rodar el que es probablemente el arranque más estremecedor del cine mudo, con el niño amputado de las piernas por error médico, cerrando la escena con una amenazante elipsis hasta su edad adulta, que nos da a compartir el resquemor insoportable que produce el dolor de alguien y a entender cómo se habrá transformado en odio.
A todo y a todos despreciará Blizzard.
No sé de otro actor que no fuese Chaney para encarnarlo, a nadie más capaz de combinar la capacidad - inigualada - para hacerse con las rutinas del personaje y poseer la vulnerabilidad extrema para sugerir que tras una vida entera de sufrimiento, si fuesen correspondidos un par de gestos suyos, le hubiese sido devuelta la humanidad y hasta conseguiría sanar y volver a las mismas puertas de la inocente infancia.
El laberinto mabusiano (curiosamente más afín al segundo Mabuse de 1932 y hasta al tercero de 1960 que al primero, que estaba a punto de rodarse) en que se mueve Blizzard es una admirable construcción de espacios proyectado como una auténtica infección hacia el exterior de su madriguera; en cada callejón y bajo cada ventana un ojo, tras cada puerta, un oído, una estructura más penetrante incluso que la impune sociedad secreta que opera en "The ace of hearts". Hasta en la misma casa de la escultora que lo toma como modelo satánico o en las reuniones de los jefes de policía desesperados por desenmascararlo, Worsley filma estancias y personajes - un agente, un niño, un marchante de arte, un chófer - inoculados por la "fascinante repugnancia" que Blizzard contagia con deleite.
Habría que pensar - ya que no es probable que Worsley pudiera acceder a los seriales de la Gaumont - en la familia Cain de una de las obras maestras olvidadas de Griffith, "The greatest question" (1919), o, yéndonos más atrás, en el insensible especulador de otra de sus grandes hazañas - ¿el mejor cortometraje de la historia del cine? -, "A corner in wheat" de 1909, para encontrar en pantalla precedentes de personajes de esta maquinadora ralea.
El posible destino final para este aspirante a Nerón del underground de San Francisco, podía haber sido el clásico, el que aboca la inminente sedición a la pacificación - que hubiese sido una nueva y definitiva mutilación para él -, un segundo camino muy poco tomado sería que llegue el caos y como último recurso, si la epidemia no hubiera quien la remediara ya, queda la baza de que acuda el viejo Dios de los palos y las piedras, como en la arrasada "Mal" de Alberto Seixas Santos, ocho décadas más tarde de cine y degeneración.
En un quiebro borzagiano, la antesala a lo inevitable es sin embargo terapéutica.
Por una vez, un cierre que puede parecer postizo no lo es y además es legítimo con el hombre que se transformaba en el monstruo y tan querido por todos era. Ha habido pocos actores tan respetados y fraternales como Lon Chaney.

FOCO - Revista de cinema

Durante el desarrollo de los VII Encontros Cinematográficos (del 26 al 28 de mayo de 2017, una vez más en Moagem. Cidade do Engenho e das Artes. Fundão, Castelo Branco. Portugal), se ha presentado el libro "FOCO. Revista de cinema" (A.23 edições e Associação Luzlinar), coordinado por Bruno Andrade, Lucas Baptista y Matheus Cartaxo.
El libro recoge una selección de textos publicados en la revista brasileña desde sus inicios y hasta el momento presente.
Uno de ellos es el escrito en su día por mí sobre "The outfit" de John Flynn (1973) e incluido en el número monográfico sobre su cine.

sábado, 20 de mayo de 2017

MI GALAXIA

Tuvieron que pasar veintiocho años para que el chileno Patricio Guzmán empezara por el principio.
Sería una bonita conjetura la de atribuir un valor especial a aquella visita sorpresa que le hizo Chris Marker - se presentó un día de 1971 en su casa, sin avisar, para decirle que le había gustado mucho y quería dar a ver en París su debut "El primer año"; más tarde le ayudó a completar "La batalla de Chile" - y así suponer que estaba latente, pendiente de "completarse", el efecto en su cine del maestro francés, pero lo cierto es que no fue hasta 1999 cuando Patricio, aprovechando un encargo sin aparente trascendencia, cayó en la cuenta de que el territorio en que el escritor Daniel Defoe había situado su célebre novela "Robinson Crusoe" existía en realidad y era una isla volcánica chilena, a un par de horas en avioneta de Santiago.
Para alcanzar el "gran angular" de Marker - y así evitar convertirse en otro Lanzmann -, Guzmán no necesitaba seguir afinando la pericia de su mirada hacia el pasado reciente de su país y hacia otros motivos históricos, sino volver a un estado básico - no por común, por desgracia - de su oficio y observar a su alrededor, contemplar el cielo, volver a sus libros, fabular, modular su inconfundible voz, hablar de sus pasiones.
Cunde desde entonces la sensación de que, a pesar de haber vuelto en varias ocasiones sobre los pasos de Allende y Pinochet y no haber perdido nunca la perspectiva o cambiado de opinión, quizá no necesitara Guzmán decir ya nada más sobre ello, pero sin embargo sigue desplegándose su faceta aventurera, arrecian las preguntas (que no necesitan imperiosas respuestas) sobre astronomía o geografía, prosiguen las pequeñas investigaciones sobre asuntos grandes, se ha ralentizado el pulso de sus imágenes y sus palabras y tal vez sin darse del todo cuenta de ello, se ha acercado como pocos directores en activo a los que siempre debieran ser los iguales de un cineasta, quienes construyen con sus manos y quienes piensan en la luz y el movimiento.
Así y entre otros, hemos conocido de su mano al entrañable "telescopero" fordiano Guillermo Fernández de "Astrónomos de mi barrio" (2010), alguna pequeña lección aprendimos para simplificar el cosmos con "José Maza, el viajero del cielo" (2010), rastreamos a los modernos exploradores que revivían los viajes imaginarios de Jules Verne - y Karel Zeman - en "Mi Julio Verne" (2006), nos adentramos en el inhóspito desierto de Atacama en "Nostalgia de la luz" (2010) o, últimamente, en la Patagonia glaciar en busca de "El botón de nácar" (2015).
"Isla de Robinson Crusoe", el film en buena medida iniciático de cuanto ahora produce su cine, es un documento de hechuras discretas, una invitación al viaje antes que una guía, placentero de ver diría que como de filmar y uno de tantos ejemplos, antaño abundantes, de cómo las condiciones restrictivas en cuanto a duración, tema o carácter de una película, no tienen por qué ser palos en sus ruedas y pueden despertar nuevas habilidades, alumbrar un camino.
Es interesante cómo su proceder virgen y entusiasta contrarresta la decepción de ver un hotel allí instalado, barcos del ejército de maniobras o un artefacto al mismo tiempo tan extrañamente futurista para ese pedazo de tierra y ahora ya tan anticuado para nosotros como una cabina telefónica.
Como se sabe, hubieron no uno sino varios náufragos allí - un indio caribeño, un contramaestre abandonado por un barco inglés, un marino escocés... - viviendo varios años y en los que se inspiró Defoe para su novela, con lo que el acto de pisar la arena de la playa para recrear la huella del hombre solitario que se inventa una civilización, es en parte un homenaje al mito y en no menor porcentaje, un gesto incomprensible para todos los nuevos habitantes de la isla.
Ni, tal vez, al octogenario librero Victorio, ni, probablemente, al superviviente del hundimiento del Dresden frente a la bahía, ni, con toda seguridad al alemán que fue confundido con un nazi escondido allí, se les ocurriría llamar paraíso a lo que inexorablemente tanto tiempo y esfuerzo cuesta levantar.