lunes, 2 de noviembre de 2009

EL BAILE DE LAS MÁSCARAS

No fue desde luego su proyecto más anhelado. Ni siquiera creo que quisiese rodarla o tal vez sólo aplicó honradamente su oficio a sabiendas de que su destino estaba escrito desde siempre.
Edgar G. Ulmer - al parecer checo, aunque dicen que se autoproclamaba vienés – rodó “I pirati di Capri” (“The pirates of Capri”, pero es más italiana) en 1949, con pocas esperanzas ya de convertirse en el reconocido gran director que siempre quiso ser, aquel que tan felices se las prometía en 1929 cuando se reunió con Billy Wilder, Fred Zinnemann, los hermanos Siodmak y Eugen Schüfftan para la excelente “Menschen am Sonntag”. Los años felices.
Cuando llegó a Hollywood sus credenciales eran inmejorables. Había aprendido con Max Reinhardt, colaborado con Lang en “Metropolis” o “Die nibelungen”, con Murnau en cuatro películas, con Wiene en el “Caligari” con Wegener en “Der golem” y hasta con Lubitsch, aunque algunos de estos trabajos, que yo sepa, siguen permaneciendo "uncredited". La historia del cine, sin embargo lo ha acabado prácticamente asimilando al (no tan entusiastamente inoperante como la película de Tim Burton reflejó) Ed Wood y parece que los cuatro seguidores que deben quedarle en este mundo deban pedir perdón por admirarle.
I pirati di Capri”, filmada en un interludio de su largo viaje por Europa en busca de financiación y de la que no creo que quisiese acordarse en sus últimos días (su vuelta a USA, donde su vitola de director barato de la productora PRC le acompañaba a todas partes, certificaba el fracaso de esa última gran oportunidad) es una prueba fehaciente de su talento, hasta si en algún sentido involuntario; malgastado, pensaría él.
Ulmer se había pasado toda la década de los cuarenta persiguiendo su sueño y demostrando mucha más versatilidad de lo que pudiera haberse esperado de su cine; con obras ambiciosas como la extraña "Carnegie Hall", misterios que prefiguran toda la serie "The Twilight Zone" como la fascinante "Strange illusion", melodramas como "The strange woman" o "Her sister´s secret", dramas muy negros, casi irreales, como "Detour", "Ruthless" o "Bluebeard", todas por lo menos notables y mucho más vistas y estudiadas por las generaciones de realizadores venideras de lo que él hubiese soñado jamás. Y todo ello sin contar las futuras obras maestras de la década posterior: "The naked dawn" y "Murder is my beat" y varias interesantes hasta el final de su carrera en los 60.
Es fácil encariñarse con "I pirati di Capri" aún sin conocer la personalidad de su creador. Dentro del género de películas de (con) piratas, una gran explosión de color en la memoria, que contrasta con su blanco y negro, brillan las características más especiales de su cine: su inteligente puesta en escena, su sentido del ritmo y su intuición para los detalles. Cuando todos aquellos compañeros de generación habían prácticamente “superado” la influencia del expresionismo, unos por haber evolucionado a otra cosa muy distinta, otros simplemente por haberse americanizado (algo muy poco peyorativo, como se puede suponer), Ulmer seguía fiel a sus maestros y estaba nuevamente empeñado en que su película no pasase inadvertida, preparando cada plano con el cuidado y la luz adecuada para que todo el fotograma resultase significativo, deslumbrante, reivindicando la grandeza del blanco y negro (no rodó en color hasta 1952, casi tan tardío como Ophüls y más que Renoir).
Esta obsesión por no ser vulgar, uno más del montón, no se traduce en un puro exceso y por eso resulta tan interesante. Ulmer quería dejar su huella pero era demasiado devoto del cine como para interrumpir un film para hacerlo notar y aprovechaba los resquicios; ese arte de la coyuntura y no del vil pretexto. Este personaje del Capitán Sirocco que se hace pasar por el afectado Conde Amalfi para infiltrarse en palacio y utilizar la información para liderar una revolución no es utilizado por Ulmer para desplegar todos los tópicos del género y demostrar que él también podía calzar los zapatos de Walsh, DeMille, Hathaway o Curtiz.
I pirati di Capri”, que en ningún momento parece hecho con pocos medios, es un vibrante film de capa y espada, una intriga política y una película sobre la representación, sobre el juego de los disfraces y las mentiras, en la que los personajes no son lo que dicen ser e interpretan (por conveniencia, por escapismo, por cobardía) un papel. No hay aquí abordajes ni tabernas en acantilados ni mapas de tesoros ni ninguno de los elementos que perfectamente podrían haber sido integrados en la puesta en escena a pesar de la localización geográfica de la historia, pero hay un intenso aroma, aunque venga de estancias cerradas y castillos laberínticos a Emma Orczy, Sabatini, Gautier o Salgari.
Las escenas finales, con la (excelente, mejor que otras mucho más renombradas) partitura de Nino Rota atronando, son espectaculares.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

A veces hay que perdonar la miseria o la precipitación, los errores que no pudo rectificar, cierta pereza quizá, otras tenemos que saltar sobre la mala calidad de lo que se ha conseguido preservar. Pero aquí no son precisas disculpas ni suposiciones, es Ulmer en toda su belleza plástica, con ritmo y soltura, con fluidez, con actores convincentes. Yo creo que es una de sus cinco mejores películas, y la que con más tranquilidad se puede disfrutar.
Miguel Marías

Jesús Cortés dijo...

Sí, es un poco extraño tener que reivindicar un film tan impresionante. La apertura ya no te puede dejar dudas; hay que tener mucho talento (no sólo plástico) para hacer algo así.
Me interesan mucho pero nunca he podido encontrar los films "yiddish" que hizo hacia finales de los 30; no sé si has podido ver alguno, su filmografía de esos años parece que se la haya tragado la tierra.

Anónimo dijo...

Sí, he visto algunos, más que yiddish (alguno hay) destinados a diversas minorías (ucranianos, negros, etc.), cuyas lenguas y culturas Ulmer, por lo general, ignoraba. La verdadera patria (¿común?) de todos ellos era la pobreza, y ninguno
de los que he visto se cuenta (ni de lejos) entre los mejores Ulmer (y hay algunos francamente malos, o planos hasta la exasperación, que aburren aunque duren menos de una hora).
Por lo que he visto, a Ulmer le basta con muy poco dinero; pero le hace falta UN POCO. Si le cae en suerte ALGÚN buen actor, aunque sólo sea uno, mejor aún. Y si un género (da igual cuál) le da un cierto "fondo", un armazón, unos cimientos, aunque sea para subvertirlo o mezclarlo con otro, mejor también.
No creo que haya por ahí perdido nada mejor que "The Naked Dawn", "Murder Is My Beat", "Detour", "Bluebeard", "The Strange Woman", "I pirati di Capri", "Strange Illusion", "Ruthless", "Her Sister's Secret", "The Black Cat", "The Cavern" y lo que le corresponda de "Mennschen im Sonntag", que ya es bastante y no está nada mal. De todos modos, no hay que fiarse NADA de lo que Ulmer cuenta. Casi todos los cineastas son mitómanos, pero el ubicuo Ulmer los sobrepasa con creces: nadie que ha tratado de hacer su filmografía ha logrado aproximarse
a las que dice haber hecho (y la diferencia es astronómica, de unas cien películas).
Miguel Marías