domingo, 21 de marzo de 2010

LAS MUJERES SOÑADAS

Cuando el profesor Lemm (que más tarde sabremos que en realidad es alemán) sube las escalinatas de la casa de campo de los Lavretsky, aún de espaldas al espectador, alza los brazos como si una orquesta fuese a comenzar a interpretar las melodías que están en su memoria: la tierra querida es música en su recuerdo.
En ese momento, sin que todavía suene un acorde de la banda sonora y aunque hace ademán de saludar al imaginario público, con las enredaderas mecidas por el viento y el único sonido de los pájaros de fondo, parece caer en la cuenta que nadie lo estaba observando y queda extrañamente desubicado y solitario; a continuación, sobre unos grabados de ciudades europeas y unos mapas color sepia, entran los títulos de crédito.
Es la escena de apertura, la primera de una hermosa serie, que conforma “Dvoryanskoe gnezdo”, una de las más olvidadas grandes películas y milagro de Andrei Mikhalkov-Konchalovsky en 1969, hipnotizado por la novela de Ivan Turgenev.
La historia de Fyodor Ivanovich, que vuelve a casa (Mikhalkov repite de fondo, premonitoriamente, aquel sonido de pájaros cantando mientras Fyodor recorre las polvorientas habitaciones de su casa, atestada de cuadros de antepasados) once años después de haber partido y cuatro desde que tomó por fin - la quiso demasiado pero ya no era él, desplazado, quien iba de su brazo - un camino diverso al de la fabulosa Varvara, champán y perlas, la Reina de París, es la crónica del fracaso de la nostalgia.
Allí, en esa casa desde donde su viejo maestro de música sueña por su parte con su patria y nada parece lo que era o quizá nunca fue lo que tanto anheló en sus viajes, qué más da, se enamora sin remedio de la joven Elizaveta, que duda. En ese momento retorna Varvara, que por la prensa creyeron que había muerto.
En muy pocas ocasiones una película con un equilibrio tan delicado ha sido tan emocionante y al mismo tiempo tan contenida. Aprehender, con una imaginería deslumbrante, la última parte del siglo XIX, sin excluir ni la política ni la inevitable “internacionalización” que los nuevos tiempos anunciaban y contar una doble historia de amor imposible en una pura digresión sentimental, sin que veamos cómo empezó ni terminó la primera (más que en unos flashbacks en blanco y negro) y casi sin darnos cuenta de que surge y se diluye la segunda, podría haber resultado un plato de difícil digestión.
Pero Andrei Mikhalkov-Konchalovsky parece en estado de gracia, prendado de Visconti, de Vidor, de Bergman y además liberado milagrosamente de modernidades coyunturales. Y lo que es más importante, es capaz de mantener mágicamente ese do sostenido que marca la apertura, sin caer en los errores habituales: llenar el film de personajes excéntricos, empeñarse en poner la Historia por delante de la historia... de hecho, concede a elementos habitualmente secundarios un papel primordial.
Así, el vestuario de Elizaveta, dice más cosas de ella y de cómo la ve Fyodor que todas las palabras que pronuncia. La veremos de azul inmaculado cuando él la reencuentra después de tantos años, con un vestido malva que parece hecho de flores cuando se enamora de ella, uniformada a cuadros como una colegiala cuando inocentemente se convierte en el centro de las miradas y más debe notarse la diferencia de edad que hay entre ellos, austera y sin adornos cuando decide su futuro, finalmente deslumbrante cuando cambia de idea y canta a dúo con Varvara - en una sutil transposición de roles, pues esta última, destinada a permanecer allí sin brillo o volver al París del que huyó, luce un vestido que parece un hábito -  y Fyodor, abrumado, claudica y se prepara para entregarse a los placeres  "viriles".
Y la música, una evocadora melodía con balalaika que es el pasado mismo que quiere volver sin conseguirlo, puntúa hábilmente los momentos en que los personajes parecen por fin encontrar la salida - y certifica el amargo destino de todos, al ser igualmente la base de la canción que ellas cantan para de alguna manera despedirse de él -  y desaparece y deja paso a la orquesta cuando es la sociedad entera, los prejuicios y la tradición quienes les arrebatan la capacidad de decidir.
Las últimas escenas, con Fyodor inmerso en las diversiones de la ociosa aristocracia, repleta de Condes de ancestrales estirpes que como la suya tocaban a su fin y arribistas como el contumaz pretendiente de Elizaveta, que tienen como único objetivo ascender en las altas esferas de San Petersburgo, parecen anunciar el destino del país en los años venideros; apenas 50 faltaban para que se derrumbase la Rusia de los Zares.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy justo elogio de la que quedará, creo yo, como la mejor película de Andrei Mihalkov-Konchalovskií, tan sublime ahora como en 1969, y hoy todavía más irrepetible, y más inalcanzable por su propio director. Una de las grandes películas adaptadas de un autor literario (porque está ahí todo Turgeniev, captado en espíritu, no sólo "Nido de nobles"), una de las mejores reflexiones sobre el romanticismo (pero romántica, para su tiempo, nada irónica sino trágica) y sobre el fin inminente o definitivo de una época y de su (relativa) "dulzura de vivir", con unas interpretaciones magníficas y sin nada que envidiar a la magnífica "Il Gattopardo".
Miguel Marías

Jesús Cortés dijo...

Y en realidad muy distinta de la obra maestra de Visconti, ni tan majestuosa ni tan buscando ese efecto de fresco histórico.
"Sibiriada", diez años después, ya no es lo mismo y surge más fácilmente la conexión con su amigo Tarkovsky.

Anónimo dijo...

Aquí tuvo al máximo una ligereza de toque que tuvo desde "Pervií ucitel" hasta "Diadia Vania" y perdió después, a mi modo de ver.
Miguel Marías

Roberto Amaba dijo...

Hola, qué tal, Jesús,

No he visto nada de Konchalovsky anterior a Sibiriada, por cierto horrorosamente editada en DVD (formato, subtítulos desincronizados... no sé si lo arreglarían con el tiempo).

La verdad es que lo que conozco a partir de entonces, los 80 y los 90, pelis de acción (incluyendo la famosa del tren) y cosas para televisión, deben ser, por lo que comentáis, bastante diferentes a lo anterior.

Les buscaré un hueco. Muchas gracias por la información, todo es más sencillo -y divertido- con pistas a seguir.

Anónimo dijo...

Buen recuerdo de una espléndida película, de lejos la mejor de Konchalovsky con la inmediatamente anterior, Pervyy uchitel (El primer maestro). Los años 60 (1970 incluido: El tío Vania) fueron tan buenos para él como los 70 (1980 incluido: ... Oblomov) para su hermano menor, Nikita Mijalkov.

Excelente blog, Jesús. Difícil encontrar un lugar donde se encuentren tantos admiradores de de Toth y sobre todo Quine (afecto que es hoy casi una condición sine qua non del outsider). No me queda duda de que Strangers When We Meet es una de las 10 o 15 obras maestras más grandes del cine de EU, y otras como Bell, Book and Candle y Suzy Wong auténticas maravillas; pero aunque admire profundamente Pushover, siento que Double Indemnity está un punto por encima de ella (aunque muy probablemente menos debido a Wilder que por la inconmensurable actuación de Barbara Stanwyck).
Ignacio.

Jesús Cortés dijo...

Roberto, muy diferente. La carrera de este director ha ido cuesta abajo.
Ignacio, a mí me gusta más Kim Novak que Barbara Stanwyck en esas películas, la encuentro más frágil y humana. Prefiero a la Stanwyck en otros papeles menos "delineados", como los que hace en "All I desire", "The strange love of Martha Ivers" o "Union pacific".
Además, sin "Pushover" hoy tal vez no tendríamos "A bout de souffle".

Anónimo dijo...

Además, sin "Pushover" hoy tal vez no tendríamos "A bout de souffle".

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¿Puedes explicar mejor esta sugerencia?

Saludos
Andrés Concha Losqui

Jesús Cortés dijo...

Bueno, lo dijo él, ¿no?
En una entrevista de primeros de los 60 (en Cduc, supongo, no lo sabría precisar) admitió que era su modelo, pero que fracasó, que le salió un film muy poco "verdadero", nada "realista".
Yo creo que se equivocaba, que "A bout..." latía bien fuerte y vibraba tanto como esos films negros que admiraba, un poco como el jazz de los 60 respecto al de los 40, que era otra cosa pero conservaba parecida capacidad para llenar al oyente.