viernes, 23 de julio de 2010


(...) C'était le jour béni de ton premier baiser.
Ma songerie aimant à me martyriser
S'enivrait savamment du parfum de tristesse
Que même sans regret et sans déboire laisse
la cueillaison d'un Rêve au coeur qui l'a cueilli (...)
(de "Apparition". Stéphane Mallarmé, 1887)

martes, 13 de julio de 2010

LO QUE SUCEDIÓ EN REALIDAD

¿Qué es "The inside story"?
¿Una amable comedia de enredos?, ¿un tratado sobre economía?, ¿Un intento ignoto de repetir el éxito de "It´s a wonderful life"? o simplemente ¿una de esas películas "peligrosas"?
Sí, ahí está para cualquier persona inteligente que sepa ver por encima y por debajo de la divertida y dinámica historia que cuenta esta obra clave de Allan Dwan en 1948, la esencia misma de los problemas económicos que han acabado derivando en esta famosa crisis que acucia desde hace un par de años al mundo.
Me pregunto cuántos mandatarios y ministros del ramo la habrán visto y de ellos cuántos le encontraron la gracia.
Es probable que quien se dé por aludido antes de admirarla, algo debe estar haciendo muy bien para sus intereses y muy mal en contra de los de mucha gente que aún ni se cuestionan esos misteriosos mecanismos que hacen girar la ruleta del dinero.
Decía peligrosa y lo hacía sin sobrevalorar el efecto de una película.
Pero dar a ver, sin circunscribirla a circuitos de VO o retrospectivas varias esta película, no creo que le parezca buena idea a demasiada gente empeñada (velando por y respondiendo a una demanda ¿qué demanda? del público) en no proporcionar a la gente argumentos para que piensen por ellos mismos, que es malo para el consumo y el sistema se resiente.
Se dirá que es otra época y es obvio que es así: la historia, que además es un flashback, se remonta a los días de la Gran Depresión, que desgraciadamente se está quedando pequeña, pero se estrena en unos años en que Estados Unidos, con Truman al frente, por fin podía ocuparse de asuntos domésticos tras dejar poco a poco atrás la guerra y en apenas un lustro con los dos mandatos de Eisenhower, vivirá un periodo que se recuerda como uno de los más prósperos del siglo. No es ventajista ni catastrofista, quiero decir.
Por otro lado, el pequeño pueblito de Silver Creek (New England, bien cerca de la frontera con el Canada, de donde era Dwan), que bien se guarda el maestro de no convertitr en postalita, ahorrando planos costumbristas y folklore, circunscribiendo la acción a interiores y estancias iguales a las que tenía en casa cualquier espectador, y las cómicas reacciones del bonachón tío Ed, tan despistado como sensato y agudo para las cosas verdaderamente importantes, y el siempre nervioso e impresionable Gene Lockhart, no deben llevar a engaño y tomarse a la ligera.
Tantas películas en mayúsculas para asuntos minúsculos no deben impedir que cuando se hace a la inversa el intento carezca de alcance: recomendaría a quienes les pueda parecer un simple divertimento, que traten de resumir brevemente todo lo que acontece en el film y se darán cuenta de la enorme complejidad de formas que tiene.
Porque esa anécdota (1000 $ depositados en la caja fuerte de un  hotel que son "tomados prestados" por pura equivocación y los problemas y peripecias que vienen después) ponen en liza ni más ni menos que las soluciones que se le puede ocurrir a la gente cuando puede acceder y le es concedida la posiblidad, el tiempo, para devolver un préstamo y otorgan al film una universalidad de esas que, entre risas, abren ojos y debieran remover conciencias.
Allan Dwan, un milagro más en su haber, es capaz de hilar tan fino que no necesita recurrir a la fácil parodia y tira de su proverbial ambigüedad para provocar un efecto boomerang.
Acompañamos a los personajes tratando de escapar de sus atolladeros, les ponemos caras de gente que conocemos y puede que hasta la nuestra, nos identificamos con sus cuestiones morales (¿se puede pedir a la gente que se apriete el cinturón a sabiendas de que se disponen de los instrumentos, más o menos "secuestrados" para que un sistema funcione más equitativamente?, ¿puede una colectividad derrumbar realmente o siquiera oponerse a lo que se le ordena si lo considera injusto?, etc.) y no debemos hacer un gran esfuerzo para dar verosimilitud a las soluciones que encuentran para salir adelante sin que hayamos visto nunca a nadie adoptarlas sin ser reprobado incluso por los más liberales y, de boquilla, de izquierdas.
Mejor que ningún otro film, documental (no digamos un interesado discurso político), "The inside story" muestra el dinero como lo que es, un medio de cambio, que no sirve para NADA mientras no se mueva y los estragos que causa cuando falta.
En un momento sublime y bien al principio, sin quedar relegado a apéndice ilustrativo, sobre el rostro sobreimpresionado del tío Ed se muestran las más duras y emotivas imágenes que conozco sobre aquella y todas las épocas de carestía del siglo, un nudo en la garganta como sólo algún Capra o "Heroes for sale" de Wellman supieron provocar.
Es demoledor el efecto que acompaña al film desde entonces, que redobla todas las implicaciones de sus ángulos y adquiere un sentido cercano al cine de McCarey o Renoir, como cuando un haz de luz pasa a través de un poliedro y se convierte en un arco iris.
Demuestra de esa forma tan aparentemente casual o colateral Dwan, como siempre hizo, que una película puede y hasta debe ser algo muy simple y diáfano siempre que tenga un interior de humanismo y esté armada sobre una férrea, por invisible que parezca, coraza narrativa.

lunes, 5 de julio de 2010

UN LUGAR EN EL MUNDO

El sol del atardecer que inunda las ruinas donde acontece su penúltimo episodio le otorgan un caracter casi místico, trágico: un escenario de teatro griego, bañado con la luz dorada de "Das indische grabmal", "The river" y los cuentos de las mil y una noches.
Allí morirá el atribulado Davey, mil oportunidades y desvelos de quien lo creyó de fiar después, casi por error, como un niño travieso que no sabía lo que hacía y que sin embargo, momentos antes nos había parecido el más despreciable de los traidores.
Siempre lo inesperado en las películas de Nicholas Ray.
Ni siquiera esta que es su historia más madura y ajustada a un género, consigue costreñir ese ímpetu libertador de formas con los equilibrios en el alambre, con el que involuntariamente viajó toda su vida.
Otras dos escenas antológicas y complementarias, otras dos de tantas quiero decir, ilustran este singular sino.
Matt (un decidido, versátil, perdidamente enamorado James Cagney, un actor de la estirpe de Buster Keaton y Richard Barthelmess) se ha vestido con sus mejores galas para pedir la mano de Helga, la chica escandinava que quedó varada como tantos pioneros en un pequeño pueblo de camino al oeste. Allí convive con su padre, de pocas palabras, severo y apegado a lo que aún le queda: la autoridad paterna, las tradiciones de su tierra... y el ajedrez.
Como el inolvidable Will Danaher de "The quiet man", a la que toda la escena rememora, se intuye lo inevitable y a su manera, pone obstáculos.
Matt le deja ganar la partida para predisponerlo a aceptar el matrimonio. El Sr Swenson, que se sabe la estratagema, no levanta la mirada del tablero mientras "asume" su victoria. Se levanta, sube la escalera (se retira, pero cobra una posición dominante) y desde mitad del rellano asiente no sin resignación.
Matt advierte, cómo no hacerlo tras llevar toda su vida conviviendo con ella, su soledad.
En un gesto maravilloso, que pareciera sacado de los grandes Ozu o (otra vez) Ford, Matt abrevia la conversación y antes de que la tristeza pueda cubrir todo su rostro, le refiere que ya incluso tienen elegida una buena casa para vivir.
La suya.
Dura apenas un instante y no hay ni cambio ni reenfoque en el plano, pero la expresión de gratitud del viejo Swenson, que tras muchos días temiéndoselo, no se quedará sólo, cuesta expresarla con palabras. Ahí está todo Ray: las últimas oportunidades, la poesía maltrecha y el fulgor de lo auténtico.
Más tarde, en el atraco al banco y tan discretamente como vivió, se irá Swenson. Sin últimas palabras ni epitafios, su cuerpo tirado en la calle,  privado de vida tras haberle sido concedida esa prórroga de felicidad, es lo menos épico que pueda haber. La venganza, no sólo por él sino por lo que ha significado, en manos de Matt, será terrible y dolorosa, sobre todo para el propio Matt. Un extranjero, un desclasado y un antiguo forajido: América.
"Run for cover" es un monumento.
Uno de esos monumentos alejados del centro, donde rara vez hay alguien que guarda cola para visitarlo y que hasta quienes viven cerca puede que ni siquiera hayan oído hablar de él, pero que son descubiertos con asombro cada día por aventureros, despistados e incrédulos.
Situada entre sus dos películas más populares, "Johnny Guitar" y "Rebel without a cause", "Run for cover" ha quedado misteriosamente relegada a ese grupo de obras "fallidas" - y muy poco vistas de un tiempo a esta parte - de su autor, donde hay de todo, desde un epic - a ratos bellísimo, y un rato no es poco - como "King of kings" hasta "Hot blood", pasando por la "alimenticia" (curioso término despectivo para una industria) "Flying leathernecks" o la desgarrada "We can´t go home again" y otras; demasiadas y demasiado mal argumentadas sus taras, para una carrera tan fugaz.
"Run for cover" es, junto a la enigmática y sublime "Bitter victory", el caso más alarmante.
Inédita por su verdadero nombre en todas partes, sólo existe una edición en DVD en Estados Unidos, donde la rebautizaron (aún no he podido averiguar por qué) como "Colorado", conservando al menos su formato original en Vistavisión y su arco iris de color más o menos intacto. En Europa, sólo me constan lejanos y doblados pases televisivos.
Es para mi gusto, y evitando dar más rodeos, cosa que a Ray no le gustaba, su mejor western, por encima de "Johnny Guitar" y una de sus cinco mejores películas; en mi ranking y con orden cambiante, junto a "Party girl", "Bitter victory", el mejor debut de todos los tiempos "They live by night" y "Wind across the everglades".
Y la verdad, encuentro que este James Cagney (auque el mito, incluso para el Rock and Roll, sea el "sin causa" James Dean, al que Ray da cancha y trata de comprender, pero que no debería ser emblema más que de él mismo y sus conflictos) de vuelta de todo, experto, maduro pero aún capaz de encajar los golpes y encarar las oportunidades que le de la vida, es un admirable rebelde, que nunca se hace la víctima ni culpa a los demás de sus problemas, que se indigna con la injusticia tanto si se comete contra él mismo como contra quien ni siquiera conoce o quien cree conocer a pesar de las decepciones, que no busca reconocimientos públicos ni se repliega sobre sus adentros cuando no le gusta lo que ve.
No debe ser una casualidad la rima visual por la que lo vemos sentado en el porche con los pies en alto, como el Wyatt Earp fordiano, convirtiendo un trozo de madera en un revolver con una navaja, tan seguro de su capacidad para desempeñar ese oficio de sheriff que nunca pensó ejercer, como pacífico y hasta ingenuo. Ese control travestido de pasividad de los verdaderamente fuertes.
Cuando toda la comunidad cree conocerlo tras descubrir su pasado, ni se esconde ni saca a relucir un lado oculto. Es definitivamente ya otra persona y lo es sin redenciones. ¿En quién se puede depositar más confianza que en quien aprendió a valorar lo que cuesta recuperarla?
Ese río que cruza en la escena final, podría haber terminado sin el apéndice de reencuentro con Helga. La lección bien aprendida, el respeto general y las bocas cerradas. Pero no parece Ray muy interesado en el orden social y lo único que importa es que por fin alguien con quien se identifica ha encontrado lo que andaba buscando.