viernes, 22 de julio de 2016

UNA BUENA PEDRADA EN LA FRENTE

Cada 6 de diciembre se ha venido repitiendo la misma ceremonia durante muchos años.
Los hogares finlandeses, conmemorando el aniversario de su independencia (1917), se sientan delante de la televisión a ver una vez más "Tuntematon sotilas", la monumental obra filmada por Edvin Laine en 1955 inspirado en el célebre libro de Väinö Linna y que arranca el mismo día - pero de 1941 - en el que Inglaterra les declaró la guerra.
Es otra mentalidad, fácilmente podríamos pensar, considerando la efeméride desde otras latitudes.
Un país - todo lo involuntario que se quiera - aliado entonces de Hitler y luchando contra Stalin, superando mil complejos paralizantes y reverdeciendo continuamente la orgullosa reconquista de su tierra quemada... reuniéndose en torno a una película bélica de tres horas, en sobrio y cuadrado blanco y negro, con mayestática partitura de Sibelius.
Quizá el rito esté en vías de extinción y lo cumplan ya sólo los mayores, quienes aún tengan padres o abuelos que vivieron todo aquello. Quizá los jóvenes lo olviden. Quizá volverá como un problema lo desaprendido.
Todo esto no tendría mayor importancia si el film de Laine fuese lo que por esas pistas parece: una pieza histórica que enaltece el patriotismo y un festejo por los viejos tiempos al que los años le empiezan a caer encima pesadamente.
Muy al contrario, "Tuntematon sotilas" es una dinámica, muy poco épica, obstinadamente divertida - sin gags, pero con diálogos repletos de frases hechas y dobles sentidos muy locales, que poco importa no haber escuchado antes o lo intraducibles que sean, porque acentúan el contraste - y desconcertantemente bien narrada - para ir de meandro fordiano en ráfaga walshiana - obra maestra sobre una manera de entender el mundo que sí que lleva demasiado tiempo ya camino del olvido, como lo lleva la buena parte del gran cine que nació de él.
Los protagonistas
 
Me pregunto cuántos cineastas se atreverían hoy a hacer un film tan indisciplinado como este, con semejante realismo pero sin un eslogan decente para justificar el heroísmo, sin "altura de miras" que valga ("Nos importa un bledo Europa" grita el simpático Rokka mientras apura un guiso caliente), lleno de bonhomía y pavor a la muerte, impulsado por la excéntrica confianza de saberse seguro de "vivir en otros" cuando no se esté y ninguna en que haya que sacrificarse por una orden o una bandera.
Como un diario de anécdotas salpicado de escaramuzas militares - y no al revés -, no hay mapas ni referencias al progreso de la batalla, no hay radio, no se ve apenas al enemigo, quizás porque cada metro que se holla ya fue antes propio.
Diez años después del armisticio, es bonito comprobar lo cerca que anda "Tuntematon sotilas" del cine de su "antagonista" camarada Boris Barnet, a punto de rodar la esquiva - y presumiblemente más esplendorosa aún de lo que es, cuando se pueda comprender cabalmente - "Poet". Sólo al maestro Barnet se le hubiese ocurrido la idea de resolver la recuperación de la granja por parte del simpar Lehto filmando un baile de la chica rusa que se la había quedado.
Y reconfortante resulta que uno de estos soldados desconocidos se convertirá en otro de los grandes cineastas fineses, Mikko Niskanen, futuro autor y protagonista de la impresionante serie de televisión "Kahdeksan surmanluotia" de 1971.