lunes, 24 de junio de 2013

ELLOS, PROBABLEMENTE

La silueta a contraluz de Albin Mercier (Jacques Charrier) que vemos dos veces mientras regresa a su casa caminando campo a través después de pasar otra velada en casa de los Hartman, inmediatamente trae a la memoria el perfil del temible Harry Powell de "The night of the hunter", gran influencia estética y redefinición de la maldad en el cine de la década anterior.
Albin, al que ser pobre empieza a resultarle bastante molesto porque el tiempo se detiene en exceso para recordárselo, es sin embargo lo más opuesto a aquel personaje: taimado, inexperto, sin credo de ninguna clase.
Nadie nunca se amedrentaría en su presencia y casi no repararían en él.
En 1962, "L'oeil du malin" constata que ese paso adelante en la estilización y la pesadilla dado por Charles Laughton, caminaba en realidad hacia el pasado porque se centraba en hasta dónde y cuánto era capaz de exprimir sus fuerzas y obsesiones el protagonista, convencido de estar guiado por una superioridad.
Claude Chabrol se sirve en cambio, como Buñuel, del más inofensivo de los elementos, el pensamiento de Albin, dominado por una de sus debilidades, la envidia - ni de sus encantos ni de sus insospechadas posibilidades hace uso - para concebir un film monstruoso.
Llegar a escribir tan bien y tan bien pagado como su anfitrión (gran idea que lo interprete el inolvidable Chandra del díptico indio de Fritz Lang), tener una bonita mujer como él, no tener que mirar el reloj más que para constatar que se ha hecho demasiado tarde mientras se perdía dulcemente el tiempo...
No le parece a Albin que sea para tanto su sueño y que tiene derecho a que se haga realidad porque cree que no consiste en otra cosa que convertirse en uno de esos burgueses de los que suele hablar en sus rutinarios artículos como si fuesen parte del paisaje del primer mundo.
Por supuesto desconoce y no le importa lo que debe lucharse para conseguir cualquier cosa, cuántas veces se ha de estar al filo de despeñarse para poder acceder a alguna clase de grandeza, pues sólo es capaz de entender de "golpes de fortuna".
Un mundo, el mismo de las otras dos películas que prefiero de esta la primera etapa como cineasta de Chabrol - "Les bonnes femmes" y "Les godelureaux" - del que nadie sabe ya nada porque se había quedado, gozosamente para muchos, libre de cosas sagradas, al fin rotas en mil pedazos las medias verdades tradicionales.
Chabrol no escenifica esa "venganza" como lo hicieron tantos otros films con el arribismo o la usurpación como característica común, por dos buenas razones.
En primer lugar porque Albin no sabe cómo conseguir su objetivo.
No muchos años (sólo dos), pero sí bastante distancia la separa de la exitosa "Plein soleil" de René Clement, estructurada partiendo de un encargo, sin el elemento azaroso y absurdo que rige "L'oeil du malin".
La engañosa (porque siempre asociamos ese recurso a la verdad, a la precisión) voz en off se limita a narrar desde su punto de vista cuanto pasa, sobre todo por su cabeza y sólo se adelanta un poco, unas horas a lo sumo, a los acontecimientos. Un acierto no narrar en flashback por tanto, porque afila las dudas de cada una de sus decisiones.
Además, esa voz en off elimina barreras idiomáticas, apareciendo cuando la comunicación se vuelve impracticable, lo cual permite a Chabrol despreciar un tema que no le interesa resaltar como es el del choque cultural entre alemanes y franceses.
Por otra parte, la intromisión en la intimidad de esa pareja perfecta, que en realidad no lo es (alcohol, infidelidades... aunque el joven Mercier no lo sabe a priori) viene ya condicionada por las nuevas relaciones de pareja y familiares que el cine estaba reflejando con normalidad.
Lejos ya de ser un caso aislado y sin necesidad de explicaciones (no después de varios señeros Antonioni y casos asimilados en USA, Italia, Japón, el free cinema inglés, etc.), los Hartman, como tantos, es probable que fuesen abiertos y despreocupados, seguros de sí mismos y en apariencia compenetrados porque en realidad eran egoístas, se volcaban juntos hacia los demás para reforzar su inestabilidad y consideraban suficiente sacrificio permanecer juntos teniendo en cuenta las muchas posibilidades que su entorno les ofrecía.
Albin los odia porque le parecen perfectos (y sin duda porque quiere ocupar el lugar de él aunque se autoconvenza de que es a ella a quien quiere) y los odiará más cuando descubra que no lo son (se sentirá estafado, quemados sus celos en vano).
Ningún vínculo le parece que quede mancillado si simplemente juega las cartas que le van dando para un juego de apariencias sin reglas que todos tratan de hacer ver que dominan.
Su vileza determinista por destruir es funcionarial y no tiene raíces personales.
"L'oeil du malin" sería un perturbador ejemplo cotidiano de aquello que Hannah Arendt describió como la banalidad del mal si no fuera porque se quiebra infantiloide y patéticamente en sus estertores, tal vez por no poder ampararse en sistema alguno que lo justifique.

1 comentario:

Rodrigo Dueñas dijo...

Hola Jesús. Leído el artículo tras ver la película, poco se me ocurre ante lo que expresas de forma tan justa y tan reveladora.
Simplemente retomo el cómo Chabrol describe algo tan inexplicable como que se haga el mal porque sí. Turba ver cómo el protagonista (cuya pinta me hace adivinar que tiene bastantes más posibilidades de conseguir lo que quiera y sobre todo de ser feliz –o al menos de nos ser desdichado- que la mayoría de la gente) se deja poseer por la envidia (pues los celos es una excusa con la que se engaña) y le lleva a hacer daño, a destruir la felicidad (aún después de descubrir que ésta era en parte ficticia) de una pareja.
Otra cuestión: cómo, aunque estamos todo el rato con el protagonista, escuchando sus pensamientos y comentarios, viendo en todo momento cómo reacciona… en ningún momento nos identificamos con él (o nos proyectamos en él) sino que, con alerta, lo juzgamos.