miércoles, 18 de marzo de 2009

PIEDRAS, DIOSES, HOMBRES

¿Qué queda del cine de Sergei M. Eisenstein?
El que fuera durante muchos años intocable maestro del cine ruso y perenne líder de listas de mejores películas de la historia con su “Bronenosets Potyomkin” es ahora y desde hace varias décadas un cineasta olvidado.
En su día fue unánimemente reconocido por críticos y colegas de profesión como uno de los más influyentes cineastas europeos, pero quizá el hecho de no haber podido disfrutar de una carrera en USA como la mayoría de sus contemporáneos, ha propiciado que hoy día quede un rastro demasiado lejano de su huella.
Su nombre suena para la mayoría antiguo, pasado de moda y recuerda a un cine rígido, hiperbólico, ideológicamente trasnochado, sin humor, que cuesta gran esfuerzo ver.
Además, sus tres últimos largometrajes y en teoría los que debían de conservarse más frescos en la memoria, “Que viva México” (1932), “Alexandr Nevskiy” (1938) y el díptico de “Ivan Groznyy” (1944, estrenada la segunda parte en 1958) son, por distintas razones, casi los que más disuaden a nuevos y viejos aficionados a valorar o reconsiderar el verdadero lugar de Eisenstein en este arte que tanto ayudó a engrandecer.
Todavía el Potemkin y su escena de las escalinatas es bien recordada y se ha convertido en un icono hasta para cineastas que están en las antípodas de Eisenstein.

Que viva México”, rodada mano a mano con Grigori Aleksandrov (quizá más autor real que el propio Eisenstein de la película), es un film fantasma, “fragmentos de un film rodado en blanco y negro” como decían al comienzo de “Une femme mariée” de Godard y el discutible montaje (y la música) de 1979 nada ayuda a su consideración como lo que algunos opinamos que es, una de las grandes aventuras emprendidas por el cine y una de las películas más hermosas de los años 30.
Volver a ver este virtual "diario de rodaje de un film" es una experiencia recomendable hasta para quien no le interese ni el cine, como pasa con las igualmente extraordinarias “Grass: a nation´s battle for life” (1925) y “Chang: a drama of the wilderness” (1927) de otra pareja de célebres exploradores, Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, porque son testimonios antropológicos y documentos históricos en sí mismos.
Sí, está inacabada, es naive y "esteticista", pero en pocas películas hay más belleza que en ésta. Hay momentos que parecen sacados de un imposible film rodado en 1832 o 1432, de una pureza y un trabajo de encuadre fuera de lo común. Considerarla menor sería como ningunear a Botticelli porque no es tan moderno como Velázquez.
Alexandr Nevskiy” y sobre todo “Ivan Groznyy” son lo opuesto y en el fondo lo mismo que “Que viva México”, ejercicios de jerarquía visual.

En particular “Ivan Groznyy” es mi película favorita de Eisenstein (también para Rohmer o Rivette; no debe ser una cosa tan descabellada pensarlo, digo yo), una de las grandes películas históricas y políticas de todos los tiempos y un punto límite de exploración de los poderes de la imagen (las siluetas, las sombras, la profundidad de campo, el ángulo del encuadre) que no tiene apenas parangón en toda la historia del cine, salvo en las por el contrario encumbradas (para siempre) obras de contemporáneos suyos como Murnau o incluso (pero, ¿hasta cuándo?) de discípulos como Tarkovsky.
El mismo Rohmer sintió el peso de la incomprensión “eisensteiniana” cuando rodó hace ya casi una década su fabulosa “L´anglaise et le duc”, despachada por muchos como una rareza estrambótica y que vino a recordar que el cine es también arquitectura. Puede ser poesía y pintura, literatura y teatro, pero es antes que todo eso un diseño, un artificio que debe soportar el peso de las ideas que contiene.
Cuando él o Rivette admiraban a Rossellini o hacían largos y concienzudos estudios sobre “Faust” de Murnau en realidad sentían la misma presencia rectora detrás, la de creadores que podían optar por exacerbar o desnudar su puesta en escena, pero que coincidían en un punto básico: el pensamiento del cine como un corpus estructurado de imágenes que debían transmitir sensaciones visuales. Hasta para alcanzar el puro meandro fordiano o la aparente espontaneidad de McCarey sólo hay un camino: la sólida y férrea disposición arquitectónica de las ideas. Unos las tenían en la cabeza, otros sabían reconocerlas cuando aparecían en el rodaje, pero todos y Eisenstein entre los primeros, eran capaces de ordenarlas de manera que alcanzaran el objetivo final de comunicar.
Incluso me atrevería a afirmar que el “criterio Eisenstein” es recomendable tenerlo en la cabeza siempre que se enfrente uno a un film, tan abundantes de un tiempo a esta parte por otro lado, minimalista, porque muchas veces es la falta de un armazón (en segundo plano, oculto, difuso, pero que debería ser patente de alguna manera) lo que condena y reduce a la nada el alcance de muchas obras supuestamente “libres” e “interactivas” (el adjetivo menos adecuado aplicado a una película que pueda haber) con muy poco trabajo y muy poco talento detrás.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Jesús, me parece muy acertado el modo de titular el artículo:Piedras, Dioses, Hombres.
Tuve la oportunidad de ver esta película hace algún tiempo y a riesgo de las traiciones que de la memoria son propias, hay impresiones que más allá de lo cinematográfico recordaré:
Las piedras,están en la mayoría de los planos significativos.De fondo grandes muros y grandes bóvedas achaparradas donde los actores se mueven ( en una escena los personajes tratan de política en el centro de un espacio pétreo desde la techumbre a los muros;al salir de plano todos al mismo tiempo por oquedades o puertas diferentes parecían animales que se ocultaban en madrigueras).
El sonido del silencio entre piedras barrunta lo que se va a ocurrir.
Primero fue la piedra y luego el metal;los dioses presiden la trama,cruces griegas brillantes en el pecho de los personajes, pesados sayones brocados que ocultan los pies para que el movimiento sea misterioso y silente, poses mayestáticas de los principes y primados, el poder de Dios interpretado por los hombres de política....

Hombres y mujeres unidos en el plano físicamente y en sus intenciones con diálogos austeros, épicos y con sentencias traidas de la tradición y con pensamientos medievales "revelados" gracias a un artilugio moderno llamado cámara.

jesús cortés dijo...

Es una reflexión muy interesante, pero aunque me pareció acertado para englobar todo este periodo final de la obra de Eisenstein, es un título sacado de "Que viva Mexico".
Quizá esto demuestra que la continuidad de estas películas es mayor de lo que pueda parecer.
Gracias por el comentario.

Roberto Amaba dijo...

Hola, qué tal Jesús,

Muy buen artículo, sobre todo me gusta una idea que parece olvidarse a menudo y que yo comparto sin reservas: la necesidad de una estructura sólida para que pueda alflorar la ligereza. Vamos, es pura lógica, siguiendo con las piedras, arquitectónica.

Hace algún tiempo comparé esa necesidad de cimientos robustos que era tan frecuente en el cine clásico (de cualquier nacionalidad, pero bueno, el de Hollywood como ejemplo más claro), con lo que Vasari llamó la "Grazia". Es muy similar, luego Arnheim retomó, no el mismo concepto, pero sí la idea en algunos ensayos sobre arte. La defensa de una forma que tiende a lo transparente desde su perfecto andamiaje.

Lo que parece pura espontaneidad, esa chispa que deslumbra y que aparece como sin esfuerzo era el fruto de un trabajo enorme por detrás: McCarey tocando el piano, Lubitsch yéndose al servicio, Ford bebiendo cerveza -o lo que cayera-, Hawks pescando... parecía que no estaban trabajando, ¡ja!

Luego, todo esto se nota más cuando, como bien apuntas, hay propuestas que lo entregan todo a una falsa idea de la improvisación o de ruptura. Que ha dado también productos espléndidos, pero no es garantía de ello, menos cuando se presenta como un ejercicio de libertad, como si los otros no lo fueran.

Un saludo.

jesús cortés dijo...

Sí, es la idea que intentaba transmitir Roberto. El otro día revisando "Bu san" de Tsai, una película virtualmente muda, veía esa estructura diáfana y un enorme trabajo de pensamiento cinematrográfico detrás, mucho más que por ejemplo en la encumbrada obra de un Greenaway que atosiga con mil cosas y no dice nada.

Igor Von Slaughterstein dijo...

Un grande y un imprescindible de la historia del cine. Quien diga que no se acuerda de quien es o el que comente que algunas de sus últimas obras son más débiles que las anteriores, para mi no entiende mucho de cine.

Saludos!!