jueves, 27 de julio de 2017

MEJOR QUE CUALQUIERA

La exigua información que puede recabarse sobre su realizador oficial, Ted Wilde - tristemente fallecido a los 29 años y con casi tanta obra póstuma como estrenada en vida -, unida a la autoría múltiple de tantas películas silentes (intervinieron en la dirección, que se sepa, al menos J.A. Howe y Lewis Milestone, más lo rodado personalmente por Harold Lloyd) no permiten atribuir a nadie en concreto el constante y casi abrumador torrente de inventiva y precisión del que hace gala "The kid brother", una de las más grandes comedias. 
Y está bien que sea así, que represente un hito colectivo, de una forma de trabajar, de una era incluso, aunque sea tan injusto que mediocres de todas las épocas venidas y por venir tengan más fama que aquella pléyade de "anónimos" llamados Clyde Bruckman, Edgar Sedgwick, Sam Taylor, John G. Blystone, Fred Newmeyer, Tim Whelan, James W. Horne o el mencionado Wilde, que estuvieron detrás de tantas inolvidables películas mudas (y algunas sonoras, por supuesto de pésima reputación), colaboradores imprescindibles de gigantes como Keaton o McCarey... y aún así siempre al filo del riguroso "uncredited" futuro, hasta si sus ilustres amigos se hicieron a un lado para otorgarles la autoría en solitario, un gesto que hoy puede antojarse como inaudito. 
El caso es que, no sé si por ese entusiasmo compartido y heterogéneo, no hay manera de intelectualizar algo tan incontenible como "The kid brother", que tiene escasa relación con la mayoría de las nobles artes de las que se nutrió el cine al nacer, menos aún que ver con aquellas obras que aspiraban a elevarse hacia sus fuentes para dejar de ser un divertimento del veloz nuevo siglo y no es nada alineable tampoco con las posibles muestras cinematográficas americanas ganadas para la causa del surrealismo europeo, la misma que abrazará, un poco indiscriminadamente, a extremistas tan diversos como Frank Borzage o los Hermanos Marx.
Aunque uno se cansa de "películas test" - allá cada cual con sus placeres -, pienso que de entre todas las opciones posibles, lo mejor es dejarse desbordar por esta estructura de situaciones encadenadas a cual más imaginativa, una auténtica puesta en escena edificada sobre el ritmo, la gracia y el ingenio, que dan forma a una peripecia comprometida y nada naive - aunque el meridiano parentesco del film con "Tol'able David" de Henry King quede al fondo, desapareciendo cuanto allí resultaba telúrico, espiritual - es decir, lo más alejado que pueda haber a una competición de gags cosidos a una débil anécdota que a nadie ni de dentro ni de fuera de la película le importa nada.
Y por cierto, que de pusilánime, como se lee en algunas reseñas del argumento, nada tiene este Harold Hickory, nada querido ni integrado en su cerril ambiente familiar, pero que es desde la primera escena tan astuto y rápido de reflejos como despistado e impresionable.
Fundamental me parece para el funcionamiento del film y de lo más realista, cómo la naturaleza, los objetos, se "retuercen" sin partirse y cobrar nueva vida, sino un nuevo uso, un propósito alternativo, que no sé si será la esencia misma del cine cómico, pero que desde luego aleja al film de códigos genéricos.
El más cercano sería el del western, pero a duras penas pertenece a él, o mejor dicho pertenecerá, pues muchos de los elementos que ahora entendemos como fundacionales, son posteriores.
 
 
 
Un western que no lo es y sin embargo nada puede haber más puramente americano que esta película y pocas representan mejor lo que alguna vez pudo dar de sí ese cine "autónomamente".
De hecho y hasta por aspecto, Harold Lloyd parece el antecedente directo y un poco al cine de su tiempo, lo que Buddy Holly será treinta años más tarde a la música "ligera", un inventor de formas (¿cuántos no son realmente aglutinadores de talentos y recolectores de las más dispares influencias?) y un revolucionario "positivo", sin una montaña enfrente que escalar con rebeldía, de espaldas, sino de frente, el camino del que pronto se desviaría el rock n' roll y que el cine estaba a punto de olvidar en cuanto llegara el cataclismo del 29 y la forzada transformación en sonoro. Sólo con tomar este año de 1927 y echar un vistazo a maravillas como "The circus", "College", "The battle of the century" o esta "The kid brother" acompañando a aportaciones dramáticas del calibre de "Sunrise", "Seventh heaven", "The student Prince on Old Heidelberg", "The unknown", "The crowd", "Underworld", "The King of Kings", "Stark love", "Wings" o "After midnight", ya uno duda de si el cine americano alguna vez fue mejor.
Y más feliz.
La preciosa Jobyna Ralston, hoy olvidada, una de tantas víctimas del cambio de era, permanece tan joven en la memoria como esta insospechada heredera de un negocio de venta ambulante de tónicos milagrosos, tan cercana al mundo de Chaplin y del que visitarán varias veces Frank Capra o Gregory LaCava, como antes, sin saberlo, estuvo enrolada en el que inspirará a George Cukor ("Girl shy", de 1924), a Preston Sturges ("Why worry?", del 23) o a cualquiera de los grandes cineastas que llegaban a la vuelta de pocos años y que nunca menospreciaron las enseñanzas de estos años prodigiosos.