miércoles, 16 de mayo de 2018

SENCILLA COMO MIS CAMPOS

Son muchas las obras que hicieron crecer y afianzaron a las estrellas, el público y los cineastas - tal vez por ese orden - de la mejor época del cine mexicano, aproximadamente entre los años 40 y los 60 del pasado siglo; tantas que tal vez destaque más el conjunto, el muy musical universo comunicante y familiar brindado a dos generaciones de espectadores y añorado desde entonces por varias más.
Es probable sin embargo que, después de batir una buena porción del terreno, se concluya que llamativamente faltan grandes películas, escaseando, eso sí, las inservibles y las necias. Una mayoría tienen gran interés y todas algo.
Mirada a la distancia apropiada, tendría, grosso modo, forma de diamante.
No me parece baladí señalar esa "geografía" porque el empeño histórico ha sido el de tratar de ordenar en forma de pirámide, buscando el aspecto natural de cualquier cinematografía, tendencia me parece que especialmente contraproducente para mirar a esta.
Por cierto que  no sé qué problema tienen las mesetas, más agradables para adentrarse y con más recodos para descansar.
"Flor de durazno" debiera ser un paradigma de esto que digo, porque poco o nada tiene que envidiar a las más nombradas películas mexicanas, pero ¿quién la recuerda?.
Pertenece al poco llamativo Miguel Zacarías, uno de los críticamente menos reputados directores aztecas de entonces, tan en segundo plano siempre que al menos tampoco se le prestó atención cuando se despeñó en los últimos años de su carrera. Nunca se postuló como autor, tal cosa seguramente no se le pasó ni por la cabeza, ocupado siempre como estuvo en servir a la industria que lo distinguió como uno de los mejores conductores de divismos, pero uno es lo que hace, no lo que pretende hacer.
Tal vez si se hubiese mirado mejor "El peñón de las ánimas" (1943), éxito y punto de partida para una pareja mítica (María Félix y Jorge Negrete), otra suerte hubiese corrido el nombre de Zacarías, pero era demasiado fácil tirarla al cesto de los melodramas desmesurados y ahí se quedó, esperando que se descubriese su, irónicamente, sobrio y preciso perfil.
"Flor de durazno" es otra muestra soberbia de cómo contar una historia moralmente previsible - aunque zarandeada por pasiones de verdad: decoro y ética solo acuden a las puertas del desastre - con un mínimo de elementos, disponiendo cada encuadre y cada punto de vista para primar la construcción de situaciones, no buscando el brillo inmediato mediante el exceso. Ni cuando es fulgurante parece ser rápida, producto de un control sobre la interpretación y movimientos de cada intérprete en el plano.
Para colmo y suponiendo que pudiese ser apreciada por cuanto exhibe de discreta maestría narrativa - que parece imposible ya, si cuando fue tal cosa algo parecido a una virtud, no sucedió - habría que liberarla además de tres pesadas losas: ser el remake de un viejo film argentino, el primero protagonizado por Gardel que le ha quitado - no por visto, pero sí por nombrado - el poco eco que pudiese tener, el hecho de estar escrita por un personaje infame como Hugo Wast y, lo más inexcusable, que ninguno de los protagonistas, ni la bonita Esther Fernández, ni Roberto Romaña, ni David Silva, accedieron nunca al estatus que tenía el aquí secundario Fernando Soler, aún ahora, setenta y tantos años después, el gran aliciente comercial del film.
Miguel Zacarías
Se malogra así la oportunidad de recordar una película que de tan decantada, se eleva sobre sus ambientes mexicanos (o argentinos originales) y llega "por otro camino" del escogido por el Luis Buñuel de "Abismos de pasión" al romanticismo intemporal.
La lectura de la carta, sin puntos ni comas, por parte de Rina, el close-up que la encuentra a ella recostada en el portal cuando se fuga y ya prepara una salida para su desesperación al reencuadrarla, el melocotonero que "se cruza" en su camino cuando iba a prostituirse, el sensacional arranque con el crespón negro sobre el brazo de Fabián y casi cualquier cosa que haga o diga el personaje de Fernando Soler, pocas veces mejor y más variado, son solo algunos ejemplos de soluciones de puesta en escena concisas y realistas, como las de Henry King o Raffaello Matarazzo.
Y si tan arduo ha sido que los maestros obtengan reconocimiento...

10 comentarios:

Marcos Gómez Moure dijo...

Mérito tiene traer a Zacarías Jesús, mérito por los pocos atractivos que posee su cine. Te confieso que la que traes es de las que menos me disgustan junto con El Peñón... de lo mejor que hizo. Olvidemonos sus horribles últimos films sobre Jesús, José, María y toda la familia de niño Dios. Zacarías de autor no tenía nada, pero creo que conocía perfectamente los intrincados de una realización. Su mayor logro,ser un gran conocedor de los gustos cinematográficos de los mexicanos. Modestamente supo bailar dentro del melodrama, del musical, del western charro y del cine religioso.
Una de mis debilidades es ese período clásico del cine mexicano. Creo que nunca existió una edad dorada en cuanto a calidad de films. Pocos hay verdaderamente buenos, confirmo tu apreciación, pero hasta los menos buenos tienen momentos inspirados. Es muy fácil defender a Mizoguchi,Dreyer... es hora de que se reivindique este cine popular no falto de gracia.

Jesús Cortés dijo...

Sí, entre las últimas hay algunas para no creérselas. Es irónico que sean religiosas, supongo.
Nunca tuve problemas con los "no autores" y de hecho prefiero ver un Harold D. Schuster antes que un Paul T. Anderson sin ninguna duda.
El otro día pensaba esto cuando veía de nuevo la estupenda "Halloween III: Season of the witch" de Tommy Lee Wallace y pensaba que ese tipo que nadie recuerda había llegado tan lejos o más que John Carpenter. Lógicamente prefiero Ozu, ver moverse un universo personal y que me resulte atractivo y hondo, pero cineastas como él hay demasiado pocos.

Anónimo dijo...

Te gusta alguna mas de Tommy Lee Wallace aparte de esa?

Jesús Cortés dijo...

Hay mucho televisivo de Wallace que no conozco. Lo que sí, poco valía. Muy desvahída por ejemplo "Once you meet a stranger".
Recuerdo bien en cambio "Night fright 2", que era mejor de lo que él mismo creía.
Y a pesar de tratar con el ínclito Jon Bon Jovi y venir de un film tan bueno como "Vampires" de Carpenter, "Vampires: Los Muertos" de 2002, tenía algún interés. Esa vez se quedó muy por debajo del original.

Marcos Gómez Moure dijo...

Muy buena apreciación sobre el bueno de Tommy Lee Wallace. Si que tenía mucho talento. Te confieso que mi género preferido es el terror y que resaltes a Tommy es un detalle. Merece ser reivindicado... Su halloween III es estupenda. Su It tenía también momentos geniales. Las cosas que pude verle de Tv no parecen gran cosa.

Jesús Cortés dijo...

No sabía de esa debilidad tuya por el terror, Marcos. Te hacía yo más hindú-italiano, donde buenas cosas hay, pero no tantas.

Rodrigo Dueñas dijo...

Curiosa obra. Los lugares comunes, normas, soluciones y recursos tantas veces usados en numerosísimos melodramas son sobrepasados por la convicción con que Zacarías cuenta y siente esta historia. Y por la maestría modesta y secreta (tanta que muchos no caerán en que pocas películas actuales están a su altura) que despliega en la puesta en escena.
Hay una constante apelación al buen sentido, a la convención, a la contención, a confiar en la voluntad de Dios. Y a la vez hay un sordo desasosiego, pues todo esto que se acepta no es justo. Pensándolo bien, esta dualidad es propia del melodrama.

Jesús Cortés dijo...

Sí, Zacarías se cree absolutamente lo que cuenta, por muy descabellado o injusto que sea, trata de mirarlo tal y como es, no olvidando nunca al hacerlo lo que él alentaría o reprimiría "si pudiera intervenir en la historia". Esa boutade, que puede sonar absurda pues no quedan ya cineastas que tengan en cuenta tal cosa ni público que los aceptase, es fundamental en este género mil y una veces maltratado, como ninguno otro.
Hoy parece inconcebible hacer un melodrama sin ironía o una distancia que permita no implicarse, produciendo una frialdad total. Es decir, "interviniendo" en cada plano.
Parece que no haya nada antes de Sirk, que viene a ser el referente más antiguo y primordial para aproximarse a un género que ya en el cine mudo había dado una enorme cantidad de grandes películas y que se venía construyendo y alcanzando una plenitud absoluta desde Griffith o Sjöstrom.
La opción actual, para ser mínimamente coherente y no un ardid para no quedar como un ingenuo, debía pasar por un conocimiento no solo del Sirk americano, del que sobreviven para muchos cuatro consignas reductoras, sino de todo lo que hizo antes y después, en Alemania o Francia, donde hay films que pueden hacer entender su posición en Hollywood y apreciarla completamente.

Rodrigo Dueñas dijo...

Es que, por definición, el melodrama se hace con pasión, si se toma distancia, si se mira (lo contado y los personajes) con frialdad o con ironía, tendremos un drama. El director debe narrar emocionándose pues quiere emocionar; y cuenta con la complicidad y el apoyo del espectador.
Si hoy apenas se hacen verdaderos melodramas es por culpa, en buena parte, de los espectadores, que siguen gustando de tramas folletinescas y de romances complicados (ahí están las películas y series de sobremesa), pero sin implicarse en los sentimientos de los personajes y en el sentido de la película. Quieren, y obtienen, acontecimientos atropellados de intrigas amorosas (que más que nada, son luchas de poder) encarnados en seres que (aunque no se den cuenta) no son sino marionetas. Pero lágrimas no, ni esforzarse en comprender o en compadecer.

Jesús Cortés dijo...

Hay bastante alergia a los sentimientos en el cine actual, también al sentido del humor. Si los espectadores de los 50 "no se merecieron" el cine del que disfrutaron, los de ahora quizá sí que se merezcan el cine que les ha tocado vivir.