domingo, 23 de noviembre de 2014

AQUÍ Y EN TODAS PARTES

La singular dificultad para ver "La Rosière de Pessac", primer cuasi-largometraje de Jean Eustache en 1968, apenas se ha visto compensada por la habitual memorabilia que acompaña a casi cualquiera de las obras filmadas por este cineasta durante su corta carrera; información de muy diverso interés que a veces cobra mayor relevancia que el mismo celuloide y un proceso acumulativo que comenzó y no se ha detenido desde que murió.
En teoría, "La Rosière de Pessac" es el film más privado de su carrera, más aún que "Numéro zéro" - casualmente o no, el otro más arduo de localizar - que concitaba una memoria histórica. Aquí no queda espacio para lecturas: tan motivado y alimentado por los recuerdos de su autor está su génesis, como escrupulosamente rosselliniana es su materialización.
Si ahora se hubiese descubierto, quizá incluso redundase más que en su propio beneficio, en el de su film hermano, homónimo y filmado cerca de su final, once años después, en color y tras el fracaso de taquilla sufrido por "Mes petites amoureuses". No parece difícil calcular el incremento de "dramatismo" que redundaría en ese nuevo retorno a Pessac conociendo la decidida voluntad por registrar la realidad que originariamente tuvo Eustache.
Una pista para mejor entender "La Rosière de Pessac" podría ser que no estamos ante un film contextual.
No saber a priori nada de ella ni de sus circunstancias no supone el menor hándicap, como por otra parte sucede con cualquier película por muy antigua o compleja que sea.
A cuanto emana de sus imágenes y sonidos no es necesario "añadirle" datos sobre la infancia del director allí, ni es imprescindible contemplar esa segunda parte rodada en 1979, ni desde luego hace falta hacer ningún recorrido turístico - ya que se centra en una fiesta popular - por esa pequeña localidad de la Aquitania francesa en que nació, ni conocer algo sobre las ceremonias que el film registra.
Es más, Eustache trata de abstenerse todo lo posible de cualquier tipo de intervencionismo o deslizar un matiz que puedan delatar su sentir frente a lo que filma.
Pero la inevitable decadencia que trae el paso del tiempo, que muda costumbres, las difumina, las hace parecer pequeñas y poco adecuadas para aprender de ellas, sólo para repetirlas - y la virtud es hacerlo miméticamente por muy vacías de contenido que hayan quedado - y el imposible mantenimiento de la primera pureza de la vida por muy preservada para los adentros de cada uno que haya estado (se convertirá en un sueño a poco que se trate de escenificar), eso que tanto interesó a Eustache siempre, aparece inevitablemente en "La Rosière de Pessac".
Vive en estas imágenes cuadradas y grises la misma pulsión de respeto al curso natural de la vida y el mismo arrojo para desprenderse de cualquier herramienta distanciadora o amplificadora que yace en "El sol del membrillo", "En construcción" o "Zendegi va digar hich", que revelan, sin caer en una sola prosaica crítica, esas tragedias temporales mencionadas desde la paciencia y la espera, volviendo la mirada y abriendo los oídos a los ritmos que nos circundan y que cada vez entendemos peor o ya ni sentimos.
Es significativo que Eustache, sin un preámbulo, tarde veintitrés minutos - casi un cuarenta por ciento del metraje - en sacar la cámara del salón del Ayuntamiento donde se propone y dirime, tal y como marca la tradición, qué chica encarnará hasta el próximo año la virtud comunal.
Por tratarse de la única parte de la fiesta que no es pública (y quizá Eustache nunca antes la había contemplado) es donde lo encontramos más curioso y detallista, más pendiente de los los rostros, los objetos y cualquier conversación ahogada por otras a mayor volumen.
Será por la hipocresía - tan cotidiana que se eleva al acta de la reunión sin pestañear - de que quede eliminada de entre las candidatas una chica porque su padre es alcohólico, será por el parecido físico y gestual del Alcalde con Paul Meurisse, pero surge una conexión con "Le dejéuner sur l'herbe" y con los otros grandes cineastas indisciplinados franceses (Guitry, Pagnol, Tati), nada más lejos de las intenciones de Eustache, pero que igualmente hace añorar que hubiese una película como esta para cada una de las grandes comedias que filmaron.
No por afán de complementariedad, sólo para constatar que con la misma intensidad, la misma verdad, permanece la fotografía del hecho como su representación.