lunes, 5 de mayo de 2008

PECKINPAH VS PECKINPAH

AIRE PARA LOS PULMONES


Cómo se le echa de menos…

En estos tiempos vacíos (llenos) de estudios de marketing y realizadores timoratos - hablo de cine, pero podría estar hablando de otras cosas - el recuerdo, gozosamente recuperado en DVD de las películas de Sam Peckinpah no hace sino agigantarse en nuestra memoria.

Este autor, incomprendido en su tiempo por buena parte de sus colegas de dirección y una mayoría del gremio crítico, es hoy tan necesario como el aire que se respira, tan cargado de efluvios de perfumes caros y bazofia informática.

Un solo “flash” que venga a la memoria de algunas de sus escenas más emblemáticas le levantarían el ánimo a un muerto: Jason Robards hablando con Dios en el arranque de “La balada de Cable Hogue (The ballad of Cable Hogue, 1970)”, Warren Oates en cuclillas levantándose para unirse a la batalla final de “Grupo salvaje (The wild bunch, 1969)” - una de las películas que más me han emocionado - , aquel final desolado de “Duelo en la alta sierra (Ride de high country, 1962)”, que tanto habla de su deuda con otro "joven airado", Nicholas Ray, el torso desnudo de Susan George, que prende la mecha de la incontenible espiral de violencia que abrasa el tercio final de “Perros de paja (Straw dogs, 1971)”, un gesto con la cabeza de Steve McQueen al comienzo de “Junior Bonner” (1972) que dice tanto de él mismo… cómo restituir a quién no los ha contemplado estos momentos memorables de cine.

Dan ganas de volver a ver todas sus películas de un tirón, para sacudirse el polvo y limpiar la mirada de los sufridos espectadores que aún peregrinamos a las salas de cine en busca de algo de verdad y de pasión en una película.

Porque está muy bien ser un artista virtual y tener tus video-instalaciones bien enchufadas en el museo de turno o que te entrevisten en el programa cultural de medianoche para que expliques qué estás intentando comunicar al mundo con esa mancha verde que ocupa todo tu cuadro, pero algunos todavía pensamos que el verdadero arte es el que te hace vibrar, o mejor, como decían en “Pierrot le fou”, encajar en mil vibraciones el impacto recibido, que no hace falta explicar nada porque todo se sabe si un cosquilleo te recorre la espalda o los ojos empiezan a humedecerse.

Con Peckinpah no hay equivocación posible ni nada que interpretar. Los que le conocieron decían de él que era un hombre de una estirpe dura, de mirada brutal y humor de perros cuando el viento no le soplaba a favor, cuya única moral era la palabra dada, que parecía envenenado de Stevenson y Conrad, amante de los espacios abiertos, testarudo como una mula, de una pureza engañosa: nunca le oyeron hablar de su sensibilidad, amigo de las armas y las borracheras con su compadre Emilio "el indio" Fernández, a lo que habría que añadir que también fue un excelso director de actores, como todos los grandes.

Revivir ahora sus películas es un placer que debiera ser obligatorio para los que lo admiraremos hasta la muerte y para los que jamás han tenido contacto con ellas.

Aunque me temo que su cine, profundamente masculino y nada ambiguo, lleno de perdedores, salpicado de un sentido del humor negrísimo, casi fulleriano, un torrente de imágenes, se le puede atragantar al típico/a relamido/a que va a sala a hacer cuentas como en la escuela (actores respetables + buena fotografía + novela de éxito - final feliz + 4 Oscars = película a recomendar en el corrillo del desayuno), porque todo en Peckinpah parece tan escandalosamente excesivo... no Peckinpah no conoció los beneficios del yoga y es más que probable que su ying y su yang nunca se llegaran a encontrar, apuesto a que Tom Cruise no lo hubiese abducido para entrar en la Iglesia de la Cienciología, sin duda le interesaba más la cría de caballos que ponerse a indagar por ahí para saber si su opinión coincidía con la que le convenía expresar.

Y lo pagó muy caro. Mil problemas con la censura (que ya casi ni existía pero que volvió del purgatorio encarnada en la peor forma posible: la corrección política), la condena unánime de los guardianes de las buenas costumbres de un género que agonizaba y al que intentó insuflarle un hálito de vida: el western, una mala fama que sus amigos más de una vez defendieron con los puños y lo peor de todo: una caterva de imitadores y supuestos herederos sin papeles que confundieron lo necesario con lo gratuito y su lirismo desesperado y trágico con una cochambrosa y amorfa estilización.

Así, el tergiversador resultó tergiversado y sus famosos planos a ralentí y los zooms devinieron en marca de fábrica de una generación nefasta (de la que poco se puede rescatar) que llenaron la cartelera de spaguetti-westerns, thrillers efectistas y horripilantes películas de kung fu.


Pero no importa. Algo ha quedado. Aquel "If they move´em, kill´em!!" que escupía William Holden en "Grupo salvaje", aniquilaría a todos los que han osado ensuciar la memoria de uno de los últimos grandes directores americanos y uno de los que más honda y radicalmente supieron captar la muerte, en descomunales coletazos, del cine clásico y levantar acta de defunción por un mundo que ya no existía, un poco como, a su manera y en otra clave, tantas veces retrató precisamente uno de los directores que lastimosamente no supieron ver la valía de su propuesta por creerla esteticista y falta de alma: Howard Hawks. Deberían haberse conocido.