domingo, 5 de abril de 2009

UN ÁNGEL PASÓ POR SAN GABRIEL

Viendo maravillas como “The river´s edge”, “Silver lode”, “Tennessee´s partner”, “Slightly scarlett”, “Passion”, “Cattle queen of Montana” o “I dream of Jeanie”, todas de la parte final de su extensa carrera, cuesta mucho entenderlo. ¿Cómo no pudieron coronarlo?
Maestro del western (desde el mudo, como demuestra “Tide of empire” del 29), el hombre de las mil películas, tal vez el único momento en que la carrera de Allan Dwan pudo dar un giro hacia su reconocimiento como uno de los grandes directores de su época estuvo en en los últimos años 40, justo antes de ese rush final impresionante.
Hay un momento en concreto donde rueda cuatro comedias escritas por el dúo compuesto por Mary Loos y Richard Sale (“Rendezvous with Annie, 1946”, “Driftwood, 1947”, “Calendar girl, 1947” y “The inside story, 1948”, todas ellas con buena aceptación de público; menos en cualquier caso del que supongo merecían, y digo esto sin conocer dos de ellas), el muy popular film bélico “Sands of Iwo Jima” de 1949 – que no me parece una de sus mejores películas de todas formas -, y la poco conocida “Angel in exile” (1948) en que pudo llegar ese empujón que necesitaba. Pero no pudo ser.
La pureza y falta de pretensiones de Allan Dwan (lo primero ha jugado tanto a favor de su tardía y aún relativa consideración como proverbialmente en contra lo segundo), su determinación por contar cualquier tipo de historia por inverosímil o extraña que pudiera parecer (la critica moderna que florecía cuando él se retiraba no reparó en él como debieron; ¿autor o artesano?, complicada cuestión) y su disposición al trabajo (Dwan nunca se hizo esperar) dieron como resultado alguna de las películas más inusuales y secretamente valiosas de la historia del cine.
Ya muy al final de su carrera se atrevería hasta con un argumento como el de “Most dangerous man alive”, más propio de Terence Fisher o Roger Corman y saldría también victorioso. Realmente es una película que hay que ver.
Angel in exile” en concreto, es un film que el tiempo ha bendecido.
Mezcla de thriller diurno, western, cine de aventuras y melodrama fronterizo, “Angel in exile” es tan buena como muchas grandes películas de la época.
Todas las virtudes de la serie b están aquí. Libertad, precisión, audacia, imaginación, economía narrativa... y ninguno de sus defectos: no es trivial, ni apresurada, ni previsible, ni parece hecha en serie, ni se resiente de pobres interpretaciones, ni pretende parecer opulenta disfrazando mal sus carencias.
Y por encima de todo cuenta una historia maravillosa, omnicomprensiva y redentora, de recuperación de la dignidad y la hombría por tener la capacidad de no despreciar la inocencia de gente tal vez ignorante, pero buena. Decían en “Hombres armados” de John Sayles que la inocencia puede que sea un pecado. Aquí no lo es.
El cine americano alguna vez fue así de sorprendente y profundo, tan decente como apasionante (no, no son antónimos), el mejor del mundo.
Recién cumplida una condena por asesinato, Charlie Dakin (John Carroll) y su compinche parten con destino a una abandonada mina al sur de California para recuperar el oro de un robo. Sus ex compañeros de fechorías les siguen el rastro y los localizan cuando entablaban amistad con los habitantes de un pueblecito perdido en las montañas que saben de la esterilidad del yacimiento. Dakin tiene la idea de hacer parecer que la mina vuelve a ser productiva para así camuflar el botín, lo que devuelve la fe a los lugareños, que creen que Dakin es capaz de obrar milagros.
El estilo de Dwan se cimenta en la pura narración en continuidad de una historia.
La película está plagada de elementos que sirven para cohesionarla, como si no hubiese cortes de montaje. Cada uno de ellos tiene un doble propósito: expresan la consecuencia del plano anterior y anuncian el sentido del siguiente; el efecto continuo es la ambigüedad entendida como el perpetuo giro de la trama sobre sí misma, que se hace imprevisible entre dos planos y diáfana cuando se contempla en perspectiva.
Así, la primera vez que el simpático Isidro Álvarez encuentra oro “por casualidad” en la muestra que Dakin le pide que compruebe, en segundo plano, al fondo, un chico sale corriendo a contárselo a los vecinos del pueblo, que se acercan progresivamente a la cámara una vez reunidos. La credulidad y el sentido colectivo de la comunidad, que serán claves en el resto de la película, se funden en un sólo plano con la esperanza del hallazgo.
En otro momento, el (como siempre) desagradable personaje de Barton McLane (Giorgio) enciende un pitillo sin reparar en que está sentado sobre una caja de dinamita y Dwan enlaza con una explosión en la mina que anuncia el inicio de la búsqueda del preciado metal. Giorgio es incapaz de calcular el efecto de sus movimientos, pero tampoco sabe imponer un criterio y se verá abocado a intentar reconducir continuamente lo que sucede y aprovecharse de lo que pueda. Cuando cree dominar las situaciones es inofensivo pero si no entiende lo que pasa a su alrededor, se convierte en un tipo peligroso.
Cuando Dakin entra en San Gabriel, se le acerca un niño, al que toma en brazos y a continuación mira por una ventana donde el afable doctor Chavez (Thomas Gomez) atiende a una niña junto a su hija Raquel, que se enamorará de Dakin. La acción de mirar por la ventana es tomada desde dentro de la casa, retrocediendo con la cámara y trasladando el punto de vista de Dakin a Chavez. El doctor, erigido en portavoz de la aldea, será desde entonces el soporte “ideológico” del film. La chica por su parte, se traslada de derecha a izquierda sin reparar en que es observada y sin contraplano que lo confirme: es la confianza en ser ella misma su única arma, la verdad desnuda. Es una perfecta escena griffithiana.
Cuando los lugareños creen Dakin es la reencarnación de “The Blue Lady” (un fantasma que se aparece cada cien años y concede una gracia), Dwan encadena cuatro escenas de sanación. En la primera Dakin aparece por una puerta, se sienta y torpemente improvisa, en la segunda, aparece ya terminando su pequeño discurso, en la tercera vemos su sombra sobre la pared de la cama de un niño, al que acaricia la cabeza, en la última sólo el gesto de cansancio de Raquel apoyada en una mesa al final de la larga noche. Montarlas in crescendo hubiese sido un error porque Dakin no cree en lo que hace. Ese descreimiento, por el contrario, refuerza al pueblo, que de otro modo desconfiaría de él, porque curar es algo que agota y se hace penoso. La ciencia y la magia son percibidas del mismo modo.
Todos estos ejemplos y muchos más contribuyen a que no sea posible el deleite del seguimiento de la historia sin reparar en la construcción de la misma. Esta ingeniería (casi alquimia) aprendida en la época silente y de tan difícil aprendizaje podría ser el secreto (enterrado, pero ni siquiera escondido, como el oro de la película) de Allan Dwan.
Angel in exile” forma parte de la “intrahistoria” del cine: películas quizá pequeñas, quizá poco conocidas o incluso maltratadas, pero que habría que perseguir hasta el fin del mundo. Muchas de ellas cuesta años localizarlas, se conservan en mal estado o acaban de rescatarse tras décadas de injusto olvido. Y habrá más esperando ser descubiertas.
Porque desde luego 1948 es el año de las bien conocidas “Germania, anno zero” y “L´amore”, “Red River” y “A song is born”, “Letter from an unknown woman”, “The fountainhead”, “Three godfathers” y “Fort Apache”, “Louisiana story”, “They live by night”, “Good Sam”, “Fighter squadron” y “Silver River”, “Portrait of Jennie”, “Yoru no onnatachi”, “Call Northside 777”, “Yellow sky”, “Oliver Twist”, “The three musketeers”, “Force of evil”, “La terra trema: episodio del mare”, ”The red shoes”, “The boy with green hair”, “Berlin Express”, “Ladri di biciclette”, “The pirate”, “Act of violence”, “Yoidore tenshi”, “L'aigle à deux têtes”, “Sotto il sole di Roma”, “The treasure of the Sierra Madre” y “Key Largo”, “The naked city” o “Macbeth”.
Pero también de “Angel in exile” y de “The inside story”, de la deslumbrante “Hachi no su no kodomotachi”, de la oscura “Moonrise”, de la vibrante “Wake of the Red Witch” (las dos últimas con la inolvidable Gail Russell), de la combativa “Michurin”, de la obra no acreditada de MannHe walked by night”, de la emocionante “Enchantment”, de aquella inteligente “The walls of Jericho”, de la pequeña gran “The Dim Little Island”, de la violenta pero tierna “Fuga in Francia”, de la sobria “Xiao cheng zhi chung”, de la dura “Cry of the city”, de la alucinada “Ruthless”, la desoladora “Senza pietá”, la muy original “Vida en sombras”, la gótica “Corridor of mirrors”, la barroca “Il cavaliere misterioso”…