domingo, 27 de agosto de 2017

EN CONTRA

Condenado por un tribunal regional cuando se obstinó en no ir a la guerra de Argelia, Jean-Marie Straub abordó la "inspección sentimental" respecto de su tierra natal - dándole quizá un punto y final, porque no es "La guerre d'Algérie!" de 2014 estrictamente un corolario, más bien una hitchcockiana pesadilla - en "Lothringen!", un encargo de 1994 solicitado por la cadena Arte a Danièle Huillet y él con la excusa de que Jean-Marie había nacido en Metz, la capital de la antigua región de Lorraine.
Quizá por ser una idea que a la pareja de cineastas ni se les hubiera pasado por la cabeza desarrollar, por tener ese aire obligatorio de "exponer las contradicciones aquí y ahora", expeditivamente, "Lothringen!" resulta una de las más rebeldes piezas de su filmografía.
Vestida para la ocasión, Emmanuelle Straub
De varios Renoir tardíos y del Ford de "The civil war" sobre todo me acuerdo al contemplar esta pieza breve, elíptica, elegíaca, punto de encuentro de recuerdos personales salvaguardados hasta entonces - supongo que fuentes de trauma y orgullo, como tantos obstáculos que forjan la personalidad - y de una posición mantenida en el tiempo respecto al cine y las artes, indisociables de la Historia.
El hito elegido para articular el film es la resistencia de los ciudadanos franceses a ser convertidos en alemanes cuando la provincia fue "regalada" a Bismarck (por la riqueza de las minas) hacia 1870 y la personalización de esa negativa en una mujer que rechaza el cortejo de un teutón. El nexo de unión es un libro sin gran renombre de Maurice Barrès ("Colette Baudoche. Histoire d'une june fille de Metz", 1909), del que toman menos del diez por ciento del texto.
En tiempos en los que empezaba a sonar mal cualquier idea diversa de la integración de países, culturas y razas, bancos, fronteras y leyes (y en el 94 pocos recordarían ya al converso profesor Alexis de "Le déjeuner sur l'herbe", tan políticamente antieuropeo...), "Lothringen!" es, y lo es más aún hoy día, un meteorito que recuerda las brechas históricas de las que venimos y lo violento que resulta mirarlas y escucharlas en paralelo, al mismo tiempo antes y después de "resolverse".
Da igual, creo yo - y no sé si tal ambigüedad era uno de los términos en los que Huillet y Straub pensaron su película - si consideramos los hechos como un romántico ejemplo de sublevación contra un destino impuesto, que ya no es posible de manera espontánea, sin manipulaciones, como si lo observamos como el  romántico germen de lo que ha venido sucediendo con nacionalismos de todas clases posteriormente.
En cualquier caso y desde la primera panorámica, aparentemente plana en cuanto a distancia focal pero tan profunda auditivamente como fue posible captar del ambiente, "Lothringen!" atrae como un imán y preserva un presente "de la nada" respecto del convulso pasado, al que se acercan Huillet y Straub de varias metafóricas maneras.
Cada milímetro que la cámara gira sobre su eje o, si permanece inmóvil, cada segundo que el obturador permanece abierto, se cargan o se vacían de sentido los escenarios donde sucedieron los hechos, inalterados hasta cuando hay algún tipo de representación, como es su costumbre. Y también, como siempre, aquel concepto distintivo de un cine más elaborado y consciente de su capacidad, el de la profundidad de campo, largamente trabajado por la pareja de realizadores en sus "otras" facetas, la del tiempo de exposición y la de los sonidos.
 
La "mirada de cineasta", quizá útil - pero que nunca debió ni debe ser imprescindible; tampoco debe serlo convalidar conocimientos de teatro o Historia - cuando llegaron sus más provocadoras obras de los años 70, es un atributo de lejana importancia ya en "Lothringen!" y quizá menos aún lo será a partir de aquí porque vienen las que para mí son sus mejores películas (en orden cronológico: "Von heute auf morgen", "Sicilia!, "Operai, contadini" y "Quei loro incontri"), las que más cerca se quedan de la plenitud materialista que tantas veces defendieron.
Finalmente, una duda, quizá una hipótesis extravagante.
La música de Haydn que interpreta el Amadeus Quartet aparece únicamente en un determinado momento del film, cuando se oyen los ecos de la batalla sobre un mapa de la ciudad y vuelve al final.
¿Tal vez porque el asunto empieza a parecerse desde ese instante de la lucha demasiado a lo sucedido entre el 41 y el 44 del siglo siguiente en Francia y puede conectarse con el hecho de que tres de los componentes del afamado cuarteto judío, fueron deportados por los nazis de su Viena natal?

viernes, 18 de agosto de 2017

OTRA CANCIÓN SOBRE LA LLUVIA

Será porque se sale fuera de los años en que Vittorio de Sica tuvo "un nombre" dentro del cinematógrafo - casi diez habían pasado desde la explosión del neorrealismo, casi cinco desde su último éxito, "Umberto D." - y será porque varias de las que prefiero suyas están "fuera de sitio"; será porque ese nombre suyo ha significado muy poco desde entonces y prácticamente nada ya. Será por la hermosa partitura de Cicognini, por lo bonitos que son los fundidos a negro y cómo está iluminada la noche, por cómo de suavemente se acerca y se aleja la cámara de esta joven pareja siempre apremiada por la pobreza. Lo cierto es que desde la primera vez, me fue muy fácil tomarle gran aprecio a "Il tetto", una de las grandes comedias tristes. 
La injusticia con de Sica es tanta que resulta hasta extraña.
Uno de los grandes actores del cine italiano - un comediante en algún lugar entre Chaplin y Fonda; un paso atrás y casi aún mejor actor dramático: no solo "Madame de..." y "Il generale della Rovere",  también "Roma, città libera", "La donna che venne del mare"... qué pena no se hubiera guardado alguna de esas interpretaciones para su propias películas -, saludado como uno de los nuevos maestros europeos cuando estrena "Sciusciá" y "Ladri di biciclette", para cuando llega la - aún mejor - "L'oro di Napoli", parece que todo el efecto de "Viaggio in Italia" que decía Rivette debía caer "ejemplarmente" a plomo sobre las cabezas de los cineastas, hubiese alcanzado a la suya y a la de nadie más: un día se durmió como Rip van Winkle y despertó viejo para siempre.
La vigencia "negativa" de estos compartimentos, con lo (poco) que ha llovido luego, desde los ditirambos de cuando importaba separar lo que hacía avanzar el cine de lo que no - qué tiempos aquellos en los que fue posible tal cosa y había evidencias de que algo quizá mejor aún de lo conocido, estaba llegando - es del todo desconcertante. Si en el 53 hubo ese atisbo que permitió imaginar que pudiera haber algo más adelante que iba a dejar pequeños a Gance, a Eisenstein o a Sternberg, hacia el año 60 the next big thing debía escalar un "pequeño" peldaño más, el que representan los mayores y flamantes Ford, Minnelli o Mizoguchi; a finales de esa década, cualquier gran revolución para alumbrar "nuestro cine", además tenía que franquear a Godard, Solntseva o Rouch. ¿Es necesario seguir?
A un devoto de la comedia y el melodrama como de Sica, que ya lo era en los tiempos en que estaba "autorizada" la fabulación ("Teresa Venerdi", "I bambini ci guardano"), alguien incluido indefectiblemente, como a quien empujan para subirse al tranvía, en la gran ola renovadora del cine de su país, como a tantos otros contemporáneos con muy diverso recorrido e intereses previos - una bandera absurda como todas, que incita a la simplificación más radical: el neorrealismo es Rossellini - no es de recibo aplicarle ningún celo taxidermista.
Dándole la vuelta a un célebre razonamiento de Edmund Wilson y sin tomar a la ligera toda la penuria y todo el paupérrimo suspense de la película, es mejor estar viendo "Il tetto" que haberla visto. Algo que fue creado con tan poco egoísmo, enteramente para ofrecerlo al público, para que lo entendiera y lo sintiera, merecería al menos la paciencia, la atención y la capacidad para entender que se presta a tantas obras áridas u opacas. Las mismas recompensas contiene, pocas, intrincadas, breves.
Quizá la nobleza y el pudor sean los que se han muerto, pero me preocupa más lo que ha quitado al film la miopía y la desmemoria.
Recordemos la escena en que Luisa y Natale van en autobús después de que el padre de ella se ha negado a recibirlos casados. Al fondo del plano el mar y los botes donde faena. Ellos se dirigen a un lugar donde él puede encontrar trabajo y cuando le dice que duerma, ella prefiere hablar para hacer más corto el camino. No puede dejar de pensar en por qué no aceptan al muchacho. De Sica hace entonces una panorámica sobre la conversación, barriendo el foco a la izquierda para dejar a los protagonistas con sus pensamientos. Sin mover el ángulo, cambia el paisaje y aparecen edificios en construcción, con lo que vuelve a ellos. Esta elipsis sencilla, que dura lo que las tribulaciones de unos recién casados, pudorosa y absolutamente innecesaria para narrar un viaje sin ningún elemento de aventura, es digna y, sobre todo, es propia de un cineasta que de Sica no podía conocer entonces, el Naruse Mikio de "Meshi" o "Ani imôto". Una escena así no se rueda para demostrar pericia, ni soluciona un problema, como tampoco aquella en que, una noche, sin poder dormir en la habitación atestada de familiares en que provisionalmente se alojan, sin decir una palabra, a instancias de él y sin que ella demuestre ilusión o siquiera ganas, recorren la casa y salen fuera. Cuando parece que por fin van a poder iniciar una conversación con la intimidad que no tienen en el lecho conyugal, sólo les sale abrazarse. Importan las ideas, se borraron las frases, como decía Mérimée.    
Comedia triste decía y me refería a que las escenas que aisladamente o según cómo se hubiesen dispuesto en el film, pudieron resultar divertidas merced a la estructura abierta a descansos y contrastes que tiene, sirven bien para dar continuidad o bien para acentuar al drama.
Así, de vuelta de mirar una habitación donde quedarse, que no les convence a pesar de que las paredes agrietadas por los proyectiles "no se han vuelto a mover", se cruzan con dos militares que venían siguiendo a dos chicas. Pasan nuestros protagonsitas de largo y todavía vemos cómo las muchachas andan un trecho y se dan la vuelta para tratar de quitarse de encima a los moscones, que no desfallecen. Es un plano general sin énfasis, seco, atrevido o inapropiado para rematar una escena dramática e irresuelta, pero que sin embargo tiene una función espacial porque sirve para redirigir la mirada a la esquina del fondo hacia la que caminan Luisa y Natale, donde, en una televisión encendida del escaparate, un científico afirma que al año siguiente llegará el hombre a la Luna. "Antes habría que llegar a otra parte", afirma el frustrado Natale pensando en "sus" cuatro paredes. Para que ese comentario no resulte un gag, de Sica filma - en tres posiciones: de espaldas, de frente y de lado, para que no queden dudas - a cuantos se asoman a la pequeña pantalla para que no parezcan desocupados ni mendigos, llamativamente bien vestidos e interesados por asuntos que no llaman la atención a quienes tienen cosas más urgentes y graves que atender, como Natale.
Esa construcción de personajes mediante reflejos, brilla especialmente con el niño perdido de la guerra que aparece en la madrugada para ganarse unas monedas.
Estamos en la cuneta mas allá del arrabal en que construirán su casa. El crío no está arrasado, como aquel inolvidable niño que levantaba a hombros Lee Marvin en la más conmovedora escena de "The Big Red One", pero habla poco y desconfía mucho. No es una referencia al azar la del cine de Sam Fuller porque cuando su pequeño pero significativo papel parecía haber terminado, asoma al fondo del decorado cuando se retiran los protagonistas pidiendo integrarse en el entorno de la manera más simple: quedándose cerca.
Me parece todo su dibujo un edificante ejemplo de cómo tratar a un personaje con la distancia justa y sin rastro del sentimentalismo con que se fustiga a de Sica desde siempre, ya que ni una información sobre su pasado, ni una esperanza sobre su futuro nos ha sido dada, que son las bases sobre las que se edifican los "males" del melodrama.
Intranquilidad y desasosiego acerca de él, de Luisa, Natale, los albañiles que les ayudan y hasta el miserable soplón que les pone la zancadilla, todo el del mundo después de que cuanto conquista el film, su exigua victoria consiste en construir en una sola noche una covacha al pie de las vías del tren, pero ¿dónde están la cursilería, la sensiblería, la indulgencia, la manipulación emocional y el vano optimismo?