viernes, 2 de diciembre de 2016

LOS AÑOS INSOMNES

De entre las adaptaciones que conozco sobre la - muy poco adaptable al cine - obra del escritor Cesare Pavese, la que prefiero es la que clausura la carrera de Vittorio Cottafavi en 1985, cuarenta y dos años después de su debut. Huelga decir que para entonces, los muchos lustros trabajando en la televisión y la raquítica defensa de la que pudieron presumir sus obras importantes, ya habían buscado un destino para "Il diavolo sulle colline" antes incluso de nacer.
Ni siquiera en su país fue un acontecimiento, de segundo orden al menos, el estreno, considerando que, aunque hacía sólo seis años desde que Danièle Huillet y Jean-Marie Straub habían filmado la excelente "Dalla nube alla resistenza", cosiendo fragmentos de dos libros del añorado autor, hacía nada menos que treinta - desquitando alguna aventura invisible de Velitti - que un italiano no filmaba un Pavese; desde Antonioni y "Le amiche".
Varias visitas posteriores más al escritor piamontés por parte de la venerable pareja de cineastas citada - también de Jean-Marie una vez fallecida Danièle - con la que Cottafavi tiene varias y curiosas afinidades electivas que se remontan a 1958 ("Antigone"), me temo que han terminado de diluir las opciones de que el nombre del trotamundos italiano quede vinculado al del autor de "Verrà la morte e avrá e i tuoi occhi".
Más vale mirar entonces desde el ángulo opuesto y comprobar cómo aun estando así de imantado su verbo hacia una sintaxis audiovisual tan característica como la straubiana, esta versión de "Il diavolo sulle colline" en buena lid "recupera" para cualquier espectador al Pavese de los primeros años y al Pavese que nunca terminó de irse como constata ésta, una de sus últimas novelas. Al escritor que creció con Walt Whitman y Hemingway, al mismo que bien pudo haber surtido a Henry King, Jean Grémillon o Naruse Mikio, aquel que era capaz de generar un torrente de personajes e imágenes transitando como en una onda por los espacios donde creció, desde las colinas de Turín a las casas de los adinerados de pueblo construidas en lo alto, bajando y subiendo por viñedos y estanques; aquel verano sin nada que hacer de 1937, por ejemplo.
Y, vestido para la ocasión, así de rejuvenecido luce postreramente Cottafavi, un cineasta que había sido permeable al cine americano o al francés de género en sus inicios, que se había luego diversificado quizá como ningún europeo de su generación y que había contribuido decisivamente - tanto como Rossellini, que ya es decir - a convertir la denostada televisión en un medio noble, pero que nunca se había revelado tan perspicaz moviéndose por este terreno tan inasible. Si hacemos un poco de memoria, sería fácil de acotar las películas "generacionales" partiendo de "I vitelloni" de Fellini para llegar a varios célebres Antonioni que vaciaban la puesta en escena, intensificándola, unas películas  que sólo encuentran un verdadero límite en films dolorosos y mayestáticos, sin conclusiones, como "La prima notte di quiete" de Zurlini.  
Vittorio Cottafavi, hacia 1959
Aborda esta historia Cottafavi con tan poco erotismo como era su costumbre, pese a que el libro permitía esa aproximación, y filmando como si fuesen coreografías las soledades de Oreste, Pieretto, Rosalba, el cocainómano Poli y compañía, con las primorosas descripciones de Pavese y sus querencias políticas a una distancia quizá incoveniente para que llegue el prestigio a una película, sin amplificar escalas para aprovechar lo (poco) llamativo, lo más memorable.
Apenas unas breves notas al piano y una modulada voz en off, que cubre las reflexiones retrospectivas de uno de los chicos, como en el libro - y que funciona como siempre debiera hacerlo este recurso: se la espera ávidamente, no remacha lo evidente y equilibra el ritmo - añaden los únicos elementos evocadores a un film sobrio y afectuoso, entre algunos grandes Pialat y los primeros e igualmente sobresalientes Hou Hsiao-hsien, sin el menor paternalismo para con sus desnortados protagonistas, a los que mira este hombre de 70 años, tan imaginativo como siempre... y con la misma y nula expectativa de que lo incluyesen en la salita de honor de su cinematografía.
Lo que parece interesar más a Cottafavi y lo que capta como pocos, es un momento - eterno para la memoria - previo a dos desastres, uno muy grande e incontrolable que ya se cernía sobre el continente en forma de guerra y otro, recurrente y hasta de buen aspecto, el cambio a la siguiente edad de la vida, cuando un chico es más viejo que nunca pero nada de lo vivido le sirve para seguir adelante.
Dos mujeres jalonan ese camino, estereotipos de las únicas que conocerán si no hacen nada por evitarlo: las que les aguantarán vaivenes mientras paguen sus caprichos y alguna que finalmente conseguirá apartarles de todo; una visión ciertamente pesimista de Pavese, que Cottafavi "comenta" valiéndose del tiempo: divide en dos el film según la presencia de ellas y elimina meandros intermedios, bellamente telúricos. Admirable solución para preservar lo que al escritor pertenece y así poder escrutar con su cámara la distópica representación.