sábado, 3 de noviembre de 2018

LOS ROSTROS DE LA POLÍTICA Y LA ESTÉTICA

Como si fuera un apéndice, una variación breve y modesta a la sombra de "Histoire(s) du cinéma", la gran memoria del pensamiento cinematográfico erigida por Jean-Luc Godard durante una década, "Cinéma documentaire, fragments d'une histoire" es además una de las varias entregas desapercibidas y recientes de Jean-Louis Comolli, ya setenta y siete años y aún tan activo como siempre.
Tal vez por la coincidencia de que se estrenó en 1981 - año de mal agüero institucional en España -, su segundo largo, "L'ombre rouge", una historia de espionaje en nuestra Guerra Civil de sospechosamente pésima reputación - y que yo encuentro admirable -, la indiferencia cayó a plomo sobre cualquier cosa que pudiera hacer Comolli, lúcido observador y fabulador sobre lo que nos ocurrió en el pasado y pertinaz cronista de un asunto que decimos de boquilla nos importa mucho desde aquellos momentos de zozobra: la democracia y cómo se mueve, de dónde surge, que es la única forma de saber utilizarla sin quejarse, ni creernos víctimas de fuerzas inabordables; hablo obviamente de su serie de films "electorales" marselleses, que recorren una década de su producción.
"Cinéma documentaire, fragments d'une histoire" (2014), que quizá no tendría este aspecto epistolar, en capítulos, sugerente en conexiones hacia delante y hacia detrás en el tiempo, levemente épico, de no ser por la coda dejada por esa obra magna de Jean-Luc, es, como decía, un alto en el camino, un film retrospectivo.
Tanto es así que nada posterior a "La Cecilia", su, en otros tiempos clave, debut en el largometraje, aparece en el film, con lo que este es el pasado y su pasado, los cineastas que más le importaron de entre los que alcanzaron hitos en el cine documental, glosados en una suerte - siguiendo la terminología godardiana - de notas o momentos escogidos de una historia que ha debido ser siempre explicada y vuelta a explicar.
Desde los Lumière a Imamura, pasando por Vertov, Flaherty, Buñuel, van der Keuken, Resnais, Franju, Brault & Perrault, Bernstein & Hitchcock, Rouch & Morin, Pialat, de Seta, Debord o Marker, Comolli recuerda y anota en su libreta un torrente de ideas sobre sus películas y sobre la frontera entre documento y ficción, una línea difusa literalmente desde el principio, desde el primer plano de "La sortie de l'usine Lumière à Lyon", en el que vemos al encargado de dar la señal para la salida de los trabajadores que saben van a ser filmados y ya no caminan ni miran de la misma manera que el día anterior.  
Volver a todos ellos, tan atrás y tan lejos, trasluce además una de las más antiguas ambiciones de los cineastas "de su clase", la de mostrar lo inédito, ir a donde nadie antes fue con una cámara: entrar por primera vez en un iglú o un campo de concentración, acompañar a quienes nadie había prestado atención (los mineros, los pescadores, los matarifes, los habitantes de una región abandonada, los campesinos...), recorrer África o el Vietnam en guerra, llegando hasta las revoluciones filmadas por amateurs, las de los años 60.
Si se piensa en esas conquistas emprendidas desde el cine mudo y se levanta la mirada hasta las barricadas de estudiantes en París, las fábricas tomadas por huelguistas y la infiltración masiva de la televisión a todos los niveles y en todos los rincones, tenemos un final o quizá un principio. Quizá ahí estaban las últimas oportunidades de captar la pureza, la naturalidad, al hombre incontaminado por la rapidez del siglo... o quizá ahí nacía el primero que sería "libre" del celoso ojo del objetivo, el que iba a vivir tan acostumbrado a los medios de comunicación que llegaría a perder la noción de vida privada.
No lo son desde luego la camarera que filma Imamura en "Nippon sengoshi - madamu onboro no seikatsu"(1970),  las que más tarde rodarían Eustache o Wang Bing o cualquier otro testigo anónimo y tangencial de acontecimientos relevantes en sus países, pues solo logran sobrevolar ese límite porque lo hacen con la palabra, con el recuerdo evocado, que era lo único que tenían. Tal vez algún día, no tan lejano como parece, alguien deba de nuevo recopilar lo que le sucedió y no pueda acudir a las imágenes con las que lo saturaron, aunque supongo que antes debe mediar un ya inimaginable apagón mediático con trazas de hecatombe universal.
Lo que sí parece razonablemente improbable, vista la edad de los cineastas dotados para ello y los derroteros que toma el público que los olvida, es que alguien sea capaz de contar la "otra" historia del documental, la que se contempla desde la ficción. 
Qué bonito sería. 
Dónde surgió, en qué momento de tal o cual Ford o Ray, de aquel DeMille o de este Rivette, por qué sí en McCarey y no en Kubrick, una imagen, un hombre, un instante, se abstrajo del relato y reveló la más absoluta y desnuda verdad.  

6 comentarios:

José Andrés dijo...

"Por qué sí en McCarey y no en Kubrick". ¿Podrías explicarlo?

Jesús Cortés dijo...

Ojalá pudiera.
El misterio de cómo y por qué un cineasta improvisador, modesto e intuitivo llegó mil millones de años luz más lejos no solo en filmar personas, que es lo obvio (porque Kubrick no se centraba en ellas, quiero decir) sino también lugares o ideas, que otro perfeccionista y ambicioso dotado de un gran talento...
Me temo que nadie puede explicar eso y está bien que sea así.
Supongo que tendrá que ver con la manera de abordar el realismo. McCarey es para mí uno de los más grandes "documentalistas" en el sentido de extraer lo esencial de cuanto filmaba y Kubrick - sin querer cargar tintas sobre él porque me gustan varias, bastantes de sus películas - en general no logró penetrar más que en la superficie de cuanto filmó.
Comolli habla de la importancia de la relación entre quien filma y quién es filmado. Yo creo que esa relación debe sentirse en cada momento y hay cineastas que la muestran todo el tiempo, ves cómo se encariñan con algo o cómo lo desprecian, cómo toman de la mano o dejan a su suerte a alguien, sientes qué piensan de la justicia y qué de la injusticia. Si todo eso aparece, se abre paso la posibilidad de que surja la emoción, pero no hay nada más esquivo y frágil.

José Andrés dijo...

Mil millones de años luz. Ciertamente una distancia sideral, inalcanzable para cualquiera, no digamos ya para el "pobre" Kubrick, cada vez más discutido, pero que ha penetrado hasta el último rincón de nuestra cultura y que a su manera puntillista y evidente ha dicho algunas cosas sobre el ser humano sobre las que vale la pena reflexionar. Y no parece, por cierto, que su visión haya envejecido. Pero no quiero distraer la atención: el foco estaba en Comolli.

Jesús Cortés dijo...

Bueno, igual me excedí. Medir lo intangible tiene estas imprecisiones. ¿Tal vez 900 millones?
Es absurdo discutir por cien millones, me parece. También lo es pensar que a alguien se le ocurriría publicar esa historia de la que hablaba.
Mejor disimulamos y hacemos como que hablamos de Comolli, efectivamente.
Tal vez mañana el algoritmo de blogger me liquide esto. No bromeo. La primera vez que dudé de la deidad de Kubrick, me echaron de una revista, algo que solo me había ocurrido con The Clash anteriormente. Era muy joven y entonces rápidamente me declaré fan de Motley Crue para atenuar mi incorrección, pero no funcionó.
Ahora si digo que la escena del gatito de "The bells..." me parece más importante para el cine que la del hueso que se transforma en nave espacial, habría aprendido más bien poco en ese sentido. No maduramos, solo estamos más cansados, como decía William Holden en "Breezy".

José Andrés dijo...

No seré yo quien se pelee por un hueso, menos aún si en la disputa entra un gato. Que cada cual establezca sus distancias, millón arriba, millón abajo. De silencios y castigos podríamos hablar largo rato. Y de despidos. Pero creo que esas represalias de las que hablas, reales o hipotéticas, no tienen que ver con Kubrick, como no creo que en su día tuviera que ver con McCarey la política del senador McCarthy respecto a la disidencia ideológica en EEUU. Porque si ambos tuviesen alguna responsabilidad en esas inquisiciones habría que revisar nuestros juicios acerca de ellos. Como sabemos, hay directores con buena prensa y otros con mala -o nula- prensa. Y frente a la molesta deificación de Kubrick existe (otra cosa es que no se quiera ver) un frente de opinión contrario que viene de muchos años y que se empeña en desmerecerlo. Todo me parece bien mientras se argumente. Ah, no ironizaba respecto a Comolli: es a él al que dedicaste el comentario y quizá no convenga abrir otros frentes de discusión (mea culpa). Por cierto que es un teórico más que interesante.

Jesús Cortés dijo...

Bueno, yo básicamente quería meter a Kubrick en el mismo párrafo que a la banda de Nikki Sixx, ya ves. No siempre es bueno andar con armiños, pero yo no lo desmerezco, por mucho que me canse oir alabanzas repetitivas e hiperbólicas. Una patada en el culo al hiperespacio pensé que era buena solución esta vez, pero no.
De despidos sé alguna cosa, pero esto que señalaba fue más una ofuscación de alguien que se creía "experto", no es el caso.
Comolli lleva el sambenito ese encima, sí, como si enseñara más que viviera lo que le gusta, tal vez solo se necesiten sus libros para conocerlo, pero yo prefiero que siga filmando y a cualquier interesado en política le pondría en bucle "Marseille de père en fils: ombres sur la ville".