miércoles, 1 de octubre de 2008

¿UN MODERNO "A BOUT DE SOUFFLE"?




Punto límite de la muy singular trayectoria de Jean Claude Brisseau, "Les savates de bon Dieu" (2000) es tan irregular y desconcertante como sublime y emocionante. Qué gusto debe dar hablar de lo que a uno realmente le da la gana, saltarse convenciones dramáticas, haciendo una auténtica película subversiva, que no conoce límites. "Les savates..." no se parece a ninguna otra película. Empieza siendo la historia de un inadaptado y pasa por la huida de dos amantes más un simpar príncipe filósofo para terminar siendo un canto a la rebeldía cívica, lo que eran las películas de Nicholas Ray o del primer Godard.


Con esos colores fluorescentes de Romain Winding y la extraña belleza de Raphäele Godin, apenas hace falta que Brisseau enlaze dos escenas inncesarias y alguien recite un maravillosos poema de Prevert para que el film alcance un nivel de emoción indescriptible. Como el vértigo de un momento mágico. Como "Pierrot le fou", como "They live by night".


Es la típica película que el subconsciente convierte en perfecta, a pesar de que en su desarrollo haya elementos quizá un tanto discutibles. Es tanta la sensación de plenitud cuando estallan los coches de policía, cuando se marcha Élodie, cuando los alumnos salen de clase gritando que ya no son niños, cuando el protagonista aprende a leer...


Mucho antes, en 1983 y 1988, Jean Claude Brisseau nos legó sus dos obras maestras: "Un jeu brutal" y "Noce blanche", a las que quizá deberíamos añadir "Céline" del 92. Después de "Les savates...", Brisseau ha rodado dos películas casi hermanas, la extraordinaria "Choses secretes" de 2002 y por ahora la última de su trayectoria, "Les anges exterminateurs" (2006) y que con juicio de por medio puede terminar con la carrera de este discípulo de Maurice Pialat y del primer Eric Rohmer. Ojalá no sea así. Le necesitamos.